La armonía nos hace mejores testigos del Evangelio - Alfa y Omega

La armonía nos hace mejores testigos del Evangelio

Frente a un individualismo que nos aleja de los otros, vivir en armonía es un reto al que la Iglesia está llamada para evangelizar

Alfa y Omega

Uno de los retos al que la humanidad se ha enfrentado desde siempre es el de armonizar las diversas realidades presentes en cada momento histórico. Un desafío que también está presente en la vida de la Iglesia desde que surgió hace casi 2.000 años. 

Articular todo lo que forma parte de ella, acoger la novedad, superar toda tentación de individualismo o protagonismo excesivo, inclusive sobrepasando los límites del respeto hacia el otro, es un modo necesario de ser y estar que ayuda a concretar en el hoy y en cada lugar el mandato del Señor: anunciar el Evangelio. 

Un anuncio que se debe llevar a cabo en las nuevas realidades eclesiales actuales y a través de nuevos métodos. Un camino en el que avanzamos en medio de dificultades, pero que se superan cuando estamos dispuestos a dialogar y discernir juntos cómo queremos seguir adelante, cuando hacemos el esfuerzo necesario para vivir desde el nosotros, cuando armonizamos la diversidad de carismas, algo siempre enriquecedor.

Todo bautizado es llamado a evangelizar, una tarea que debe ser realizada en unidad y complementariedad. Lo contrario, la división, debilita el anuncio. De ahí la importancia decisiva de aquello en lo que tanto insiste el Papa León XIV, que ve la unidad en Cristo como esencial para la misión evangelizadora. La clave es poner los carismas al servicio de la comunión y de la misión y que funcionen de manera armoniosa, como fruto de un discernimiento eclesial.

Un armonizarse que se debe traducir en elementos concretos. Para ello es necesario mejorar las relaciones entre carismas y personas, entre estructuras, vivir las acciones evangelizadoras como procesos y parte de una planificación y una pastoral orgánica. Juntos somos más y que por muy válidas que sean nuestras propuestas, dar la espalda a los otros o creernos superiores, nos aleja de aquello que Dios quiere de nosotros: que todos seamos uno.