Sin miedo de ser presencia más cercana, coordinada y misionera

Las líneas pastorales son un instrumento importante en la vida de la Iglesia. Para el curso 2026-2027, la archidiócesis de Madrid propone esta herramienta como una «llamada a abrir nuevos espacios para el Evangelio y a hacerse presente allí donde las personas viven, trabajan, sufren y esperan».

Organización al servicio de la misión

Algo que se quiere llevar a cabo dentro de una nueva organización territorial, que cobra sentido cuando se coloca al servicio de la misión y del Evangelio. Una pregunta que ha motivado este paso que se está dando ahora y que quiere ser una presencia que acompaña una ciudad continuamente en cambio. No olvidemos que en Madrid «crecen nuevos barrios, aparecen nuevas formas de pobreza, cambian los modos de vivir y de relacionarse».

Los miedos al cambio siempre están ahí, pero eso no puede ser disculpa para no buscar que las estructuras respondan mejor a las necesidades de la misión. Las nuevas vicarías y arciprestazgos, más allá de lo concreto, quieren ser «una oportunidad para fortalecer la colaboración entre comunidades, simplificar las estructuras cuando sea necesario y hacer posible una presencia evangelizadora más cercana, más coordinada y más misionera», como señala el texto de las Líneas Pastorales.

Colaboración, simplificar, presencia, cercanía, coordinación y misión se presentan como elementos claves para la Iglesia de Madrid. No entender la necesidad de llevar a cabo la tarea junto con los otros, dejarse dominar por procesos farragosos, no estar al lado de la gente para ser una mano amiga, hace que la misión flaquee y que el Evangelio se esfume de la vida de la gente.

Presencia en las nuevas periferias

Una presencia que es urgente en todo lugar y circunstancia, pero que tiene que ser todavía mayor en las nuevas periferias. Las palabras de León XIV: «La caridad no admite demoras», deben ser asumidas con premura y constancia por parte de todos los bautizados. La mirada del discípulo tiene que dirigirse a quienes viven en las periferias de nuestra sociedad, a los más vulnerables, donde el rostro de Cristo se hace presente de modo preferencial: migrantes, personas mayores en soledad no deseada, aquellos que necesitan ser escuchados.

Un trabajo evangelizador que se lleva a cabo en diálogo con la sociedad y sus diversas expresiones. Espacios de encuentro en los que sea posible cuidar vínculos y tejer redes. Y hacerlo como Iglesia que escucha, respeta, sirve al bien común y construye la paz. Una Iglesia que desea contribuir a «una cultura del encuentro capaz de superar la polarización y de promover una convivencia centrada en la dignidad de toda persona».

Superar el miedo

Y ahí volvemos a un elemento que nunca nos abandona, tampoco en la Iglesia: el miedo. Una actitud que hay que superar, lo que es posible cuando se escucha antes de responder, cuando se construyen puentes en vez de muros, cuando se usa un lenguaje cercano, sereno y esperanzador, también para anunciar el Evangelio.

Para ello, por encima de las iniciativas concretas, el reto siempre es alzar la mirada para renovar la fe; para ver a quienes más necesitan cercanía, esperanza y consuelo; para crecer en comunión, corresponsabilidad y misión compartida; para anunciar con alegría el Evangelio y hacer presente el Reino de Dios en medio de nuestra sociedad. Siempre juntos y con alegría. Un reto que vale la pena enfrentar y que dará frutos abundantes.