La Unión Europea está sumida en una crisis institucional, política, económica y de identidad, que ha registrado su zenit en el acuerdo con Turquía para afrontar la crisis de los refugiados. El resultado, al margen de su dudosa aplicación en los términos planteados, es un plan indigno, contrario a los fundamentos y prácticas de la Unión, y difícilmente resolverá el desafío de la emigración masiva.

Existe un paralelismo digno de reflexión entre las causas de la caída del Imperio Romano de Occidente y el escenario actual. La más evidente, las oleadas de germanos, los visigodos, que empujados por la penetración de los hunos en tierras europeas, cruzaron las fronteras del Imperio. Roma los trató de mala manera y, con el paso del tiempo, y en la medida que la debilidad romana creció, los godos del interior pasaron factura. La dinámica de refugiados avant la lettre se combinó con otras causas que propiciaron la caída: la crisis financiera y económica; la implosión demográfica y la insuficiente población activa; una excesiva extensión y diversidad territorial y cultural que hacían ineficiente su funcionamiento; la crisis institucional, la corrupción y el desprestigio de los liderazgos políticos. Solo el crecido gasto militar no entra en el juego de paralelismos con el presente.

Del hundimiento y del caos surgió una nueva civilización y nuevas instituciones, que tuvieron en la Iglesia el agente creador. Así nació la Europa sucesora del Imperio. Desde entonces, el cristianismo como religión, cultura, o la institución eclesial han sido decisivos para salvarla repetidamente de la ruina.

La última ocasión se produjo al fin de la II Guerra Mundial. En 1945. Europa era un caos de destrucción, salvajismo y venganza, pero ya en 1950 surgía la primera institución europea, la Comunidad del Carbón y del Acero, precursora del tratado de Roma de 1957, la Comunidad Económica Europea (CEE) fundamento de la actual Unión. En este renacimiento fueron decisivos líderes y fuerzas de concepción cristiana: Adenauer, De Gasperi, Schuman, y la democracia cristiana, surgida sobre todo de los movimientos eclesiales.

La actual crisis de Europa hunde su raíz en el rechazo del cristianismo, como fe y como cultura. Sin él, Europa retorna al sinsentido. La cuestión que nos interpela a todos es evidente. En esta ocasión, ¿la Iglesia, los cristianos, van a asumir pasivamente el hundimiento y sus consecuencias?

Josep Miró i Ardévol