«Has vuelto a nacer», me dicen algunos. ¡Falso! Antecedentes: en un mes corto, un infarto y un derrame cerebral, con sus etcéteras, intervenciones y arreglos consecuentes. Un mes y medio de hospital entre UCI y planta, alucinaciones, entubamientos, sabor a plástico y medicinas. Punto. No, no he vuelto a nacer: he estado a punto de morir, de experimentar la cesación definitiva de la vida física y saber que mi alma se separaba de mi cuerpo. He estado a un tris de experimentar la muerte biológica, algo extrínseco a mí. He conocido de cerca la casi muerte; por tanto, me he acercado al sentido de la vida.

He deseado aferrarme a la vida física solo si era voluntad de Dios. He rezado mucho, cuando he sido consciente de lo que hacía. Sé, me consta, que muchos han rezado por mi curación. No me quedarán años de vida ni palabras para agradecerlo. Pero una de mis mayores confirmaciones es que el infierno existe. He rezado con todas mis fuerzas para poder confesar antes de que ocurriera lo inevitable, si era inevitable. He pedido a la Virgen que no me dejara ir al infierno, que me permitiera confesar y después… porque la vida es voluntad de Dios, pero mi salvación es voluntad mía. Y se me ha concedido todo. ¿Por qué?

No, no he vuelto a nacer. He releído algunos salmos (el 138 hasta quedarme dormido con él en las manos), parte de los libros de Job y de Tobías, no pocos pasajes del Evangelio en los que los salvados «estaban dormidos», en los que los leprosos eran limpiados. Y no quiero ser de los que no vuelven a dar las gracias y decir a todo el que quiera escucharme que Cristo me ha concedido lo que me ha concedido. No soy capaz todavía de ser más específico: no sé lo que se me ha concedido. Camino despacio todavía, me faltan fuerzas y debo mejorar la motricidad. La cabeza parece bien (no os voy a contar el miedo con que abrí por primera vez un libro); la voz comienza a entonarse. Estoy… ¡bien!

Lloro. Emocionalmente débil, me afecta casi todo. En algún momento, mi vulgaridad me ha hecho pensar en qué me pedirían a cambio. ¡Tonto! Lo que sí es cierto que me toca, y más como diácono, es «dar gratis lo que gratis he recibido». Por eso quiero confirmar que el poder de la oración es el que es, confirmar que los sacramentos te entregan el misterio de Cristo (cuando el infarto pedí la Unción), que la cercanía de Cristo «se siente y se percibe».