Silos. 10:00 horas del viernes. Primera nevada. Hace frío fuera y se escucha el silencio. Aprovecho para escribir a un buen amigo precisamente sobre eso: el silencio. Y no deja de resultarme curiosa la paradoja: hablar sobre el silencio.

Al igual que tú, amigo, yo también creo en la importancia del silencio, de escuchar y escucharnos para encontrarnos y encontrarle a Él en nosotros. El silencio nos abre la puerta del corazón, nos ayuda a tomar conciencia del punto del camino en que nos encontramos para avanzar con rumbo fijo. A centrarnos en lo que estamos viviendo cada momento para saborearlo, integrándolo en lo que somos, permitiendo que quede un poso dentro. A abrir los ojos del corazón para estar atentos a lo que sucede alrededor con una mirada más profunda, que no se detiene en superficialidades; con una mirada que se deja asombrar por lo cotidiano y transmite paz y esperanza, porque sabe esperar, porque sabe amar.

Sin embargo, mi buen amigo, el silencio da mucho miedo, porque a veces se escucha el eco de nuestras inseguridades, y quizá nos toque enfrentamos a la «soledad poblada de aullidos» (Dt 32,10). Pero solo son aullidos y ecos que desaparecen. Lo que siempre queda son las voces de los demás, y la Voz entre las voces. Por eso el silencio siempre está habitado; por eso su Palabra siempre resuena; por eso cuando escuchamos el silencio, nunca estamos solos.

Sabes mejor que yo que vivimos asediados de opiniones, análisis, comunicados y reacciones. Días en los que el silencio parece que no es una opción. Pero, cuando eso sucede, el silencio es más necesario que nunca. Es ahí cuando debemos parar, aceptar nuestras limitaciones y gastar nuestro tiempo no en discutir, sino en escuchar, aprender y orar.

Recuerdo el respeto que tenías al silencio. Quizá pensabas que el silencio carecía de contenido, pero ya has comprendido que lo contiene todo. Un silencio que muestra lo que a veces las palabras ocultan. Sí, porque las palabras limitan, mientras que el silencio es todo revelación. Ahí, solo ahí, Dios, en una única Palabra, nos lo dice todo.

Fray Ángel Abarca Alonso, OSB
Monje benedictino. Monasterio de Santo Domingo de Silos