Cariño - Alfa y Omega

Cariño

Rubén de la Prida

Esta columna iba a titularse Perfeccionismo. Pero resulta que justo la misma persona que propuso título y tema es la que ha tenido a bien traerme unos bocadillos para hacer más llevadera esta noche que, por razones que no vienen al caso, debo pasar trabajando en vela en una explotación ferroviaria.

No sé qué habré hecho yo para ganarme estos manjares, pero seguro que no demasiado. Y aunque así hubiera sido: ellos dicen mucho más de la bondad de alguien que me quiere que de mis propios méritos, que nada han perdido en este asunto. El bocado que viene, al igual que el anterior, y que el siguiente, no son fruto de un pacto o de un negocio; están aquí porque sí, no piden nada a cambio; marcan la distancia entre el amor y el contrato; saben a antídoto contra una cierta deformación de la fe y de la vida caracterizada por una lógica distinta, como de contable.

Ninguno somos del todo inmunes a esa caricatura del cristianismo y de la existencia. En efecto, puede ser muy fina —indiscernible incluso si uno no se anda con ojo— la línea divisoria entre un catolicismo vivido de manera coherente y la obsesión por el cumplimiento milimétrico de los mandamientos, los ejercicios piadosos, las tareas pastorales… Obsesión a la que subyace la pretensión última e inconfesable, por absurda, de coaccionar a Dios; de ganarse su favor por fuerza de voluntad y evitar así, de paso, su castigo con males temporales e, incluso, con las penas del infierno.

No seré yo quien niegue la capacidad bien real que usted y yo tenemos para condenarnos. Vale la pena leer a este respecto tanto Spe salvi, de Benedicto XVI, como El problema del dolor, de C. S. Lewis, y, por supuesto, el capítulo 25 de san Mateo. Curiosamente, el momento del Evangelio en el que Cristo aborda de un modo más solemne esta terrible posibilidad suele ser poco mencionado por los pretendidos guardianes de la moral, siempre hábiles para cargar la conciencia del prójimo. Tiene su lógica. Precisamente porque el pasaje recuerda que la ética del cristiano nada tiene que ver con la mentalidad de un usurero que, replegado sobre sí mismo, repasase una vez y otra su mal y su pecado, sino que consiste más bien en su justo opuesto, es decir, en salir de sí mismo a través de un ejercicio libre del afecto, en ser para otros como un modo de agradecer los dones que el mismo Señor nos regaló primero.

El gran Raniero Cantalamessa, quien fuera durante décadas el predicador oficial de los Papas, recordaba en este sentido que el cristianismo es la única religión en la que uno no mira primero lo que puede hacer por Dios, sino lo que Dios ha hecho por él. Lo cual no puede sino traerme de nuevo a mi situación actual. Mientras desembarazo el segundo bocata del albal en el que alguien lo envolvió con tanto mimo, pienso en qué momento esa persona que se ha adelantado a quererme a través de unos panes rellenos de fuet —o, con más razón, el Dios que la hace a ella buena y generosa— esperaría como respuesta un perfeccionismo ombliguista en lugar de cariño agradecido. Así que voy a cambiarle el título a este texto. Ahora sí, tiene sentido.