La confianza audaz de un alma elegida

Carmen Imbert
Teresa, en el papel de Juana de Arco, a principios de 1895. A la derecha, en el Carmelo de Lisieux (principios de julio de 1896)

Tenía 24 años de edad. Eran las siete y veinte de un jueves, 30 de septiembre de 1897. Con los pulmones completamente encharcados, después de dos días de agonía, los ojos de Teresa cobran vida de nuevo y se fijan en un punto de la enfermería, su rostro recobra el aspecto y el color que tenía cuando gozaba de plena salud. Luego cierra los ojos y expira, quedando su cabeza inclinada hacia la derecha y una misteriosa sonrisa en sus labios. Aparece muy hermosa. Murió de amor, aunque los médicos diagnosticaron tuberculosis. Ella había pronunciado días antes su No muero, entro en la vida. La misión sencilla y escondida de esta carmelita iba a empezar…

Con frecuencia se cae en el error de presentar a la santa de Lisieux como un ser débil, flemático, insulso y algo ñoño. Sin embargo, los que han conocido el atajo a la santidad que escribió con su vida, reconocen en ella a «la santa más grande de todos los tiempos», como la calificó el Papa san Pío X, al introducir la causa de su canonización.

No hizo nada de lo que parece grande, y por eso mismo fue la más grande. Se le ocurrió simplificar lo más complicado, superarse a sí misma en todas sus imperfecciones, y así consiguió una fórmula para la santidad: el olvido propio.

A cada tiempo le corresponde su remedio. Ante el virus de problemas y complejos, de incertidumbres y anhelos que caracteriza nuestra época, la misericordia de Dios nos regala el antivirus de la infancia espiritual de Teresa, que lo desarma con su sencillez encantadora.

El perfil del candidato a seguir este camino podía ser el de aquel que se conoce por dentro como quien se mira ante un espejo y no hace ascos a sus imperfecciones. Es la santa de la vocación bautismal, es decir, la de todo cristiano. Siente lo que todos, un anhelo de felicidad, una fuerte aspiración a conseguir la santidad, y, al mismo tiempo, una imposibilidad de carácter y de fuerzas para alcanzarlo, que sin remedio la llevan a la confianza, pero una confianza audaz: «Quiero hallar -escribe- el modo de ir al cielo por un camino muy recto, muy corto, del todo nuevo. Estamos en el siglo de los inventos. Ahora no hay que tomarse la molestia de subir los peldaños de una escalera; el ascensor la suple ventajosamente». Y así busca y encuentra ese camino alterno a la ardua escalera de la perfección: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos». Y como los niños, no pierde la capacidad de asombro ante lo más pequeño. Transforma las pequeñas acciones en un continuo ejercicio de amor. Lo corriente, lo diario, eso que cada jornada se repite: apagar el despertador, levantarse, desayunar, coger el transporte al trabajo…, todo bajo el principio del amor. Desea sobre todas las cosas amar a Dios por sí mismo, sin ningún rodeo egoísta sobre ella. Sin amar porque me amas.

Al que todavía le parezca meliflua y cursi esta forma de vida, sólo se me ocurre darle dos razones: o todavía no lo ha empezado a vivir -lo cual tiene remedio, o no sabe lo que es amar -lo cual es una tragedia-. Quien desea el fin, pone los medios, y así lo vivió esta mujer, de paciente y continua sonrisa, bajo las formas indefinidamente monótonas y menudas de la vida cotidiana. Ella se decía que, dentro de la Iglesia, quería ser el amor, ocultarse como el corazón que no se ve, pero lo hace todo.

Concluidas las guerras interminables, caídos los muros infranqueables, desplomados los símbolos indestructibles, los héroes se quedan para los tebeos y, disipado el humo de tanto desplome, se dibuja el camino del hombre corriente que aspira a un mundo mejor. Nuestra vida se compone de muchas minucias. Atender a lo pequeño está en manos de todos; lo único que nos resta para ser santos es la audacia. Como Teresa, dejémoslo en las manos del Señor, sabiendo que el ascensor subirá al pulsar el botón de la confianza.

Carmen Imbert