Se levantó Su Beatitud Gregorio III Laham, a cantar en árabe durante la Comunión. Emocionante. Descubierto, como sólo hace ante Dios, cantó para Él mientras nos acompañaba. Después, volvió a su sitio, a continuar presidiendo la celebración. Destocado, muy escaso de pelo a sus ya 81 años, era la viva imagen de la paz. De la fuerza de la paz.

Un verdadero testigo de la fe. Solemos pensar en los primeros siglos del cristianismo. Imaginamos aquellos tiempos con cierto arrobo y un dizque de admiración. ¿Y? Gregorio III es un verdadero testigo de la fe. Así debía de ser san Pablo: chiquitillo, enjuto, sonriente, capaz de hacerse entender en varias medias lenguas a la vez. Y claro, muy claro: con un mensaje directo, emocionado, preciso. Nos habló, al final de la celebración, de la Iglesia perseguida, de los horrores que está sufriendo la Iglesia, que se está desangrando en Siria, Líbano, Iraq. Oriente Medio sufre, y ¿nosotros no? ¡Valiente cuerpo místico estamos hechos! Tiene que reconstruir más de 90 iglesias, edificios derruidos, porque son su gente y no les va a abandonar, aunque el mundo occidental sí parezca haberlos abandonado. Guerra, intereses, destrucción, caminos oscuros de riquezas tangibles. Cientos de miles de personas desplazadas. Aun así, acuden a rezar, se ponen en manos de Dios, salen en procesión, asisten a misa entre cascotes. Y todavía les sacas una sonrisa para las fotos. Piedras vivas son.

Ya me cansa escuchar a los que dicen que vivimos en la era de la posmodernidad, una era amigable y respetuosa con el individuo. Ya. En el siglo XX y lo que va del XXI hemos asistido a dos guerras mundiales, al intento de exterminio de una raza, a tiranías horribles, al lanzamiento de bombas atómicas sobre personas, al genocidio del aborto, a la sinrazón de los integrismos ateos que se proclaman religiosos. ¿Y decimos que otras épocas eran oscuras y terribles? Ese espejo también nos lo ponía ante los ojos Su Beatitud Gregorio III. Habló de la responsabilidad de Europa, de lo que esperaban de los cristianos de España. Nos pidió fortaleza, firmeza en la fe, coherencia social y responsabilidad política. Nos dijo que rezarían por nosotros. Nos pidió oraciones y ayuda.

Una mujer de cierta edad se levantó a entregarle algo. Supongo que dinero. Una limosna. En la época del fundraising nos da vergüenza hablar de limosna. Me acordé otra vez de san Pablo, hablando a los corintios de la generosidad de los macedonios. El Patriarca le besó las manos y guardó lo que fuera que le dio en su bolsillo. Continuó con su discurso, ya casi arenga, saltándose el escrito que un sacerdote iba traduciendo y que todos estábamos entendiendo, cada uno en nuestra lengua. Y nos hablaba de los pilares de la fe: de la oración que necesitan, de la limosna que esperan. No nos habló del ayuno, creo que para no fustigarnos. Muchos pocos hacen un mucho.

Yo he besado su cruz de madera. Él me ha mirado. Me ha pedido que luche por la familia cristiana: «Un tesoro, nuestro tesoro». Me ha dado las gracias. Y todavía no he hecho nada.

Jaime Noguera Tejedor