«No basta hablar de Dios: es menester gastarse por Él»
El ejemplo de san Juan de Ávila ayuda a profundizar en la identidad sacerdotal, a revitalizar el deseo de los ministros ordenados de poner la vida al servicio de la Iglesia con amor paciente, incluso en tiempos y situaciones difíciles
Homilía en la fiesta de san Juan de Ávila. Seminario Conciliar de Madrid. 8 de mayo de 2026
Hoy estamos alegres y agradecidos. Así nos lo dice el salmo: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (cf. Salmo 126, 3). Damos gracias al Señor Jesús que se ha fijado en nosotros, nos amó primero, nos ungió con su Espíritu y nos hizo ministros de su misericordia.
Sabemos que ha sido Él quien ha dado el primer paso. Él nos llamó gratuita e inesperadamente. Y hemos respondido. Entre los años y los vericuetos de la vida nuestra respuesta se ha ido sembrando en la vida de la Iglesia en la clave que experimenta Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20, 7).
Un día se inició la experiencia del que estaba a la puerta llamando una y otra vez (cf. Ap 3, 20). El Señor nos sedujo, y desde entonces ha condicionado nuestras vidas de tal modo que somos lo que somos porque hemos sido llamados a ser sacerdotes. Nuestras personas están ya marcadas para siempre por aquella llamada y por la unción de la consagración. Con agradecimiento podemos decir que no podemos definirnos sin referencia a ellas.
Gracias de corazón, queridos hermanos sacerdotes, por ese dialogo mantenido en el tiempo, por vuestra fidelidad, por vuestra respuesta a esa invitación del Señor a «permanecer en su amor» (cf. Jn 15, 9-10). Una respuesta ilusionada y en esperanza que os ha llenado de felicidad y plenitud. Y que os ha mantenido en los altibajos de los años, la mirada siempre puesta en quien no ha venido a ser servido y sino a servir (cf. Mt 20, 28).
Quiero hoy poner en el altar el agradecimiento de tanta gente a la que habéis servido. Es el pueblo de Dios el que nos sostiene. Sí, queridos hermanos, el pueblo de Dios ha visto vuestras buenas obras; porque no se puede ocultar una lámpara que se enciende en medio de la casa.
Es nuestra gente, a la que pertenecemos, quien ha comprobado vuestra disponibilidad probada para escuchar y consolar, para acoger tristezas y animar desalientos. Con vosotros es fácil entender lo que es el servicio aquilatado, que en palabras del Papa Francisco es: «Dar cabida a la persona que llega, con cuidado; significa agacharse hasta quien tiene necesidad y tenderle una mano, sin cálculos, sin miedo, con ternura y comprensión».
En el pueblo de Dios se ha sembrado, y así lo ha intuido, vuestra fidelidad, también cuando el viento era contrario y en los momentos de desaliento y soledad. Y os ha acompañado con su oración, con su acogida y silencio, con su afecto fraterno y su amistad. Ese rostro del pueblo de Dios era el regalo del ciento por uno que el Señor promete a sus seguidores (cf. Mt 19, 29; Mc 10, 30).
No somos superhéroes, somos discípulos curtidos en la fidelidad. Vosotros, en estos años de camino andado, habéis dado gloria al Padre, porque sentís y experimentáis la arcilla frágil y débil en que llevamos el regalo del ministerio, el lote de nuestra heredad.
Por todo eso el Señor nos eligió, se fio de nosotros. Él no nos abandona en la fragilidad. En estos largos años habéis sentido cercana la presencia de un Dios que confiaba en la debilidad. Y el pueblo de Dios agradecido os ha hecho y os hace sentir y gustar vuestra identidad de servidores tal y cual somos.
La fiesta de san Juan de Ávila, aquí en el seminario, es siempre una oportunidad para profundizar en la identidad sacerdotal; nos enseña a revitalizar nuestro deseo de poner la vida al servicio de la Iglesia con amor paciente, incluso en tiempos y situaciones difíciles.
Juan de Ávila no vivió ajeno a la fragilidad, al rechazo y a las incomprensiones; fue denunciado a la Inquisición y pasó un año en la cárcel, donde escribió el Audi filia. Pero esta contradicción no apagó su celo apostólico ni su amor a la Iglesia. Le tocó vivir en un momento que no se diferencia mucho del nuestro; fue testigo de un cambio de época y de una encrucijada eclesial difícil y compleja. Pero ahí, desde su fidelidad, renovaba su cercanía a Jesucristo y, al mismo tiempo, un amor fiel y filial a la Iglesia.
El maestro Ávila fue ciertamente un fiel hijo de la Iglesia a la que amó desde su profunda experiencia del misterio de Cristo. Y así entendió y vivió la Iglesia: como la íntima unión de su misterio con el misterio de la Encarnación. Une la carne de Cristo con la Iglesia, llegando a identificarla. (cf. Sermón 18, nº 9, en OC III, 232). Por eso, cada vez que habla de la Iglesia lo hace desde un profundo amor, pase lo que pase. Y anima a todos a descubrir en ella el misterio de Cristo que se nos revela.
Ahora es nuestro momento: con los caminos transitados, con los años vividos y con la gracia del ministerio, miramos juntos al maestro Ávila para que nos enseñe a seguir sintiendo a la Iglesia, con vuestra experiencia, para salir de nosotros mismos, de nuestros pareceres que a veces se vuelven partidistas. Que nos ayude a posponer nuestras ideologías; a amar esta realidad de la Iglesia; a entregar la vida para edificarla con pasión, en este tiempo y en esta diócesis de Madrid, en cuya construcción todos tenemos la responsabilidad de participar en un mismo presbiterio.
En la oración colecta hemos afirmado que Juan de Ávila es «un maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico». Estas son las dos actitudes que ponemos hoy como líneas de fuerza de nuestro ministerio:
La santidad de vida como herramienta principal para la evangelización y para atraer todos a Cristo. La vida de san Juan de Ávila es un ejemplo que nos invita a imitarle también hoy. Todavía resuenan en nosotros las últimas palabras de la carta del Papa León a nuestra asamblea presbiteral: «Para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, san Juan de Ávila: “Sed vosotros todo suyo” (Sermón 57). ¡Sed santos!». Una santidad generada por el Bautismo, por la gracia de Dios, y sostenida por la acción del Espíritu Santo en la Iglesia concreta de su tiempo, una Iglesia discutida, sometida a revisión.
Y con la santidad, la oración colecta habla del celo apostólico. Juan de Ávila como pastor no deja de enseñar a los presbíteros de hoy. Su celo apostólico no es activismo, ni un impulso voluntarista. Lo sabe vivir y predicar como fuego interior nacido del amor de Dios, que empuja a buscar la salvación de los demás con humildad, entrega y verdad. Es un celo que brota de la unión con Cristo y se traduce en vida entregada hasta decir: «No basta hablar de Dios: es menester gastarse por Él».
Doctor de la Iglesia, maestro de santos y teólogos, se gastó y esforzó en tener un lenguaje sencillo y comprensible, en sus catecismos, sermones y misiones populares. Acompasa el paso a cada persona, a cada grupo, a cada comunidad. Con paciencia y sin prisas, renunciando a comodidades, acogiendo y escuchando a todos en la situación en que cada uno se encuentra, haciéndose todo a todos a fin de ganar a algunos para Cristo (cf. 1 Cor 9, 22).
Con su celo apostólico nos propone un camino presbiteral para crear y construir comunidades desde la tarea siempre de unir, de relacionar personas y grupos, de crear comunión. Es su propuesta para conducir el rebaño al único Pastor, Jesucristo, en su Iglesia.
En un mundo como el nuestro de tanta polarización nos abre un cauce de síntesis: entrelaza fidelidad y reforma, santidad y humanismo, ascesis y simpatía, teología y vida, unión con Dios y obrero infatigable, y una teología sapiencial, orada, predicada y vivida en la comunión eclesial.
Hoy recogemos la luz de Juan de Ávila y la vida de nuestros sacerdotes entrelazadas. Así os pido que sigáis acompañando al pueblo de Dios con la oración y con vuestra amistad, con vuestro testimonio de entrega sencilla y generosa. Estad cerca, sin imposiciones, como padres para acompañar con vuestra sabiduría y sensibilidad pastoral a los seminaristas y a los curas jóvenes para que tengan confianza en el ministerio y pierdan el miedo a entregarlo todo, porque así van a ser muy felices. Esta es vuestra experiencia, cuidarlos compartiendo vuestras vidas, no solo las tareas.
En las vísperas del viaje del Santo Padre, os animo a «alzar la mirada» a quien os continúa invitando a permanecer en su amor y os envía a construir un mundo lleno de paz y esperanza. Continuar amaneciendo cada día con alegría y decisión, con el corazón sediento de Dios, alabándole y bendiciéndole, ofreciendo vuestras vidas con la entrega de Jesús en la Eucaristía, reconociendo que su mano sostiene vuestro ministerio. Él sigue estando grande con vosotros y esa es hoy nuestra alegría.