«Es precioso que mi hija con discapacidad me lave los pies»

Varias realidades eclesiales de Valencia organizan, desde hace cuatro años, pascuas y campamentos para personas con discapacidad. Ellas son los anawin: los pobres de Yahvé, pero también «los elegidos del Señor»

María Martínez López
Una chica con síndrome de Down reza ante el crucifijo, el Viernes Santo, durante la pascua de Anawin. Foto: Hermana Marisa Arrufat

Carmen –nombre cambiado–, una joven valenciana con parálisis, va al colegio «a trancas y barrancas». Sin embargo en Semana Santa, cuando tocaba salir de casa, ponía todo de su parte para que la vistieran, y cómo gritaba para decir «vamos, vamos». Quería llegar cuanto antes a la pascua que por quinta vez se organiza en la ciudad del Turia para personas con discapacidad y sus familias. «El domingo, al compartir, su madre nos decía: “No sé qué le habéis dado”. Nosotros nada, todo ha sido el Señor». Lo cuenta M.ª Ángeles, madre de María, otra chica con discapacidad.

Su familia está muy implicada en estos encuentros, que se repiten en verano y que han sido bautizados como Anawin: los pobres de Yahvé. Surgieron por iniciativa de tres seminaristas: uno, viudo y padre de una chica con parálisis; y otros dos, hermanos de personas con síndrome de Down. Carlos Bou, el primero, explica que en Valencia hay varias realidades eclesiales para las personas con discapacidad: las Hermanas de la Consolación, el Cottolengo del Padre Alegre, y Fe y Luz. Pero sintieron la necesidad de organizar algo en lo que todos pudieran juntarse.

«Todo les llega mucho»

Este año, en la pascua han participado casi 50 personas, entre voluntarios, anawin, familiares y amigos. La mayor parte de los familiares acudían solo a las celebraciones, aunque un pequeño grupo participaba durante todo el día con sus propias meditaciones.

Sin embargo, en realidad –apunta M.ª Ángeles–, «las actividades que se hacen con los chicos también nos sirven a los padres. No se trata de que ellos tengan esto y nosotros ya viviremos la Pascua como podamos. Nuestra vivencia es la misma que la suya. Ellos tienen una sensibilidad que hace que la Palabra y todo les llegue mucho. Les encanta participar. El sacerdote que nos acompaña, un redentorista, pregunta a cada uno por su experiencia, ellos contestan… ¡y siguen incluso cuando él ha continuado con la homilía!». Eso sí, necesitan actividades «que les permitan visualizar todo más»; algo que, al final, beneficia a todos.

Se refiere, por ejemplo, a una dinámica sobre el lavatorio de los pies –o, este año, de las manos– que se hace siempre el Jueves Santo. María, la hija de M.ª Ángeles, explica el sentido de este gesto: «Dios nos lava los pies a todos. Él no nos deja, siempre nos ayuda. Y por eso también nosotros tenemos que dar amor a los demás». «Es precioso –añade Bou– poder lavarle los pies a mi hija… y que ella me los lave a mí. Estos chicos, dentro de su realidad, viven mucho el servicio: llevan las sillas de ruedas de los demás, se ayudan…».

Con las personas de la calle

Así lo vivieron también el Viernes Santo, cuando «salimos por la ciudad para repartir comida y encontrarnos con nuestros hermanos de la calle –explica la hermana Marisa, superiora de la Consolación–. Con las historias que nos contaron y otras de cristianos perseguidos, preparamos el vía crucis de esa tarde».

El sábado comenzó con un taller de flores de papel con las que alegrar a la Virgen en su soledad. Pero luego llegó el momento de preparar el momento preferido de María: la Vigilia Pascual. «En esa celebración –explica su madre– ponemos el corazón en todas las cosas que nos han pasado este año, y que Cristo resucita. Esto es muy importante para los anawin, porque también ellos tienen sus sufrimientos. No solo la discapacidad, sino otras tristezas, enfermedades, personas que se van. La Vigilia es muy importante porque nos hace presente la Resurrección, que es algo real en nuestra vida».

«Fuera de Cristo, esto es una maldición»

A Carlos Bou le cambió la vida cuando, hace 36 años, su hija Marieta nació con parálisis cerebral. Doce años después, le vino otro golpe: su mujer murió y él quedó viudo y con dos hijos, una muy necesitada de atención. «Visto fuera de Cristo es una maldición: ¿Por qué me toca esto a mí? Me separé bastante de la Iglesia», reconoce. Pero terminó volviendo, poco a poco, a la fe que le habían transmitido sus padres. «Al final, era lo único que tenía sentido».

Ahora, a sus 60 años, se prepara para ser sacerdote. Dentro de unos meses será ordenado diácono. «El Señor te va llevando hasta encontrarte con Él», es la única explicación que da a su vocación. Cree que esta nueva vida comenzó, sin saberlo él, cuando decidió trasladar a su hija de la residencia donde vivía, en Castellón, al Cottolengo del Padre Alegre de Valencia. «Por su grado de discapacidad, donde mejor está es en un centro. En el anterior estaba fenomenal. Pero en el Cottolengo vi que Cristo mismo servía a las chiquitas a través de las hermanas». Un año después de este cambio, empezó a darse cuenta de que su interés por estudiar Teología para ser un laico bien formado escondía, en realidad, la llamada de Dios. Se está preparando para «ir donde me manden». Pero añade que le atrae de forma especial  la pastoral con enfermos y discapacitados, que «son los elegidos del Señor».