Esto dijo la sociedad civil al Papa en Tejer redes
En el Movistar Arena, representantes de la cultura y el arte, la educación, el trabajo y el deporte presentaron a León XIV las inquietudes que viven en estos ámbitos y propusieron importantes puntos de encuentro
El arte y la religión están obligados a mirar más lejos y más alto

Su presencia en Madrid, Santo Padre, no es solo una visita. Es un gesto de escucha, de cercanía, de diálogo. Y ese diálogo, a veces, conviene reforzarlo usando un lenguaje común. En muchas ocasiones, ha sido el arte. La relación entre la Iglesia católica y el arte no ha sido solo fructífera: ha sido determinante. Durante siglos, la Iglesia no solo ha acompañado a los artistas… los ha convocado, les ha planteado retos y preguntas esenciales, les ha ofrecido espacios, les ha dado propósitos. Y casi podríamos decir que la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia.
En el corazón de ese impulso creativo hay alguien que atraviesa los siglos, los estilos y las culturas, y que con total seguridad ha sido la figura más representada en la historia del arte: se trata de Jesucristo. El gran protagonista de la película de la vida. La figura de Cristo ha sido una presencia constante. No como una imagen repetida, sino como un icono de amor, paz y sacrificio rodeado de un misterio inagotable.
Pero también, y de forma natural, ese diálogo puede tomar la calle. Las celebraciones de la Semana Santa en España, en mi querida Málaga, son unas manifestaciones populares que unen lo artístico y lo religioso en un ritual majestuoso de arte y fe, de raíces y devoción. Un poliedro multicolor de elegante belleza donde el creyente encuentra a Dios en la escultura, en los bordados, en la música, en la poesía, en la emoción colectiva, o en el silencio ensordecedor de un eco que queda flotando en el aire que cada año convierte la ciudad en un espacio donde lo artístico y lo espiritual se funden.
Pero el arte no es solo belleza. Es pregunta. Es reflexión. Es contraste. Es tensión entre lo que sabemos y lo que intuimos. El arte ha sido —y debe seguir siendo— el espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo, es también la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor, es la voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia. Es siempre una alternativa contra la violencia y el sufrimiento. El arte, como hizo el propio Cristo, debe actuar con valentía y no abandonar el ser instancia crítica a la sociedad, al propio arte, y a la propia religión. El arte y la religión están obligados a mirar más lejos y más alto y al tiempo obligados a la pausa que conduce al pensamiento que se acerca a la complejidad del alma humana. Juntos nos enfrentamos a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quienes somos? ¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Qué significa amar, de verdad, al prójimo como a uno mismo? ¿Qué hay más allá? Y en ese ejercicio de búsqueda, el ser humano se acerca, quizás sin saberlo, a lo trascendente.
En un mundo que corre, que se fragmenta, que a veces se simplifica en exceso, el arte nos devuelve la complejidad, la profundidad, el silencio necesario. Nos recuerda que siempre hay algo más. Por eso, este encuentro entre la iglesia y la sociedad civil no es solo oportuno: es necesario. Porque necesitamos seguir creando y compartiendo. Seguir preguntando. Seguir buscando belleza, sí… Pero también verdad. Porque allí donde el ser humano se atreve a preguntarse en profundidad, comienza un camino. Un camino que nos puede conducir hacia lo sagrado, hacia la fraternidad que late en el corazón de todo ser humano y en el misterioso corazón de Dios.
Un espacio de la sociedad en el que reconocerse y sentirse integrados

Quienes formamos esta comunidad académica, creyentes y no creyentes, de la mano del Arzobispado de Madrid, hemos mantenido una fructífera serie de encuentros acerca de la función social de la academia como espacio de la sociedad en el que todos deben reconocerse y sentirse integrados.
La educación, especialmente en sus primeros ciclos, constituye un mecanismo insustituible de justicia social, donde la igualdad de oportunidades sirve para que cada joven pueda desarrollar armónicamente sus capacidades. Un derecho humano del que no cabe excluir la educación de adultos, cada día más importante para que no se generen brechas generacionales en ámbitos de creciente relevancia para la inclusión, como la alfabetización digital. Son los ciudadanos quienes mantienen la comunidad académica y, al tiempo, quienes reciben sus frutos. Por ello necesitamos el compromiso social con las actividades educativas e investigadoras. Solo así podremos desarrollar nuestra misión y devolver a la sociedad su esfuerzo, formando ciudadanos libres, adecuadamente preparados en todas las áreas, portadores de valores éticos y con ánimo de servicio.
España, y en particular la Comunidad de Madrid, es uno de los grandes distritos universitarios de Europa. Un entorno educativo vivo y vibrante a la vanguardia de la ciencia, de la tecnología y del prestigio internacional, en que conviven algunas de las universidades públicas más antiguas y prestigiosas de Europa, con universidades pontificias y eclesiásticas de gran tradición, junto a muy diversas universidades de iniciativa social y gran prestigio.
Tenemos la convicción de que necesitamos, hoy más que nunca, universidades respetuosas con la diversidad, pero también con la verdad, centros a la vanguardia del conocimiento pero con pleno respeto a la ética de la investigación, espacios académicamente excelentes, pero socialmente inclusivos, entornos en los que se desarrolle la cultura del esfuerzo y la competitividad, pero presididos por el pleno respeto a la dignidad de cada persona.
Desde la academia hemos acogido con gran júbilo, la reciente designación por primera vez en la historia de un profesor universitario como doctor de la Iglesia, en la persona de John Henry Newman. Un hombre pacífico y valiente, de espíritu joven, que buscó incansablemente la verdad, que mantuvo durante su vida un diálogo con el mundo de su tiempo y que generó un enorme impacto social, como aspiramos a hacer mediante la enseñanza, la ciencia y la innovación todos los educadores e investigadores.
Queremos plantearle algunas cuestiones sobre los retos a los que nos enfrentamos. La primera cuestión es cómo puede la educación contribuir a la construcción de una sociedad pacífica y próspera, y a mejorar una convivencia frecuentemente amenazada por un infértil clima de confrontación. La segunda es cómo liderar desde la educación y la investigación los cambios científicos propios de la revolución tecnológica en la que nos encontramos inmersos, de la que nos ha hablado en Magnifica humanitas.
Hacia un nuevo contrato social centrado en la dignidad humana

Las empresas son comunidades humanas donde las personas desarrollan su talento y construyen sus proyectos de vida. La transformación tecnológica, la IA y la competencia global que están redefiniendo la forma de producir, de trabajar y de relacionarnos. Necesitamos reforzar una visión transformadora y profundamente humanista de la empresa. Una empresa que entiende que el trabajo sigue siendo una de las principales expresiones de dignidad, desarrollo integral y contribución al bien común.
El diálogo social y la negociación colectiva son espacios de acuerdo, estabilidad y construcción conjunta, que nos permiten garantizar que las empresas son lugares de prosperidad, bienestar social y proyección personal. El futuro solo podrá construirse sumando capacidades, compartiendo objetivos y poniendo siempre a las personas en el centro.
Estas transformaciones no pueden hacer del trabajo un input productivo más, ya que apela a la dignidad. Las transiciones justas en el empleo requieren que la formación llegue al conjunto de las personas trabajadoras. No nos resignamos a vivir en un mundo que consista en la pugna del último contra el penúltimo. Aspiramos a hacer renacer lo más noble de los estados sociales que es la solidaridad entre anónimos, ensanchando el espacio de los afectos.
El diálogo social es un instrumento democrático esencial para construir un marco que vaya más allá de la mera regulación técnica de la IA y se cree el marco de un nuevo contrato social, centrado en la dignidad humana, la justicia social y el trabajo decente. Desde el diálogo social, la IA deja de ser una herramienta de sustitución laboral y se convierte en un proyecto colectivo, de valores compartidos, transparencia en los algoritmos y útil a la transición justa y respeto de la dignidad.
La IA puede ser muy poderosa para aumentar la productividad y mejorar la calidad de vida, pero depende de cómo se diseñe, regule y distribuya su impacto. El nuevo contrato social consiste en que se haga desde la equidad y la justicia y que ayude a combatir la desigualdad, a crear más bienestar y cohesión social.
Cuanta más tecnología tengamos, más humanidad necesitaremos. La empresa del futuro necesitará confianza, sentido y vínculos humanos reales. El bien común es nuestra brújula.
Competir no significa destruir al rival; es un compañero de viaje

Santo Padre, es un honor absoluto para Carolina y para mí, en representación de tantos atletas, encontrarnos hoy con usted en este espacio donde la cultura, el arte, la empresa y el deporte se entrelazan. En su reciente carta La vida en abundancia, usted nos recuerda que el ejercicio del deporte no es solo un espectáculo de masas, sino una actividad común, saludable para el cuerpo y para el espíritu, y una expresión de lo que nos une como seres humanos.
Así es, Santidad. El deporte, cuando se vive con integridad, es una verdadera escuela de vida. Hoy en día nos enfrentamos a un mundo obsesionado con el rendimiento y el éxito a toda costa, donde a veces parece que solo importa ganar dinero o batir récords. Frente a esa presión, los deportistas queremos defender hoy la alegría limpia de jugar por el placer de jugar; esa ilusión que teníamos de niños y que nos recuerda que lo más importante en cualquier pista debe ser siempre la persona.
Para mantener vivo ese espíritu, el primer pilar es la resiliencia ante la adversidad. En la piscina, como en la vida misma, hay días amargos en los que el agua pesa, las lesiones duelen o el cuerpo simplemente no responde como quisiéramos. Usted nos ha recordado que caer no es el final del camino. Aceptar nuestra fragilidad y nuestros momentos difíciles no nos hace débiles, nos hace humanos. La verdadera victoria no es ser invencibles, sino aprender a levantarnos con la ayuda de los demás.
Esa resiliencia se complementa con la autodisciplina, ese esfuerzo silencioso de entrenar cada día cuando nadie nos está mirando. Pero la disciplina necesita del respeto. Las reglas del juego no son una limitación; son las líneas que hacen posible que nos encontremos de forma limpia en la pista. Bajo esas reglas, competir no significa destruir al rival. El adversario no es un enemigo; es un compañero de viaje indispensable que, al dar lo mejor de sí, nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos. Competir es crecer con el otro, nunca contra el otro.
Por eso, el deporte también nos exige la humildad en el éxito. Cuando se llega a lo más alto del podio, es muy fácil caer en el egocentrismo y olvidar que nadie llega solo. La humildad nos enseña a mirar al rival a los ojos con gratitud, reconociendo que su esfuerzo también da valor a nuestras propias victorias.
Santo Padre, gracias por recordarnos con su ejemplo que el deporte es un puente de solidaridad, inclusión y paz. Hoy nos comprometemos a seguir jugando el partido de la vida con lealtad y a llevar estos valores más allá de las canchas.
¡Muchas gracias, Su Santidad, y buen partido en la vida!