No hace mucho tiempo, seguramente muchos de los lectores de Alfa y Omega se acordarán, el curso académico universitario empezaba en octubre. Septiembre era el mes de las convocatorias extraordinarias, después de un verano de estudio (no hay verano sin Romano, decían los de Derecho). Ahora el curso empieza en septiembre y septiembre, es decir, la repesca se ha pasado a julio. La universidad es una institución que vertebra nuestra memoria y nuestra sociedad. Y también por eso es objeto de todo un género: las novelas campus.
Dos de ellas especialmente destacables que salieron en el anterior curso: Manía de Lionel Shriver (Anagrama) y Se acabó el recreo de Dario Ferrari (Libros del Asteroide).
En plena discusión sobre los llamativos resultados del último informe PISA, leer una novela sobre el auge de una ideología llamada paridad mental que proclama la igualdad cognitiva absoluta, hace dudar de si estamos ante una distopía de ficción. En Manía Shriver presenta la historia de una profesora universitaria de literatura, Pearson Converse, de corazón indómito, que no puede callar ante el disparate que está viviendo. Su hijo ha venido con una amonestación del colegio por haber utilizado la palabra estúpido. La autora sitúa la historia entre 2011 y 2016, lo que la hace aún más elocuente para nosotros. «A veces me pregunto si la verdadera prueba de decoro personal no será la manera en que actuamos cuando nadie mira», podría ser la divisa de la profesora Converse.
No menos corrosiva y sincera ante las derivas de la universidad se muestra Se acabó el recreo. La universidad, ese «mundo psicótico afectado por una grave carencia de percepción de la realidad, poblado por individuos de una fama extraordinariamente acotada que operan en un sector marginal y absolutamente indigente como es la cultura, y que, pese a todo, se sienten estrellas de rock y tienen egos y comportamientos acordes con tal convicción». Aquí nos encontramos ante otro tipo universitario: Marcello es un doctorando, sí, pero sin objetivo concreto para su vida. Ha dado algunos tumbos; desde luego, no querría terminar en el bar familiar, pero tampoco termina por apostar por la carrera académica. Casi por azar (siempre un imprevisto es la única esperanza) y porque es llamado por otro, por un profesor, por una autoridad, termina consiguiendo una beca para su doctorado en Literatura y encauzando su vocación, su llamada. Si es una llamada es que alguien la ha lanzado.
Dos dimensiones de la universidad curiosamente protagonizadas por dos profesores de Literatura. La valentía de afirmar que «el emperador va desnudo» y la confianza en la autoridad, de aquel que nos hace crecer.