Madrid. 16:00 horas de un martes. Acompaño a un amigo músico a su clase de canto histórico. Voy de incógnito. Al comenzar la clase les dice a sus alumnos que dejarán para más adelante el tema sobre el canto gregoriano. Se escucha una voz: «Menos mal, porque el gregoriano es soporífero». Sonrío. Al finalizar la clase desvelo mi identidad. Ahora sonríen ellos. Y comenzamos a hablar sobre los monjes, la oración y el canto.

En el diálogo me doy cuenta de que, para ellos, el canto gregoriano es música para estudiar, no para vivir. Se les olvida lo principal: el canto gregoriano nace por y para la oración. Una oración que, curiosamente, comienza en silencio para ponernos en actitud de escucha. Una oración hecha con palabras, eco de la Palabra, envueltas en un manto de poesía y música. Poesía, sí, pues los himnos, salmos y cánticos con los que oramos pertenecen a este género; poesía, ya que expresamos sentimientos que probablemente no tienen cabida en la prosa.

Los alumnos preguntan sobre técnica. Yo les hablo de espiritualidad. No hace falta cantar bien para rezar: hace falta amor. A veces se nos olvida que no canta la voz sino que resuena el alma del cantor en ella. Pero hay más: de la calidad de la oración deriva la calidad del canto.

Continúan las preguntas sobre el coro de Silos. Les corrijo: no es coro, sino comunidad. Ellos, peritos en música, se sorprenden cuando les digo que el canto gregoriano en Silos es una acción de todos: solistas, cantores y comunidad. Porque el canto gregoriano se encarna y es expresión de la oración de toda la comunidad. Allí, en oración, la comunidad manifiesta y consolida su identidad; allí, en oración, la comunidad dice y se dice a sí misma la opción que ha hecho por el solo-Dios; allí, en oración, sostenida por el canto de los salmos, la comunidad evangeliza y se deja evangelizar; allí, en oración, atenta a la Palabra de Dios, la comunidad se construye sobre la sólida piedra que es Cristo.

Se hace un gran silencio. Les miro. Les doy las gracias y me despido con un deseo: que no dejen morir el canto gregoriano.

Fray Ángel Abarca Alonso, OSB
Monje benedictino. Monasterio de Santo Domingo de Silos