Vida oculta. Una catedral de cine en honor al beato Franz Jägerstätter

Juan Orellana
August Diehl y Valerie Pachner en un fotograma de la película. Foto: CNS photo/Fox

Seguro que alguna vez hemos ido caminando por un pueblo de Aragón o Navarra y nos hemos topado en un bosque con una pequeña pero hermosa iglesia románica, llena de belleza y armonía, dedicada a un santo del que probablemente no teníamos ni noticia. Pues algo análogo ha hecho Terrence Malick (El árbol de la vida, To the wonder…) con la vida oculta y discreta del beato austriaco Franz Jägerstätter: construirle una catedral cinematográfica en honor a su memoria y martirio, y para mayor gloria de Dios.

Franz Jägerstätter era un campesino austriaco católico, que llevaba una vida familiar feliz, trabajando duramente el campo y cuidando del ganado. Era un hombre piadoso, muy enamorado de su mujer y de su tierra austriaca. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial es llamado a filas, pero un pequeño detalle va a poner su vida y la de su gente boca abajo: cuando le piden que haga el juramento protocolario de lealtad al Führer, se niega. Su conciencia no se lo permite. Para Franz, esa guerra es injusta y Hitler una especie de anticristo. Sabe que su negativa le puede acarrear la muerte a él y la desgracia a su amada familia. Tendrá que decidir.

Esta larga película es fundamentalmente una obra de arte espiritual. Obra de arte, porque Malick lleva su estilo visual y narrativo al límite expresivo. Su cámara flotante que se entrecruza con los personajes, la óptica de gran angular, las manos que se entrelazan, las perspectivas inesperadas, sus planos de la naturaleza, sus ocasos, el uso de la música no diegética, la susurrante voz en off y ese largo etcétera que constituyen los conocidos rasgos del estilo autoral de Malik, al que se añaden novedades como los primeros planos expresionistas de rostros desquiciados que recuerdan aquellos de La pasión de Juana de Arco de Dreyer (1928), el tercer gran místico del cine, junto a Tarkovsky y Malik. Pero todo ello no se exhibe como alarde formal, sino que se ofrece como vehículo de una experiencia espiritual. La fusión entre forma y contenido tiene la perfección que solo consiguen las obras maestras. El proceso interior del protagonista y de su mujer, la pureza de su fe, la noche oscura, la elocuencia y a la vez el silencio divinos… llegan a nosotros con transparencia gracias al estilo tan personal de Malik.

La historia nos recuerda a la de Tomás Moro, reflejada con precisión en Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966). Un drama de conciencia que tiene en un lado de la balanza el amor a la familia, y en el otro el amor a lo que es correcto. Igual que le sucedió al gran canciller de Inglaterra, sus familiares y amigos le argumentan que no pasa nada por recitar una fórmula legal, que Dios lee el interior. Pero tanto Franz Jägerstätter como Tomás Moro saben que las palabras no son banales, y que algo moriría en su interior para siempre si las pronunciara.

Un monumento cinematográfico. Una experiencia de fe. El testimonio de una familia cristiana. Una de las mejores películas de 2020. O la mejor.

Juan Orellana