Juan José Aguirre se despide de Bangassou (Centroáfrica) pero afronta un nuevo reto

Juan José Aguirre se despide de Bangassou (Centroáfrica) pero afronta un nuevo reto

León XIV ha aceptado la renuncia del obispo español por motivos de salud. Sin embargo, en septiembre se instalará en la capital centroafricana para cumplir un encargo del Dicasterio para la Evangelización

María Martínez López

Después de casi 29 años, el obispo español Juan José Aguirre se despide de la diócesis de Bangassou, en República Centroafricana. La Santa Sede ha anunciado este miércoles que el Papa León XIV ha aceptado la renuncia de Aguirre, a pesar de no haber llegado al límite canónico de 75 años. Con todo, el Dicasterio para la Evangelización le ha asignado una nueva misión.

Aguirre tiene 72 años. Nacido en Córdoba, pertenece a los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús y ha sido misionero desde hace 45 años. Fue nombrado obispo coadjutor de Bangassou en 1997, y asumió la sede en 2000.

Tras su renuncia, pasa a sucederle automáticamente su obispo coadjutor, el italiano Aurelio Gazzera. El Papa Francisco lo nombró en febrero de 2024. El objetivo no era solo poder sustituirle cuando llegara su despedida, sino ayudarle a gestionar una diócesis de 135.000 kilómetros cuadrados.

Aguirre pastoreaba Bangassou en solitario, a pesar de su delicada salud, desde que su auxiliar, Jesús Ruiz, fuera enviado como obispo a M’Baïki en 2021. Tener a alguien a su lado le permitía, al menos, poder viajar de vez en cuando a España para someterse a distintos tratamientos médicos.

Nuevo encargo, contra la «opacidad»

En un breve comentario compartido con los medios este miércoles, Aguirre recuerda que presentó la renuncia hace cinco años, cuando tenía solo 67. Lo hizo por motivos de salud. Hoy en día, subraya, habiendo sufrido tres infartos y tromboflebitis, con nueve muelles en las arterias, daños en la columna vertebral y síndrome de Ménière, «estoy mejor» que entonces.

Aguirre (derecha) con Gazzera, que será su coadjutor en Bangassou
Aguirre (derecha) con Gazzera. Foto cedida por Juan José Aguirre.

Sin embargo, el prelado cordobés no podrá descansar después de su retiro. «Me piden trabajar» durante algunos años en el seno de la Conferencia Episcopal de la República Centroafricana, cuya sede está en Bangui, la capital. La petición viene de la Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares del Dicasterio para la Evangelización.

Sin entrar en detalles, explica que desde hace tres años se han producido algunos problemas relacionados con la «opacidad total» con la que operan algunas diócesis. Esto «pone en real peligro todos los subsidios» que se conceden a las diócesis de Centroáfrica a través de las Obras Misionales Pontificias (OMP).

La entidad ha confiado en el misionero español para «coger el toro por los cuernos». Confían en que «de obispo a obispo» pueda «desenmarañar el problema». Esto implica que «a partir de septiembre ya estaré destinado en Casa Comboni, en Bangui».

Comienzo este testimonio el día de mis 72 años de vida en este mundo, dando gracias al Señor por todo lo que me ha dado, sin merecer nada de mi parte, por pura gracia.

Primero, por la familia en la que crecí y por la fe que me enseñaron a vivir. Una familia como pocas existen en este planeta.

Luego, doy gracias al Señor porque me llamó y me escogió para Él a los 15 años. Nunca viví en un pequeño seminario. Mi pequeño seminario fue mi propia familia. Y estoy convencido de que mi vocación vino de Dios, una llamada ineludible y verdadera, dirigida a mí sin ninguna mediación. Por ello agradeceré eternamente las maravillas del Señor.

Además, me señaló con su dedo divino para ser misionero Ad Gentes en un continente lejos de mi familia, y no es que haya perdido a mi familia, sino que encontré una segunda, comenzando en Obo entre los Zandé, mis amigos románticos y dulces, pero terribles cuando entran en histeria colectiva.

Llegado a Centroáfrica hace 46 años, he entregado toda mi vida a la misión. Si existiera en el imaginario la posibilidad de nacer de nuevo, pediría al Señor que me llamara a gastar mi vida del mismo modo en que la he gastado hasta hoy. Sin cambiar nada.

Para poner un poco de orden en lo que comparto, seguiré el texto de los Hechos de los Apóstoles 20, cuando Pablo, de viaje hacia Roma, reúne en Mileto a los responsables de las Iglesias de Éfeso que él mismo había fundado.

Pablo les dice:

«Ustedes saben cómo me he comportado con ustedes…» (v.18)

Desde el comienzo, en el Este, aprendí sango, luego un poco de zande, y nunca me arrepentí. A las personas mayores y a los enfermos le encantaba cuando les decía algo en zande; suspiraban de alegría.
Mons. Maanicus, que murió a los 76 años, fue siempre un padre para mí, hasta el año 2000, cuando el 31 de diciembre de 1999, a medianoche, fuimos a la gruta de la Catedral para poner en manos de la Virgen María el nuevo siglo que comenzaba, mi episcopado y el final del suyo, después de 36 años de duro trabajo apostólico, lleno de alegrías y penas.

Mi bautismo en el Espíritu tuvo lugar en Obo. La gente me bendijo a la salida de la Iglesia escupiendo pequeñas perlas de saliva en mis manos, 600 cristianos llenos de fervor. Luego mi compañero Nicola me empujó hacia los leprosos que esperaban bajo el árbol mágico de la misión de Obo, y ellos también me escupieron sus bendiciones, sus rostros muy marcados por la terrible enfermedad que en 1980 era la lepra. Mi bautismo en el Espíritu se dio en la saliva, por la gracia de Dios, no en el agua. Y mi compañero Nicola fue mi guía iniciático durante mis primeros 7 años de misión africana. Que descanse en las manos de la Providencia.

En el versículo 19, Pablo dice a los ancianos de Éfeso:
«He servido al Señor con humildad, entre lágrimas y pruebas».

Como ven, actualmente no tengo televisor, ni radio, ni un coche grande; mis ornamentos litúrgicos ya no están, conservo solo dos albas y la casulla de mi ordenación episcopal hace 28 años. Aunque, con la Fundación Bangassou, hicimos llegar más de treinta contenedores llenos de cosas hermosas para la Diócesis de Bangassou y otros lugares, intenté compartirlo todo. Intenté vivir con humildad, aunque algunos aún me reprochan haber usado un avión medicalizado para volver a Europa durante mi tercer infarto, avión pagado por un bienhechor que tuvo compasión de mí, contactando un avión que había llegado a Yaundé y regresaba vacío a España. Es verdad, intenté vivir siempre con los pobres y para los pobres, aunque fui incapaz de vivir como los pobres. Comer tres veces al día, siempre carne o pescado… el 99% de la población de Bangassou nunca podrá hacerlo; los pobres de la Casa de la Esperanza, acusados de brujería, nunca podrán comer hasta saciarse como hacemos en nuestras misiones.

Pablo dice «entre lágrimas»: intenté servir al Señor que encontraba en el rostro de los más pobres, de los huérfanos, de los ancianos acusados injustamente, de los ciegos, organizando campañas de oftalmología, y luego durante los años terribles de los Tongo Tongo, los Seleka, los Antibalaka… de 2008 a 2023, años de sufrimiento compartido, lágrimas enjugadas, duelos inacabados, soluciones que encontrar, asesinatos, robos, violaciones y vejaciones sin número. Pan y paz nos faltaron cruelmente en aquella época.

«Entre pruebas», decía también San Pablo. Los acontecimientos con la comunidad islámica en la mezquita y los 4 años de acogida de estos musulmanes en el pequeño seminario de Bangassou fueron de las pruebas más duras de mi vida. A veces había que tomar decisiones entre la vida y la muerte. Muchos de ustedes y las Hermanas de San Paul de Chartres nunca se apartaron de mi lado ni del lado de los más vulnerables. Dios ya lo ha escrito todo en su libro santo.
Tendrán su recompensa en los cielos.
En la parroquia de Fátima en Bangui, en 1997, también viví momentos horribles que duraron varios meses, de junio a octubre de 1997.

Pero el sufrimiento más grande, en mayo de 2017, fue ver 23 cuerpos de niños y adultos musulmanes muertos y en descomposición en el fondo de la mezquita de Bangassou. Luego el entierro en la fosa común con los antibalaka, el terror de una bala perdida, los gritos amenazantes de los tiradores. Ustedes estaban allí: el abbé Bissialo herido, Clotaire, Martin, Modeste, Amos, abbé Honoré, abbé Waligbanga… Y los demás, los laicos, las mujeres de Tokoyo y de la Catedral… Las hermanas Yolanda, Ernestine, Elisabeth: ¡fueron extraordinarias!

Luego, una prueba enorme fue el día en que recibí la noticia de que la misión de Nzacko había sido arrasada hasta los cimientos, la perla de la diócesis a la que habíamos dedicado millones de francos CFA para hacer de ella un modelo de misión moderna…
Y fueron los mismos musulmanes cuyas familias habíamos salvado en Bangassou quienes destruyeron el bloque operatorio, la casa parroquial y las dos iglesias de Nzacko. ¡Qué desperdicio!

Ufff… Dios da y Dios quita cuando quiere:

«Prohibido desanimarse», repetían siempre.

Así como: ¡Bangassou londo! ¡Bangassou tamboula! ¡Bangassou sambela! ¡Nzapa a yeke!
Cuatro camisetas que guiaron nuestro camino durante 25 años.

En el versículo 20 Pablo dice:
«No he descuidado nada para anunciar bien el Evangelio».
Nada descuidado… aunque fuera difícil. Primero, hacia 1998-1999 hubo que poner orden en muchos comportamientos de inmoralidad, a veces casos de poligamia entre sacerdotes, abusos a menores, graves desvíos de dinero ajeno que yo mismo tuve que reembolsar con el dinero de mis propias misas.
Fui llamado al tribunal, acusado por un ex sacerdote; me defendí y el Señor me sostuvo…

Tampoco descuidé la búsqueda de donaciones para financiar la diócesis y las diferentes construcciones y proyectos, para gestionar bien los fondos dejados por Mons. Maanicus que compartimos con la diócesis de Alindao en 2005, para justificar bien las ayudas de las OMP y la Infancia Misionera, y también para mantener siempre viva la «perla de la diócesis», que ha sido desde hace 60 años el pequeño Seminario de San Luis.

Cientos de conferencias, visitas a parroquias en España, búsqueda de convenios con otras diócesis… un trabajo incansable que la Fundación Bangassou ha llevado durante 27 años: mi hermano Miguel, mis hermanas y cuñados, mi sobrino Pablo, tantos amigos y bienhechores, la familia comboniana.

Es el trabajo infinito de la Providencia, que también dice: «muévete tú primero, yo te daré frutos después».
Así nacieron nuevas parroquias como Gambo, Bema, Niakari, Lanomé, Mboki, Nzacko. Así se ampliaron la iglesia de Zémio o las casas parroquiales de Bakouma, Obo o la Catedral de Bangassou, o nacieron casi 32 escuelas maternales, primarias, colegios o liceos ECAC. Mi primer proyecto fue el orfanato «Mama Tongolo» y con él mi familia se entregó en cuerpo y alma. Luego surgieron movimientos como la Legión de María, que florecieron en el corazón de los confirmandos, que entran sistemáticamente en varios de estos movimientos de crecimiento en la fe. Estimo haber celebrado unas 10 misas de confirmación por año, lo que hace unas 280 sesiones de confirmación y miles de confirmandos, los dos últimos años con Mons. Aurelio Gazzera, que se ha vuelto un experto.

En algunos proyectos, Madame Kotalimbura nos dio una mano, y en la sacristía de la Catedral, la presencia de Michel Balipkio durante más de 30 años dio nobleza a nuestras celebraciones, así como catequistas fieles como Albert Ngwabeyo.

Y para anunciar el Evangelio, 39 sacerdotes han sido ordenados y otros 5 para otras congregaciones. En casi todas las parroquias tenemos sacerdotes y seminaristas, principalmente de Tokoyo, la Catedral y Wango. Y un hermano. Proporcionalmente, Bangassou es la diócesis con más seminaristas mayores.

Y también hermanas que han salido de nuestra diócesis. Guardaré siempre en mis retinas las magníficas jornadas que vivimos en el podio de la Catedral y en el Santuario mariano de Niakari. Jornadas y peregrinaciones espléndidas. Y la acogida que siempre me han reservado en mis visitas a sus parroquias. ¡Mil gracias! No puedo callarme sin pedirles perdón por las mil veces en que hayan sentido falta de empatía, desatención, frialdad o decisiones incorrectas hacia ustedes. Todos somos humanos… Pero hay algo que debo agradecerles incansablemente, porque quizá me salvó la vida: el hecho de dejarme descansar temprano por la mañana. Desde hace 3-4 años he ganado en calidad de vida gracias a que me permitieron hacerlo. Mi familia, mi cardiólogo y yo les estamos enormemente agradecidos.

San Pablo dice también a los Ancianos de Éfeso, en el versículo 20:
«He dado testimonio de ustedes», y ahí recuerdo decenas o cientos de artículos, entrevistas en televisión, notas en periódicos para hablar de la Diócesis de Bangassou o para denunciar injusticias, atentados contra los derechos humanos, para gritar por todas partes lo que hacían los Tongo Tongo, lo que saqueaban los Seleka o lo que destruían los antibalaka.

Pablo también dice en el versículo 25:
«Ya no volverán a ver mi rostro»…
En mi caso, quizá no sea así. Roma dará un día, no muy lejano, su visto bueno para que pase el testigo a Mons. Aurelio, y él se convertirá en ese instante en Obispo Titular de la diócesis de Bangassou, y yo seré Obispo emérito. Pero no perderé el contacto con la diócesis, sobre todo a través de la Fundación Bangassou, y podrán, de vez en cuando, volver a ver mi rostro, aunque cada día estará más cansado.

No les oculto que he recibido decenas de premios que guardo en una vitrina en la Fundación Bangassou. No me jacto en absoluto. Sin la gracia de Dios nada habría podido hacerse. El nombre de Bangassou está en todos esos premios, y yo no he sido más que la voz que daba un rostro a ustedes y a mi pueblo africano.

Para terminar, les digo lo que Pablo decía a los ancianos de Éfeso:
«Velen por su rebaño, pues el Espíritu Santo los ha puesto como responsables».
Quien está ahora a la cabeza de nuestro rebaño, Mons. Aurelio, es capaz, experimentado y hombre de fe. Pablo también dice que «después de él entrarán lobos feroces que pronunciarán discursos perversos»… Eso nunca ha faltado, y el Señor será siempre nuestra Roca inexpugnable, más fuerte que los perversos, porque es Él, el Señor, quien lleva las riendas de nuestra historia.

«No he codiciado ni el dinero, ni el oro, ni el vestido de nadie» (v.33).
Solo he buscado luchar en buen combate por nuestra Diócesis, caminar humildemente con mi gran Amigo del cielo para evangelizar mejor, y guardar mi propia fe y el depósito de la Iglesia que está en Bangassou.