Evangelio del domingo: Alégrate

Daniel A. Escobar Portillo
Vidriera de la iglesia de Santa María de Willmar, en Minnesota (Estados Unidos). Foto: CNS

Tenemos ante nosotros el relato de la Anunciación. Obviamente, aunque la liturgia prevé su proclamación pocos días antes de Navidad (y este año solo un día antes), el acontecimiento tuvo que producirse necesariamente meses antes. De ahí que no debemos entenderlo como un hecho más en una cadena de sucesos perfectamente ordenados cronológicamente. La Anunciación, escuchada este domingo, quiere iluminar el misterio de la Navidad, con la finalidad de que pueda ser comprendido y acogido con mayor profundidad.

Una salvación universal

Lo primero que llama la atención es que la primera palabra referida al nacimiento del Salvador sea una llamada a la alegría. Lucas retoma el «Alégrate, hija de Sión» del libro de Sofonías. Sin embargo, es oportuno detenernos en otro detalle: el ángel se presenta a María con este saludo y no con el shalom habitual entre los judíos, cuyo significado es paz. La alegría como saludo era más propia del mundo gentil. Cuando años después de los acontecimientos narrados, los habitantes de los pueblos gentiles leyeran estas palabras, comprenderían probablemente que las palabras del Evangelio no estaban ya dirigidas en exclusiva al pueblo de Israel, sino que la redención realizada por Jesucristo estaba destinada desde el primer momento a todas las naciones. Y que la noticia traída por el Evangelio era de cercanía y de bondad de Dios con el hombre. La tradición litúrgica ha plasmado en esta línea algunos de los cantos propios de estos días: el introito Gaudete, como comienzo del tercer domingo de Adviento y el célebre himno Veni redemptor gentium (Ven, redentor de las naciones), también inmortalizado en la tradición musical litúrgica cristiana. Así pues, la llamada a la alegría y al regocijo está unida estrechamente con la apertura universal del Evangelio, que está presente desde sus primeras páginas.

El trono de David

Esta universalidad se refuerza además con las dos lecturas que preceden al Evangelio de este domingo. En efecto, en la primera lectura escuchamos el oráculo del profeta Natán al rey David, que promete a un descendiente suyo un reino que superará los límites del espacio y del tiempo; en la segunda lectura Pablo señala la voluntad de Dios de que «todas las gentes» lleguen a la obediencia de la fe. Cuando David cae en la cuenta de que frente a su lujoso palacio, el arca de Dios habita en una humilde tienda, se dispone a construir un templo hermoso, digno de la majestad divina. Sin embargo, poco después el profeta Natán le dice a David que será Dios el que le construirá una casa al rey. Dios no está hablando de un templo hecho con manos humanas, sino de una casa en el sentido de dinastía real, que ejercerá el poder sobre el pueblo de Dios eternamente. Ahí Dios le promete a David un hijo, que será hijo de Dios, cuyo reino no tendrá fin. Con el paso de los años los israelitas comprendieron que la profecía de David no se refería a sus sucesores inmediatos, que distaban mucho, en su mayoría, de ser soberanos ejemplares, y que, por el contrario, condujeron frecuentemente al pueblo a la ruina. La Anunciación a María supone el punto de partida para este sucesor, verdadero hijo de Dios, en quien se cumple en plenitud la promesa hecha siglos antes a David. Jesús será, pues, hijo de Dios e hijo de David, dado que legalmente Jesús descendía de este rey, al pertenecer José al linaje de David.

La llamada a la confianza

La segunda frase pronunciada por el ángel comienza con «no temas». Sin duda, el hecho de ser la madre de este rey universal no era fácil de asumir. En nuestros días es útil escuchar también nosotros este consuelo, sobre todo cuando debemos afrontar retos o cometidos para los que no nos sentimos con suficientes fuerzas. Al igual que María, debemos ponernos en las manos de Dios y pedirle a él que también en nosotros se cumpla siempre su voluntad, ya que es el mismo Espíritu Santo el que también nos asiste para la misión que Dios nos encomienda a cada uno de nosotros.

Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid


Evangelio

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contesto: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.

Lucas 1, 26-38