El Papa rescata de la clandestinidad el milagro de millones de matrimonios fieles

En una sociedad que ve la fidelidad en el amor como una coacción a la libertad, el Papa Francisco ha pedido en la catequesis de este miércoles «restituir el honor social» de este aspecto clave…

María Martínez López

En una sociedad que ve la fidelidad en el amor como una coacción a la libertad, el Papa Francisco ha pedido en la catequesis de este miércoles «restituir el honor social» de este aspecto clave del matrimonio, y «sustraer de la clandestinidad el milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar» siendo fieles

El Papa Francisco ha pedido «restituir el honor social a la fidelidad del amor». Si el miércoles pasado explicó que tener hijos implica una promesa, en la audiencia general de este miércoles ha subrayado que la misma familia «vive de la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen», y que implica la acogida a los hijos, el cuidado de los padres ancianos y de los miembros más débiles y la ayuda mutua para crecer. También se extiende en cierto sentido al resto de la sociedad y al bien común. «Una familia que se encierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la ha hecho nacer y la hace vivir», ha añadido.

Hoy en día –ha continuado el Pontífice–, la fidelidad está hoy muy debilitada. En primer lugar, se cree que la libertad tiene como principio innegociable «un derecho mal entendido a buscar la propia satisfacción, a toda costa y en cualquier relación». Por otro lado, «los vínculos de la vida de relación» se «confían exclusivamente a la obligación de la ley».

Sin embargo, la fuerza y la belleza del amor y de la amistad está en que «generan un vínculo sin quitar la libertad», ha apuntado el Santo Padre. «Sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio. Libertad y fidelidad no se oponen la una a la otra, más bien se sostienen mutuamente».

Es cierto –ha reconocido– que «si miramos a la audaz belleza» de la fidelidad, «estamos asustados, pero si despreciamos su valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor alcanza la altura de nuestro deseo y de nuestra esperanza, si no llega a habitar este milagro del alma».

Si la familia no enseña el amor, nadie lo hará

El Papa hecho hincapié en que la fidelidad es un “milagro” «porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no terminan de encantar y de sorprendernos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar ni vender. No se pueden obligar con la fuerza, y ni siquiera cuidar sin sacrificio». Por eso, «es necesario sustraer de la clandestinidad el milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar, del cual cada sociedad vive».

Si la familia no enseña esta verdad del amor, no puede hacerlo «ninguna otra escuela». «Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro», si «el vínculo personal entre amor y generación no lo escribe la verdad del amor en nuestra carne».

Al terminar la audiencia, Francisco ha recordado a san Juan Pablo II, de cuyo comienzo de pontificado se cumplen el jueves 37 años. Lo ha descrito como «el Papa de la familia», y ha pedido a todos que «sean buenos seguidores suyos en su solicitud por sus familias y todas las familias, en especial por las que viven en el sufrimiento espiritual y material. La fidelidad al amor profesado, a las promesas hechas y a los compromisos que derivan de la responsabilidad, sean vuestra fortaleza. Por la intercesión de San Juan Pablo II oremos para que el Sínodo de los Obispos, que está por concluir, renueve en toda la Iglesia el sentido del innegable valor del matrimonio indisoluble y de la familia sana, basada en el amor recíproco del hombre y de la mujer, y sobre la gracia divina. Bendigo de corazón a todos los que están presentes aquí y a vuestros seres queridos ¡Alabado sea Jesucristo!».

María Martínez López


Texto completo de la catequesis del Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la meditación pasada hemos reflexionado sobre las importantes promesas que los padres hacen a los niños, desde que ellos son pensados en el amor y concebidos en el vientre.

Podemos agregar que, mirando bien, la realidad familiar entera está fundada sobre la promesa –pensemos bien esto–, la realidad familiar está fundada sobre la promesa: se puede decir que la familia vive de la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer hacen el uno a la otra. Esta implica el compromiso de recibir y educar a los hijos; pero actúa también en el cuidado de los padres ancianos, en el proteger y cuidar los miembros más débiles de la familia, en el ayudarse el uno al otro para realizar las propias cualidades y aceptar los propios límites. Y la promesa conyugal se amplía al compartir las alegrías y los sufrimientos de todos los padres, las madres, los niños, con generosa apertura en la humana convivencia y el bien común. Una familia que se encierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la ha hecho nacer y la hace vivir. No lo olviden nunca. ¡La identidad de la familia siempre es una promesa que se alarga y se alarga a toda la familia y a toda la humanidad!

En nuestros días, el honor a la fidelidad de la promesa de la vida familiar aparece muy debilitada. Por una parte, por un derecho mal entendido de buscar la propia satisfacción, a toda costa y en cualquiera relación, es exaltado como un principio no negociable de la libertad. Por otra parte, porque se confían exclusivamente a la obligación de la ley los vínculos de la vida de relación y del compromiso por el bien común. Pero, en realidad, ninguno quiere ser amado solo por sus propios bienes o por obligación. El amor, como también la amistad, deben su fuerza y su belleza a este hecho: que generan un vínculo sin quitar la libertad. El amor es libre, la promesa de la familia es libre, y esta es la belleza. Sin libertad no puede haber amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio.

Por lo tanto, libertad y fidelidad no se oponen la una a la otra, más bien se sostienen mutuamente, sea en las relaciones interpersonales, sea en las sociales. De hecho, pensamos a los daños que producen, en la civilización de la comunicación global, la inflación de promesas incumplidas, en varios campos, ¡y la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos adquiridos!

Sí, queridos hermanos y hermanas, la fidelidad es una promesa de compromiso autocumplida, creciendo en la libre obediencia a la palabra dada. La fidelidad es una confianza que “quiere” ser realmente compartida, y una esperanza que “quiere” ser cultivada juntos. Y hablando de fidelidad me viene a la mente aquello que nuestros ancianos, nuestros abuelos cuentan: «Ay aquellos tiempos, cuando se hacía un acuerdo, un apretón de mano, era suficiente». Porque había fidelidad a las promesas. Y esto que es un hecho social también tiene el origen en la familia, en el apretón de manos del hombre y de la mujer para ir hacia adelante juntos toda la vida.

La fidelidad a las promesas es una verdadera obra de arte de humanidad. Si miramos a su audaz belleza, estamos asustados, pero si despreciamos su valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor –ninguna amistad, ninguna forma de querer bien, ninguna felicidad del bien común– alcanza la altura de nuestro deseo y de nuestra esperanza, si no llega a habitar este milagro del alma. Y digo “milagro”, porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no terminan de encantar y de sorprendernos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar ni vender. No se pueden obligar con la fuerza, y ni siquiera cuidar sin sacrificio.

Ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si la familia no lo hace. Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si el vínculo personal entre amor y generación no la escribe la verdad del amor en nuestra carne.

Hermanos y hermanas, es necesario restituir honor social a la fidelidad del amor, ¡restituir honor social a la fidelidad del amor! Es necesario sustraer de la clandestinidad el milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar, del cual cada sociedad vive, sin estar en grado de garantizarlo en ningún otro modo. No por casualidad, este principio de la fidelidad a la promesa del amor y de la generación está escrito en la creación de Dios como una bendición perene, a la cual está confiado el mundo.

Si san Pablo puede afirmar que en el vínculo familiar está misteriosamente revelada una verdad decisiva también para el vínculo del Señor y de la Iglesia, quiere decir que la Iglesia misma encuentra aquí una bendición para cuidar y de la cual siempre aprender, antes de enseñarla y disciplinarla. Nuestra fidelidad a la promesa está aún siempre confiada a la gracia y a la misericordia de Dios. El amor por la familia humana, en las buenas y en las malas, ¡es un punto de honor para la Iglesia! Dios nos conceda estar a la altura de esta promesa. Y rezamos por los padres del Sínodo: el Señor bendiga su trabajo, realizado con fidelidad creativa, en la confianza que Él en primer lugar, el Señor, –Él en primer lugar–, es fiel a sus promesas. Gracias.