Lang Lang y san Juan de la Cruz
Confieso que no puedo alejarme mucho de Llama de amor viva; es el portal de referencia para quienes la búsqueda de Dios se convierte en la vanguardia del apetito del alma. Tomar en serio a Dios es cumplir lo que Miguel Hernández decía: «Bienaventurado aquel que, sin fijarse en mis ramas ni en mis frutos, llegue a mí sólo por amor, por ansia de tenerme y de mirarme». Y el libro de san Juan de la Cruz da las instrucciones precisas: «Poner el alma en silencio», que basta ya de tanto galope cotidiano; «ponerla en soledad, con toda ociosidad interior», y ociosidad es la palabra exacta, ya que nuestro negociado de vanos proyectos deja el alma entretenida, distraída; «poner el alma en olvido, en escucha espiritual, en sosiego pacífico y absorbimiento interior».
Esta preparación espiritual la podemos traducir en dejar a Dios que encuentre el alma desprevenida. Y esto lo entiende muy bien el aficionado a la gran música. El otro día tuve la suerte de oír en directo, en el Auditorio de Madrid, al grandísimo Lang Lang, quizá el pianista de clásica más solicitado y reverenciado de nuestro tiempo. Interpretó los conciertos 3 y 5 de Beethoven, de una forma inusitadamente nueva, más allá del romanticismo, acercándose de puntillas a Debussy. A Lang Lang se le acusa de exhibicionista porque es joven y se sabe maestro, una mezcla susceptible de incendiarlo todo. Pero sus gestos me parecieron naturales. Lang Lang se cree lo que dice, está atento a la música, a las melodías de clarinete y fagot cuando hacen sus subrayados, dirige a la orquesta con la mano izquierda cuando la tiene desocupada, deja los ojos cerrados durante todo el concierto.
Y traigo a san Juan de la Cruz a estas líneas porque la posición exacta del oyente delante de Lang Lang es de una virginidad absoluta. John Cage intentó transmitir la sensación del silencio en una pieza de baratillo que se llamaba 4 minutos 33 segundos, un simulacro de interpretación en el que los miembros de una gran orquesta permanecen en silencio el tiempo que da título a la pieza: la extravagancia de un iconoclasta. En cambio, Lang Lang dejaba al auditorio mudo por la belleza de la propuesta, no por su juego. La atención del espectador es la necesaria para entrar en lo que san Juan de la Cruz conseja: no hacer grandes diligencias, porque «la contemplación pura consiste en recibir».