Éter. El triunfo de la misericordia

Juan Orellana
El médico alemán (interpretado por Jacek Poniedzialek), experimenta con un paciente las propiedades del éter. Foto: M. Szczesniak

El director polaco Krzysztof Zanussi, con sus 80 años, escribe y dirige una historia de ficción de marcado carácter filosófico y teológico. El argumento de esta coproducción de Polonia con Ucrania, Lituania y Hungría, se sitúa en la región de Galitzia, entre Polonia y Ucrania, en una época en la que pertenecía a Austria, en torno a 1912. En esa zona inestable, con la inminencia de la Gran Guerra, un médico militar (interpretado por Jacek Poniedzialek), materialista y ateo, se dedica a experimentar con sus pacientes las propiedades de éter. Además de sus efectos como anestésico, el doctor trata de combinar el éter con otros tratamientos, como los hipnóticos, para conseguir efectos de manipulación que trascienden los límites de la ética médica. Por otra parte, el doctor no duda en usar sin escrúpulos este producto para, por ejemplo, abusar de jóvenes doncellas. Un día, después de tratar de salvar inútilmente a un hombre enfermo, el hijo de este, Taras (Ostap Vakulyuk), agradecido, se pone a su servicio con la idea de llegar a ser también un gran médico. Pero el doctor va a utilizarle para todo aquello que convenga a sus intereses.

Toda la película gira en torno a las consecuencias de una concepción materialista del ser humano, es decir, de la negación de la existencia del alma, y por tanto de la superación de cualquier moral y de toda concepción religiosa del ser humano. El director polaco no solo pretende hacer un relato de cómo vive un individuo que no cree nada más que en lo que puede controlar, sino que ofrece una interpretación de la historia contemporánea, en la que hay un protagonista discreto, el mal, que hace del materialismo ateo su mejor aliado.

En realidad, Zanussi está haciendo una actualización del mito de Fausto, que hace un pacto con Mefistófeles, un demonio de la corte de Satanás, al que le da su alma a cambio de un conocimiento ilimitado y de poder disfrutar los placeres prohibidos. El doctor es un personaje mefistofélico que representa los ideales de la modernidad, en los que la ciencia toma el relevo de una razón abierta a la trascendencia. Como contrapunto está la machacona presencia musical del preludio de Parsifal, de Wagner, el hombre que busca el Grial. Dos formas de dar la vida por el ideal: una destruye, la otra salva. De los personajes secundarios destaca el sacerdote pecador, personaje que recuerda a Bernanos y Graham Greene, y que subraya el triunfo de la misericordia, que también triunfará en los instantes finales del filme.

La película propone una estructura arriesgada, ya que en el tramo final, Zanussi introduce un capítulo que se llama La historia jamás contada, que ofrece la lectura teológica explícita de todo lo que hemos visto hasta ese momento. Su condición de católico desinhibido, que le ha supuesto un sistemático ninguneo en los grandes festivales –siempre en manos de gestores de la mentalidad dominante–, lleva a Zanussi a ofrecernos una película contracorriente, que resultará extraña al gran público, pero que da que pensar a cualquier mente abierta.

Juan Orellana