Evangelio del domingo: Heredar la vida eterna

Daniel A. Escobar Portillo
El joven rico se marcha entristecido, de James Tissot. Museo de Brooklyn (Nueva York)

La Sagrada Escritura abunda en episodios en los que se aborda la cuestión del dinero y las riquezas. Generalmente, el Antiguo Testamento considera algo positivo el poseer bienes, puesto que estos son un signo de la bendición de Dios. Esta visión de elección divina ha continuado prácticamente hasta nuestros días como trasfondo de algunas teorías económicas. En continuidad con la tradición judía, tanto el Evangelio como el resto del Nuevo Testamento se detienen en varias ocasiones en algunas consideraciones en las que vuelve a aparecer la cuestión del cristiano y los bienes o, como este domingo, en cuál debe ser la actitud del discípulo de Jesucristo con respecto al dinero. El fragmento del Evangelio comienza con la escena del diálogo entre Jesús y el personaje que se identifica con el joven rico. A continuación, siguen las palabras del Señor sobre el obstáculo que suponen las riquezas para entrar en el reino de Dios. Concluye el texto con la pregunta de Pedro acerca de lo que les espera a los discípulos del Señor.

La manifestación de una inquietud

No cabe duda de que ese uno del que habla del Evangelio mostraba gran aprecio hacia Jesús. Así lo constata el hecho de que se acerca al Señor corriendo, se arrodilla ante él y lo llama «maestro bueno». Junto con la fascinación por Jesús, las palabras del joven revelan un deseo sincero de llevar una vida honesta, tal y como manifiesta su pregunta: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». Se comienza así un diálogo en el que de un comienzo prometedor se terminará en una profunda decepción para todos: para el propio joven rico, que «frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico»; para Jesús, cuyas palabras constatan la dificultad de compatibilizar riquezas y seguimiento verdadero; para los oyentes de la Palabra de Dios, a quienes el evangelista Marcos consigue introducir de modo único en esa decepción. Sin embargo, lo que a primera vista parece un episodio de fracaso se convierte en uno de los pasajes en los que el Señor aclara con mayor nitidez qué implica ser discípulo suyo. Como si Jesús ya conociera de antemano la respuesta positiva del joven, enumera algunos de los mandamientos de la ley, en concreto aquellos que se refieren a la relación con el prójimo. En efecto, la contestación del joven recuerda a un examen que ha sido cumplimentado de modo perfecto, donde el sujeto obtiene la máxima calificación. No estamos ante un pecador público, sino ante una persona inquieta, honesta y que hace el bien.

«Una cosa te falta»

Hasta aquí el pasaje muestra cómo quien controla la vida del joven es él mismo, pero la escena quiere reflejar ahora el intento de Jesucristo por entrar en su vida: «se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: una cosa te falta». En realidad, Jesús no hace sino de espejo de la vida del joven, puesto que él sabía que algo le faltaba cuando va corriendo y se postra ante Jesús. ¿Qué significado tiene, pues, el «vende lo que tienes y dáselo a los pobres»? Sin duda supone una llamada y una advertencia. Una llamada hacia un desprendimiento total a quien pone su confianza en las riquezas y, en definitiva, en sus propias fuerzas, sus talentos o sus seguridades meramente humanas. La advertencia implica que quien siente esta inquietud y no la responde no colmará nunca los deseos que Dios ha inscrito en su corazón.

La reacción de Pedro

El diálogo final entre Pedro y el Señor nos permite ver que este seguimiento no es algo logrado para siempre, sino que constituye una continua llamada. Así se desprende a partir de la pregunta del príncipe de los apóstoles, que parece esperar una recompensa. La respuesta del Señor no la niega, pero insiste en que el recibir «cien veces más» no supone una camino de éxito o aplauso fácil, sino una configuración con la cruz del Señor.

Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid


Evangelio

Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él replico: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús se lo quedó mirando, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.

Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camellos pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios». Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo». Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «En verdad os digo que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones– y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».

Marcos 10, 17-30