El único tesoro - Alfa y Omega

El único tesoro

Alfa y Omega

Las primeras palabras del Papa en Río de Janeiro: «No tengo oro ni plata, pero traigo a Jesucristo», tomadas del apóstol Pedro al tullido que pedía limosna a la puerta del templo de Jerusalén, sin duda resumen a la perfección todo el torrente de gracia de Dios que ha sido la JMJ de Río 2013. Su sucesor Francisco, a lo largo de todos estos días en Brasil, se ha hecho igualmente eco del mismo mensaje, tal y como lo dice san Pedro en su Primera Carta a los cristianos de la primera hora: «Ya sabéis con qué os rescataron: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo»; y se lo recuerda para que «tomen en serio su proceder en esta vida».

Sí; nada efímero, sino la Luz sin ocaso que es Cristo, con su omnipotente fuerza divina, es lo que permite afrontar la vida con una alegría y una esperanza auténticas, a la medida del deseo infinito de todo corazón humano. Sólo es necesario Jesucristo, ¡y con Él lo tenemos todo! Por eso ha sido todo un torrente de vida, de alegría y de esperanza esta JMJ de Río de Janeiro; vida, alegría y esperanza ya aquí y ahora, pues con Cristo ya nada es efímero y todo queda rescatado. No un aspecto de la vida, eso piadoso a lo que tantos reducen la religión y la tarea de la Iglesia, que en definitiva nada tendría que ver con la vida real de cada día, sino que queda rescatada ¡la vida entera! Lo dejó claro el Papa Francisco, en su encuentro con los obispos de Brasil: «La Iglesia sostiene el derecho de servir al hombre en su totalidad». En su homilía en la fiesta de acogida, haciéndose eco precisamente de su primera encíclica, Lumen fidei, ya subrayó que «Jesús nos trae a Dios y nos lleva a Dios, con Él toda nuestra vida se transforma, se renueva y nosotros podemos ver la realidad con ojos nuevos». ¿Cabe mayor tesoro? Y más aún, ¿cabe llamar tesoro a algo efímero, por inmensos que sean su oro y su plata?

Ese tesoro, sin embargo, en expresión de san Pablo, lo llevamos en vasijas de barro, justamente «para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros». Es la paradoja del Evangelio, la paradoja de la Cruz, que ha sido centro vital de las palabras y los gestos del Papa Francisco. En Río como en Roma, desde el inicio mismo de su pontificado, ya en su primera Misa con los cardenales, al día siguiente de su elección: «Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor». La Cruz, Jesucristo crucificado, y resucitado, es el Tesoro, «lo más valioso que se me ha dado», como explicó en sus primeras palabras en Río de Janeiro, a lo que añadió: «Vengo en su nombre para alimentar la llama de amor que arde en todo corazón». Porque el Amor es Él, y sin Él no podemos amar, ni por tanto vivir.

Ha denunciado repetidamente el Papa estos días, ya desde el mismo avión camino de Río, la cultura del descarte, y lo hace precisamente para anunciar la del encuentro, la del amor. No es un capricho. Encierra esa paradoja cristiana que es la salvación del mundo, Jesucristo, el descartado por los hombres, ya desde antes de nacer de la Virgen María, en Belén, donde no había sitio para ellos en la posada, hasta su muerte en cruz, en el Calvario. A Él, lo descartamos, al tiempo que, con su amor infinito, con su ternura, Él nos salva. Es la paradoja que expresaba el Papa Francisco a los obispos del CELAM, el domingo, poco antes de su regreso a Roma, recordando la Asamblea de Aparecida de 2007, donde «se dan de modo relevante dos categorías pastorales que surgen de la misma originalidad del Evangelio y pueden servirnos de pauta: la cercanía y el encuentro. Ninguna de las dos es nueva, sino que conforman la manera como se reveló Dios en la Historia. Es el Dios cercano a su pueblo, cercanía que llega al máximo, al encarnarse». He ahí esa revolución de la fe que pedía también el Papa a los jóvenes en la fiesta de acogida en la playa de Copacabana. Hablando a los obispos del CELAM, la definió como «la revolución de la ternura que provocó la encarnación del Verbo».

Y el Papa Francisco no ha dejado de hablar de esta ternura, y de mostrarla en todo momento, como recogemos en este número monográfico sobre la JMJ de Río 2013. En el Vía Crucis preguntó a los jóvenes: «Dime: Tú, ¿eres de los que se lavan las manos, se hacen los distraídos y miran para otro lado; o eres como el Cireneo, como María y las otras mujeres, que no tienen miedo de acompañar a Jesús hasta el final, con amor, con ternura?» Y el domingo, a la hora del Ángelus, tras recordar la invitación que Jesús les ha hecho en estos días a seguirle, volvió a preguntar: «¿No es verdad que, en esta voz que ha resonado en vuestros corazones, habéis sentido la ternura del amor de Dios?»

Sí, ternura, pues en ella está todo el poder divino que salva, la paradoja cristiana. Ya en la Misa de inicio de pontificado, el Papa Francisco repitió ternura hasta seis veces. Era la solemnidad de San José, esposo de María, figura y modelo de la Iglesia, y él no por casualidad su Patrono, y el Papa nos mostró el tesoro, al evocar cómo, en el alma de san José, «se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura». ¡Cómo vamos a tenerlo si es el único tesoro de veras, lo más valioso que se nos ha dado, la plenitud infinita que desea todo corazón humano y llena la vida de luz, alegría y esperanza, Jesucristo!