En las últimas semanas hemos podido presenciar dos imágenes muy distintas de las calles de París: una, con una muchedumbre pacífica y orante acogiendo la visita apostólica del Papa León XIV; otra, con una multitud tumultuosa y desafiante provocando disturbios y pillaje. A causa de estas revueltas callejeras con desórdenes públicos y enfrentamientos contra la Policía, la situación en Francia es hoy inquietante. Y el efecto contagioso de esa espiral violenta en otras latitudes es real. Asimismo, resulta preocupante el resultado de las últimas encuestas realizadas en el país galo tras los altercados callejeros, situando a dos líderes radicales, Le Pen y Mèlenchon, como preferidos por los electores para las elecciones presidenciales a celebrar en la próxima primavera. La moderación parece haber desaparecido de las preferencias políticas de los franceses. Se atisba en Francia un panorama de honda división de la sociedad en dos bandos extremos.
Para que la historia no se repita conviene conocerla. El 6 de febrero de 1934, Francia vivió una jornada convulsa, consecuencia de la grave situación por la que atravesaba la política francesa. Las denominadas Ligas Patrióticas, de carácter paramilitar y tendencia profascista, intentaron disolver violentamente la Asamblea Nacional, siendo duramente reprimidas por la Policía. Los disturbios causaron una quincena de muertos y más de 2.000 heridos provocando la dimisión del primer ministro, Daladier, y la formación de un Gobierno de unidad nacional. La izquierda se agruparía en torno a un Frente Popular, alcanzando el poder en 1936. Ante un escenario que se revelaba trágico, un grupo de escritores e intelectuales católicos, más de 50, entre los cuales se encontraban Gilson, Maritain, Du Bos, G. Marcel, Madaule, Roland Manuel, J. Hugo, Copeau, Mounier… publicó todavía en 1934 un manifiesto bajo el título Por el bien común, definido y concretado por el subtítulo: Las responsabilidades del cristiano y el momento presente.
Los autores de la proclama exponían sus inquietudes ante la hora crítica de Francia, haciendo un llamado de conciencia con miras al porvenir. «Nosotros luchamos contra un antiguo error mortal, que es el que pretende levantar una barrera infranqueable entre lo político y lo espiritual, como entre lo humano y lo divino. Es necesario hacer que este error desaparezca. Tienen, lo político y lo temporal, muchos más recursos a que acudir que aquellos tan solo debidos a las energías exclusivamente materiales, que son las que no escapan nunca al juego de las combinaciones y de las complicidades si no es para pasar a las violencias de la guerra civil». Estas primeras líneas ya advierten de los posibles riesgos latentes en Francia, que dos años después se materializarían trágicamente en España, desembocando en una fratricida contienda civil.
Sobre aquella jornada del 6 de febrero, los firmantes sostienen que el rasgo más significativo pertenece al orden psicológico y moral; «la indignación contra todo lo que hay podrido y pesa en la vida nacional». Aquel grupo de católicos comprendió muy bien cómo Francia corría el riesgo de hallarse dividida en dos campos enemigos, cada uno de los cuales olvidaba que el otro es también Francia. El adversario se aparecía para ambas partes como la encarnación de todos los males. Las pasiones no se habían desarmado; al contrario, se armaban. Y frente a la situación descrita, los autores del manifiesto supieron desde el principio que el cristianismo no podía servir de fuerza de apoyo a ninguno de los dos bandos en lucha. Pero tampoco debía callar. Tenían ante sí el deber de recordar su mensaje de paz y amor con empeño y no aceptar el dilema que aquel estado de cosas les obligaba a aceptar. Lejos de ser una deserción o una retirada, su negativa lo era a la ambigüedad y a la claudicación. Por eso respondieron con un «no» a todos aquellos que, tratando de cortarle el paso al fascismo, pretendían arrastrar a Francia al comunismo. Pero también respondieron con un «no» a aquellos otros, que para cortarle el paso al comunismo ansiaban enrolar a Francia en el fascismo. «Sería una quiebra moral para los católicos franceses —aseguraban— si confundieran la violencia con la virtud de la fortaleza que les corresponde; si se dejaran embaucar en esas reacciones biológicas, por las cuales un mundo anticristiano trata de defenderse de sus propias contradicciones internas. De este modo, se encontrarían prisioneros de ese mismo mundo corrompido, y en un momento en el que más que nunca necesitaban ser ellos mismos lo que son, esto es, dispuestos para el porvenir».
92 años después, Francia parece hallarse inmersa de nuevo en el «juego de las combinaciones y de las complicidades». Cierto es que en aquel tiempo el totalitarismo y el autoritarismo eran una moda y la democracia y el parlamentarismo un anatema. Pero, ¿no empieza a palparse una atmósfera mundial semejante a entonces? Como católicos debiéramos permanecer en alerta, «en vela», decía el cardenal Newman, porque en la hora presente nada es seguro y todo está en riesgo. No solo en Francia, también en España, en Europa. Acaso, en el mundo.