Todos conocemos el bajo índice de bodas católicas en España. En Vallecas se nota mucho más. Por eso, los sacerdotes, cuando tenemos una boda en la parroquia, la preparamos con especial cariño y atención. Pero aquella boda me estaba desquiciando por completo. Yo miraba frenético mi reloj. 30 minutos tarde y la novia sin venir. Miraba al novio con preocupación, porque le veía a él más angustiado que yo. 40 minutos y nada, la novia no aparecía. Yo veía al novio hablar por el móvil con ansiedad. Su rostro amenazaba tormenta. Me daba pena, porque es gente sencilla, sin recursos, muy pobre, que sale adelante con una peluquería. 50 minutos y nada. Ya había perdido la esperanza de que hubiera boda, hasta que… de repente, aparece a la puerta de la iglesia una limusina de color rosa, superhortera. Y baja de ella la novia. Resulta que la limusina era tan larga que no cabía por las calles estrechas del barrio. Había estado dando vueltas para acertar por alguna calle que le pudiera llevar a la parroquia. Se atascaba en los cruces de calles. Por fin había llegado a su boda en limusina… una hora tarde. Y yo que había cedido a la lástima por la sencillez y humildad de esta familia.

Aquello me dio que pensar. No solo porque luego no dejaron donativo a la parroquia. A eso estamos tristemente acostumbrados. Sino porque la ambición y el afán de figurar son una mancha de aceite que pringa todo, hasta lo más sagrado. En mucha gente humilde socialmente se aprecia lo que vemos en muchos famosos: la vanidad. Y esa vanidad se apega también en la fe. Por eso, el Papa Francisco ha hecho un llamamiento a la austeridad en las bodas y otras celebraciones cristianas. El derroche y deslumbramiento no casan bien con la fe evangélica. Ni para ricos, ni para pobres.

José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid