Situación crítica en Mali: separatistas y yihadistas unen fuerzas contra la Junta Militar - Alfa y Omega

Situación crítica en Mali: separatistas y yihadistas unen fuerzas contra la Junta Militar

La situación del país no ha hecho más que empeorar desde el golpe de Estado de 2020. La capital casi no recibe combustible y comida mientras el Gobierno insiste en una estrategia de represión a quien osa criticarlo

Alfonso Masoliver
Combatientes separatistas del Frente de Liberación de Azawad llegan a Kidal el 28 de abril, tras tomarla.
Combatientes separatistas del Frente de Liberación de Azawad llegan a Kidal el 28 de abril, tras tomarla. Foto: AFP.

En 2020, había desplegados en Mali alrededor de 4.000 soldados europeos. La misión francesa se encontraba, aún sin saberlo, próxima a su final, mientras que las tropas españolas componían la mayoría de la misión europea conocida como EUTM Mali. Según el informe anual del Índice Global de Terrorismo, el país se encontraba en el puesto número once entre los más afectados por el terrorismo. El Acuerdo de Argel, firmado en 2015, impedía que el secesionismo de la región de Azawad y el Gobierno maliense dialogaran a tiros. Y gobernaba el país —hasta que fue derrocado en agosto tras un golpe de Estado—, Ibrahim Boubacar Keïta, que había sido reelegido democráticamente en 2018.

En 2026, no hay tropas francesas desplegadas en Mali, ni continúa la misión europea. Sus sustitutos fueron los mercenarios rusos del Grupo Wagner, posteriormente devenidos en los mercenarios rusos del Africa Corps. El informe anual del Índice Global de Terrorismo sitúa a Mali en el quinto puesto entre los países más afectados, un aumento de la violencia del que alertó el Papa León XIV el 10 de mayo. La ruptura del Acuerdo de Argel en 2023 ha desencadenado una violenta guerra entre el Frente de Liberación de Azawad (FLA) y el Gobierno. Y rige el país el general Assimi Goïta (el coronel que derrocó a Keïta, ascendido a general por decreto de su propia Junta), tras haber disuelto todos los partidos políticos que ofrecieran una alternativa a la población.

Claves
  • «Deseo que cese toda forma de violencia y aliento todo esfuerzo en favor de la paz y el desarrollo» en Mali y Chad, dijo el Papa el 10 de mayo.
  • 1,5 millones de personas sufren inseguridad alimentaria aguda, según Human Rights Watch (HRW).
  • 737 mil malienses se han visto obligados a huir de sus hogares, estima la misma entidad.

En 2020, Bamako recibía combustible de forma habitual de parte de sus mayores proveedores, Senegal y Costa de Marfil, lo que ofrecía la posibilidad de desarrollar la economía local a la escala que permitía el conflicto radicado en determinadas partes del territorio. En 2026, un bloqueo iniciado hace meses por el grupo terrorista Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM, por sus siglas en árabe) ha provocado un grave desabastecimiento en la capital, bloqueo que en abril de 2026 empezó a afectar también a la provisión de alimentos. Los grupos armados, que combatían de manera desordenada —incluso entre sí—, se han reorganizado en los últimos años, calibrando sus posibilidades; y recientemente el FLA y el JNIM anunciaron el inicio de una colaboración con un objetivo común: derrocar a Goïta. Tras un ataque ejecutado de manera sincronizada el 25 de abril, el FLA tomó la ciudad de Kidal, en el norte del país, así como otras localidades de importancia estratégica, mientras que el JNIM reventó las líneas de abastecimiento militar en el centro del país y ejecutó un ataque relámpago contra el epicentro de la Junta Militar en la capital, asesinando con un coche bomba al ministro de Defensa, Sadio Camara, a su segunda esposa y a dos de sus nietos.

Así lo explica Abdoulaye S., de Bamako: «Toda la nación está entristecida por lo que ha ocurrido: los ataques, la pérdida de hombres valientes y, sobre todo, la del general Sadio Camara. Pero con el pueblo unido detrás del Ejército, hemos podido acabar con estos bandidos. Esto ha aumentado las dificultades. Viajar es muy complicado por el bloqueo de los yihadistas y la prohibición de entrar a Bamako. La gente está en pánico».

Camiones varados en Costa de Marfil por el bloqueo.
Camiones varados en Costa de Marfil por el bloqueo. Foto: EFE / EPA / Legnan Koula.

Ni siquiera el patriotismo más fiel a la Junta Militar escapa al pánico. Porque la situación de Mali en 2020 era muy grave. Y la situación de Mali en 2026 es crítica. Como las últimas etapas de una enfermedad terminal. Pero la evolución de esta enfermedad que inició el virus del secesionismo para sumarse a la cepa del terrorismo islámico no puede comprenderse sin poner en relieve el escaso éxito de los remedios aplicados por un Gobierno asociado a Rusia. No puede comprenderse el éxito del JNIM a la hora de reclutar nuevos fieles, por ejemplo, sin conocer que un informe publicado por ACLED (organización independiente sin ánimo de lucro que recopila, analiza y difunde datos sobre conflictos y crisis políticas en todo el mundo) en abril de este año indicó que las fuerzas armadas de Mali y de Burkina Faso han matado desde 2023 a más del doble de civiles que los grupos terroristas. Y que, por lógica y porque lo demuestran múltiples estudios, la venganza es una herramienta poderosísima para reclutar a jóvenes desesperados en la lucha contra su propio Gobierno.

Los rusos, socios de la barbarie

Lo decía el portavoz del FLA, Mohamed Elmaouloud Ramadane, en una entrevista sostenida con EFE durante el mes de mayo: las «masacres» cometidas por el Ejército maliense y sus aliados tras la ruptura del Acuerdo de Argel son el detonante de la guerra que llevan tres años librando contra las autoridades de Bamako. Y señalaba directamente a los rusos como socios de la barbarie.

Fue Marco Aurelio quien dijo que sufre daño quien persiste en su propio engaño e ignorancia. Quien se atreve a cuestionar los métodos empleados por los militares malienses y pone en evidencia que la violencia desatada no logrará una victoria, es automáticamente tachado de traidor, vendido a Francia, aliado de los terroristas y cuantos adjetivos peyorativos se encuentren a mano. La autocrítica es inexistente porque quien critica corre el riesgo de ser silenciado. Más allá de la purga realizada en agosto de 2025, el caso más sonado quizás sea el del general Abass Dembélé (exgobernador de Mopti y héroe de la batalla de Konna en 2013), que fue suspendido un mes antes, tras exigir una investigación por las matanzas de civiles cometidas por el Ejército y los rusos en el pueblo de Diafarabé.

Cráter causado en Kidal por un bombardeo del Ejército.
Cráter causado en Kidal por un bombardeo del Ejército. Foto: AFP.

El Gobierno reafirmó recientemente su alianza con Moscú. Purgó tras los ataques del 25 de abril, por «intento de desestabilización», a varios militares, muchos continúan arrestados. Endureció la represión. Siguió con la estrategia de siempre. Y la estrategia de siempre, haciendo comparativas que no se pueden refutar, no funciona. El único consuelo que le queda a Goïta es que expulsó a los franceses. Una victoria que repite como una letanía tras cada derrota.

El caso chadiano
El presidente de Chad no está aislado. En la imagen, la semana pasada en Kenia.

Mientras tanto, en Chad, otro régimen militar se enfrenta a la misma plaga yihadista… con resultados muy distintos. El 4 de mayo, combatientes de Boko Haram asaltaron durante la noche la base militar de Barka Tolorom, en la cuenca del lago Chad. Murieron 23 soldados y otros 26 resultaron heridos. Dos días después, una emboscada en la misma zona terminó con la vida de dos generales y once militares, en una región donde Boko Haram y el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP, por sus siglas en inglés) llevan meses recrudeciendo sus ataques desde las islas y marismas del lago. Tras estos ataques, el presidente Mahamat Idriss Déby, que heredó el poder tras la muerte de su padre en combate en 2021, decretó tres días de duelo nacional y el estado de emergencia durante 20 días en la región del lago Chad.

En Yamena, la capital, también gobierna una Junta Militar. Chad también combate al terrorismo islámico. Pero Chad sigue integrado en la Fuerza Multinacional Conjunta junto a Nigeria, Níger y Camerún, mientras que Mali rompió con la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), expulsó a la MINUSMA (la misión de la ONU) y se quedó con los mercenarios rusos como única compañía. Chad acoge a más de un millón de refugiados sudaneses, y por ello recibió en enero de 2026 el Premio Africano de la Paz, mientras Goïta disolvió los partidos políticos y se autoadjudicó a principios de mayo la cartera de Defensa. Y cuando el activista chadiano Leon Noubadoum declaró a EFE que las bajas de Barka Tolorom demostraban «un fallo de inteligencia», nadie fue a buscarle a su casa para acusarle de traidor.

Claro que Chad no es un país tranquilo. Su frontera oriental está cerrada desde febrero por el desbordamiento de la guerra de Sudán; un ataque con drones lanzado desde Darfur mató a 16 civiles que rompían el ayuno de Ramadán; en abril, una disputa por un pozo en Wadi Fira dejó 42 muertos. La cuenca del lago Chad sangra. Pero el régimen, con sus muchos defectos, no ha cancelado la conversación pública ni ha confundido la crítica con la traición. En el Sahel de 2026, este detalle es un milagro pequeño, frágil y revocable, pero que merece la pena destacar.