Westworld. Esa horrible fuerza - Alfa y Omega

Westworld. Esa horrible fuerza

Javier García Arevalillo
Tessa Thompson interpreta a Charlotte Hale en la cuarta temporada.
Tessa Thompson interpreta a Charlotte Hale en la cuarta temporada. Foto: HBOMAX.

Esta desazón ya la he vivido. La sensación de que el suelo se abre a mis pies, de que existen fuerzas que podrían y desean devorarme. La primera vez fue leyendo Esa horrible fuerza, el tercer libro de la trilogía espacial de C. S. Lewis. Un libro que hoy adquiere un nuevo significado, otra clave interpretativa que no llegó a imaginar su autor. En el libro, el gran enemigo de la humanidad era un grupo científico que trataba de alumbrar una forma de vida superior, completamente espiritual, y dejar atrás la carne, imperfecta, limitada, mortal (no se preocupe el lector, el libro merece la pena ser leído incluso sabiendo esto). Recuerdo el impacto que me generó, similar al que años después sentí viendo la segunda temporada de Westworld, esa distopía en la que la inteligencia artificial se ponía al servicio del entretenimiento humano… hasta que, súbitamente, los robots del parque temático tomaban conciencia de sí mismos y atacaban a los humanos; un giro de guion algo predecible, podríamos decir. No era tan predecible el núcleo de la segunda temporada. La búsqueda, por parte de hombres y máquinas, del verdadero tesoro escondido de ese parque temático: la programación base de cada visitante del parque, la clave para predecir cada comportamiento de cada ser humano. Un giro de 180 grados al planteamiento original, y desde luego un reto filosófico de mucho más calado. Porque si los seres humanos respondemos a una programación descifrable, efectivamente, no somos tan distintos de una inteligencia artificial sofisticada. No desvelaré más de la serie, que merece la pena aunque decaiga en sus últimas temporadas.

Sí diré que al leer determinadas respuestas al tuit del Papa sobre la esencia humana del arte, me conmociona ver a mi lado personas aplaudiendo la mera posibilidad de que el ser humano sea sublimado por una inteligencia sin cuerpo. Que eso era, en última instancia, Esa horrible fuerza. La tentación original, y hoy muy presente, de creernos dioses y, a la vez, despreciar aquello que nos hace humanos, que nos hace criaturas.