El comisario pontificio preside la Jornada Mariana de la Familia en Torreciudad con la ausencia del obispo

El comisario pontificio preside la Jornada Mariana de la Familia en Torreciudad con la ausencia del obispo

«En el corazón de esta Iglesia de Barbastro-Monzón, Torreciudad se alza como un verdadero faro de esperanza para las familias», ha destacado Alejandro Arellano

José Calderero de Aldecoa
Arellano durante la celebración. Foto: Torreciudad.

«La familia es un regalo que nace del corazón de Dios». El comisario pontificio para Torreciudad, Alejandro Arellano, ha presidido este sábado 12 de septiembre la Jornada Mariana de la Familia, que ha reunido a miles de familias llegadas de toda la geografía española.

Arellano ha comenzado su homilía en tono conciliador. «Aunque hoy no pueda acompañarnos personalmente, quiero hacer llegar un recuerdo afectuoso al obispo de esta diócesis, don Ángel Pérez Puello», ha señalado. «Saludo también con especial afecto al vicario regional de la prelatura en España, don Ignacio Barrera, cuya presencia nos honra y estrecha los vínculos de nuestra comunión eclesial».

Cabe destacar que en la víspera de la jornada, la diócesis de Barbastro-Monzón sacó un comunicado en el que advertía que el Opus Dei no ha entregado el documento que demuestra que la diócesis cedió la talla original de la Virgen a la prelatura.

Asistentes a la jornada. Foto: Manolo Garrido.

Comunión frente a la individualidad

Ante las familias reunidas, Arellano ha recordado que la fe no es una aventura individual, «una experiencia aislada», sino que «cada uno recibe una historia, unos vínculos, una familia y una llamada que forman parte de una historia más grande, la que Dios conduce con infinita sabiduría y misericordia».

En este contexto, según el comisario pontificio, tiene lugar la Jornada Mariana de la Familia, a donde «hemos venido a confiar nuestras familias a María». La madre de Jesús «acompañó el camino de los santos, permaneció junto a los mártires en la prueba y dejó una huella profunda en la vida de san Josemaría, encendiendo en su alma una certeza que nunca lo abandonó: para encontrar a Jesús siempre se pasa por el corazón de María». Y ha añadido: «En el corazón de esta Iglesia de Barbastro-Monzón, Torreciudad se alza como un verdadero faro de esperanza para las familias»

Alejandro Arellano, además, ha recordado que Dios quiso entrar en la historia humana a través de una familia y hacer de aquel hogar «una morada de su presencia». Allí, la ternura de María, la fidelidad silenciosa de José y la sencillez de la vida cotidiana de Jesús muestran, según el comisario pontificio, que lo ordinario puede convertirse en camino de santidad.

Incertidumbre, pobreza y huida

Pero Nazaret conoció también la incertidumbre, la pobreza y la huida. De hecho, es precisamente en la prueba donde se manifiesta la solidez del amor.

Para explicarlo, Arellano ha recurrido a una imagen musical, la de Paganini, que, durante un concierto, continuó tocando cuando las cuerdas de su violín se fueron rompiendo hasta quedar con una sola. Así ocurre también en muchas familias que atraviesan la enfermedad, las dificultades económicas, la pérdida de la paz o el cansancio. «Continúan haciendo música», ha afirmado, porque el amor arraigado en Dios puede convertir incluso la fragilidad y las heridas en una melodía de esperanza.

De ahí que una familia cristiana no sea, para Arellano, una familia perfecta. Es una familia que sabe regresar, pedir perdón y recomenzar. El hogar puede convertirse así en una pequeña Iglesia, donde se aprende «el arte de amar, de perdonar y de volver a comenzar». Cada gesto de entrega y paciencia puede ser una oportunidad de crecimiento y hacer de la vida familiar un «humilde taller de santidad».

El mundo y la soledad

El reto adquiere especial importancia en un mundo marcado, ha advertido, por la soledad, la fragilidad de los vínculos y la dificultad para construir un amor para siempre.

Al pie de la Virgen de Torreciudad, Arellano ha pedido finalmente hacer de cada hogar «un pequeño Nazaret donde Dios sea amado y el prójimo servido». Porque, aunque el paso de los años borre los nombres de los hombres, una vida vivida con Cristo queda entretejida para siempre en «la maravillosa historia de la fidelidad de Dios».