Historia y memoria del terremoto en Haití

Haití, un país empobrecido e ignorado, saltó a las cabeceras de los medios de comunicación de todo el mundo el 12 de enero de 2010, cuando un terremoto de 7,3 grados en la escala de Richter lo convirtió en un infierno: 316.000 fallecidos, más de 400.000 heridos, cerca de dos millones de damnificados y el 80 % de las escuelas destruidas. Se cumplen diez años de aquella tragedia y el país sigue sumido en el caos, la corrupción y la extrema pobreza

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Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Puerto Príncipe, el pasado 10 de enero, aún sin reconstruir, diez años después. Foto: Reuters/Valerie Baeriswyl

Haití, un país empobrecido e ignorado, saltó a las cabeceras de los medios de comunicación de todo el mundo el 12 de enero de 2010, cuando un terremoto de 7,3 grados en la escala de Richter lo convirtió en un infierno: 316.000 fallecidos, más de 400.000 heridos, cerca de dos millones de damnificados y el 80 % de las escuelas destruidas. Se cumplen diez años de aquella tragedia y el país sigue sumido en el caos, la corrupción y la extrema pobreza

La tarde del 12 de enero de 2010 en Haití fue apocalíptica: edificios enteros derrumbados, miles de muertos y heridos en las calles y entre las ruinas, faltaban hospitales, médicos, ambulancias, medicamentos, enterradores, alimentos…. Shania vivía en la capital, Puerto Príncipe, y tenía 10 años cuando sucedió la catástrofe: «De pronto la casa saltó por los aires; mi mamá y yo pudimos salir a la calle y vimos cómo se derrumbaban las casas y a la gente gritando: “¡Esto es fin del mundo, Jesús, Jesús sálvanos!”. Estuvimos unos días viviendo entra las ruinas y olía muy mal, porque cerca había una escuela donde murieron aplastados más de 200 niños; después nos llevaron a un campamento fuera de la ciudad».

La iglesia del Sacre Coeur, una de las más antiguas de Puerto Príncipe, se derrumbó dejando un saldo de 32 muertos. El párroco, Hans Alexandre, recuerda que «en Haití siempre ha habido clases sociales, pero en el terremoto no se distinguía entre ricos y pobres, todos ayudábamos; vinieron de otras naciones a ayudarnos, pero los primeros rescates los hicimos los propios haitianos con las manos y con palos, porque no teníamos herramientas para rescatar a las víctimas».

El seísmo no respetó nada ni a nadie. El arzobispo de Puerto Príncipe y muchos religiosos y religiosas murieron. De la catedral y del palacio presidencial no quedó piedra sobre piedra. Entre los héroes anónimos de aquellos días estaba la hermana Isabel Solá, misionera española que rescató a niños de una escuela que se hundió con los alumnos dentro, hizo de enfermera de primeros auxilios y creó un taller de prótesis gratuitas para víctimas del terremoto. Después fue vilmente asesinada.

Ayuda internacional bajo sospecha

El terremoto provocó una ola de solidaridad internacional, pero no toda la ayuda que llegó al país se gestionó bien y parte desapareció en el camino. De los 13.000 millones de dólares que los gobiernos habían prometido para la reconstrucción del país, apenas  2.000 llegaron a su destino.

El arzobispo actual de Puerto Príncipe, monseñor Guy Poulard, reconoce que «la corrupción existía antes del terremoto y eso era una sangría para el país, pero a raíz del seísmo, lejos de disminuir, la corrupción se ha incrementado. Creo que en aquellos momentos hubo demasiadas ONG en el país; muchas de estas organizaciones llegaron a Haití empujadas por la emoción, pero algunas sacaron partido de la situación para conseguir dinero, aunque pienso que estos casos son excepciones. La mayoría de los hombres y mujeres, y hasta niños, que han socorrido a nuestro pueblo lo han hecho por amor y afecto, de todo corazón, y su trabajo ha sido beneficioso para Haití. Sin esa ayuda no se que habría sido de nosotros».

Puedo asegurar, porque lo he visto sobre el terreno, que Cáritas, Manos Unidas, congregaciones religiosas y organizaciones humanitarias que antes del terremoto ya estaban actuando en el país, siguen a pie de obra financiando escuelas, comedores sociales, orfanatos, centros de salud…

Diez años después del seísmo el país no ha levantado cabeza, la corrupción y la violencia no han cesado y la pobreza extrema alcanza a la inmensa mayoría de la población. Haití sigue siendo el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo.

Julián del Olmo
Exdirector de Pueblo de Dios


La rebelión de los esclavos

La isla de La Española (Quisqueya para los taínos) fue descubierta, en 1492, por Cristóbal Colón. En 1697, España cedió a Francia la parte occidental de la isla (Haití) y se quedó con la parte oriental (República Dominicana).

Haití tiene cerca de once millones de habitantes, el 95 % de ellos descendientes de antiguos esclavos africanos. En tiempos de la colonización francesa hubo medio millón de esclavos trabajando en las explotaciones de la caña de azúcar. Los blancos apenas llegaban a 20.000. Los esclavos haitianos se sublevaron contra los colonizadores franceses y después de doce años de guerra (1791-1803) lograron la independencia. Los católicos son el 65 % de la población. Los protestantes y los seguidores del vudú, creencia que los esclavos trajeron de África, tienen una presencia significativa y las sectas procedentes de EE. UU. ganan adeptos.