Comprar un quiosco «es la forma más rápida de dar empleo» a Abdul - Alfa y Omega

Comprar un quiosco «es la forma más rápida de dar empleo» a Abdul

Javier y Jesús coordinan el grupo Somos Talita. Tras una idea temeraria y echar cuentas, adquirieron un puesto para un usuario de la ONG Mundo Justo. Pese a la crisis de la prensa, «con todo lo que puedas vender sí sale un salario»

Rodrigo Moreno Quicios
Abdul se ha ganado al barrio con su carácter encantador.
Abdul se ha ganado al barrio con su carácter encantador. Foto: Quiosco social Somos Talita.

«Un día me llamó Javi y me dijo: “Oye, he visto un quiosco para dar un empleo estable a alguien de las casas con las que colaboramos”. Yo le respondí: “No lo veo, no salen los números. Todo el mundo está cerrando quioscos en Madrid y vamos a ser nosotros los dos listos que compren uno”». Y, sin embargo, a pesar de ese primer escepticismo que nos confiesa Jesús García, los números salieron y hoy Abdul vende prensa todas las mañanas en el castizo paseo de las Acacias, 37.

«Abrimos el 12 de enero de este año y ya llevamos funcionando seis meses», nos cuenta Javier Cascón, el amigo de Jesús que coordina con él —y sus esposas— la iniciativa de formación y voluntariado Somos Talita y que tuvo la idea de abrir este quiosco social. «No esperábamos que tuviese tanta actividad, que tuviera una clientela fija y que la gente del barrio se llevara tan bien con Abdul», confiesa este madrileño. El quiosquero, de origen marroquí, vive en una casa que gestiona la ONG Mundo Justo para que personas sin hogar puedan abrirse paso y con la que estos dos amigos —que tienen otro proyecto similar llamado Amen Sin Tilde— trabajan en red.

A la hora de echar cuentas, Jesús García explica que «con todo lo que puedas vender sí sale salario». Al fin y al cabo «es un trabajo que puede realizar una persona sin ninguna formación, la forma más barata y más rápida de dar empleo; y puede funcionar sin nosotros». Según desgrana, el distrito de Arganzuela donde se ubican «está muy bien porque vive gente mayor», que son los compradores de periódicos y revistas. Pero con eso no basta y otra actividad que debe abordar Abdul es la venta de bebidas, entre ellas «un café de especialidad que se llama Filantrópico, es de comercio justo, viene de Etiopía y da trabajo a personas con discapacidad y en riesgo de exclusión».

Jesús y Javier en el quiosco social.
Jesús y Javier en el quiosco social. Foto: Quiosco social Somos Talita.

Entre una cosa y otra, el quiosquero ingresa unos 1.500 euros y, según Cascón, «estamos muy contentos porque el Mundial y la venta de cromos han contribuido». Con menos de un año en marcha, es una incógnita cómo se dará el verano, cuando la capital se vacía. Pero este madrileño se mantiene optimista —es algo que siempre hace— con que «en octubre y noviembre viene la lotería» y servirá como balón de oxígeno al negocio.

Por consideración con Abdul, Jesús y Javier intentan mantenerlo alejado de los focos. Pero sí nos cuentan que «cuando empezamos a hacer entrevistas entre las casas con las que colaboramos, hicimos siete y él es quien más nos gustó porque es cercano, joven, dinámico y, si encuentra cualquier fallo técnico, se busca las mañas». Los vecinos lo notan y «están muy contentos con cómo está todo, con que es puntual y muy educado».

Bendecido en su inauguración

Jesús García nos explica que, tras adquirir el quiosco, él y su entorno se arremangaron para ponerlo al día y atraer a los vecinos, pues «era el típico con una rendija en medio y no quería poner a trabajar a alguien ahí». «Entonces pringué a Javi, a nuestras familias y a algún amigo para hacer una reforma nosotros mismos. Si no, valía un montón», confiesa este madrileño de origen burgalés. «Lo pintamos entero de beige y azul oscuro para que no fuera el quiosco cutre de siempre ni un bazar, sino ofrecer algo de calidad». Luego «cambiamos los techos porque se caían y quitamos todo ese armazón a la altura de la cara». Al terminar la obra, «hicimos una inauguración con nuestros amigos, vino un sacerdote y lo bendijo».

El café de especialidad es el secreto.

El café de especialidad es el secreto. Foto: Quiosco social Somos Talita.

Tras el insospechado éxito de la idea de Cascón, ahora estos dos amigos barajan «comprar otros quioscos». Aunque «esto es complejo porque la regulación de Madrid solo permite tener un negocio por persona». A medio plazo, sí barajan ayudar a alguien más, pero escalar el modelo es difícil. Curiosamente, Jesús García nos explica que los puestos que hoy día conocemos tuvieron su origen en una inquietud similar, pues «se hicieron hace años para que quienes vendían pipas dejaran de ser ambulantes».

Entre los posibles obstáculos, «está en el aire si en 2029 cambiará la regulación de los quioscos o se prorrogará», lo que podría implicar más reformas. No obstante, García reivindica que «este es un negocio fácil de llevar: solo necesita a alguien amable que quiera trabajar». Y anima a más jóvenes profesionales a dar un paso así por alguien a su alcance.

«Pisos trampolín» para los demás
Cascón y su mujer con usuarios.

Aparte del quiosco social de Somos Talita, Javier Cascón es también la persona detrás de Amen Sin Tilde, un proyecto con el que ha comprado desde 2022 cinco «pisos trampolín» —tres de ellos en Madrid— por los que han pasado 34 personas. «Intentamos ser un recurso temporal, sin que les pongamos límite». Ahora bien, siempre con un itinerario de inserción.

Son viviendas muy sencillas que Cascón ha adquirido con hasta 14 trabajos a la vez —él y su mujer han acordado vivir de lo que gane ella y dedicar a los demás lo que facture él—, el libro Amen sin tilde, del que ha vendido más de 4.000 ejemplares, un fotomatón con el que recorre bodas, un foodtruck, un pequeño equipo de reformas, donaciones de particulares y algunas subvenciones públicas.

Así han podido reunir 97.000 euros con los que pagar las entradas de los inmuebles, pero también hacen frente a sus hipotecas «gracias a algunos particulares» y un plan «muy progresivo» por el que quienes viven en estos recursos —también al salir— aportan lo que pueden. «Uno empezó a trabajar en Glovo y daba diez euros y otro, que cobra más de 1.500, paga 200».