Una obra de teatro para salir del círculo de la violencia

Un grupo de vendedoras ambulantes de El Salvador ha encontrado en el teatro la salida perfecta a su rabia. A través de sus obras, las actrices de La Cachada han aprendido a relacionarse con sus hijos sin transmitirles la violencia que han sufrido en su vida

Rodrigo Moreno Quicios
A través del teatro, las actrices de La Cachada han roto con la historia de violencia que arrastraban desde niñas. Foto: Miguel Servellón

Un grupo de vendedoras ambulantes de El Salvador ha encontrado en el teatro la salida perfecta a su rabia. A través de sus obras, las actrices de La Cachada han aprendido a relacionarse con sus hijos sin transmitirles la violencia que han sufrido en su vida

Todas las actrices de la compañía de teatro La Cachada son vendedoras ambulantes. Todas quedaron embarazadas cuando eran menores de edad. Y, al igual que tantas personas en El Salvador, todas han vivido la violencia en sus carnes.

Llevan siete años contándolo en Algún día y Si vos no hubieras nacido, dos obras teatrales que narran la violencia que las mujeres salvadoreñas sufren a diario y que, muy a su pesar, acaban transmitiendo a sus hijos. «Al hablar de ellas como madres, se han dado cuenta de cómo estaban repitiendo ciclos de violencia», cuenta Egly Larreynaga, directora de la compañía.

Es el caso de Evelyn Chileno, una de las actrices de La Cachada. El asalto de un violador la dejó embarazada cuando solo tenía 16 años. Aquel trauma hirió la relación con su hija ya antes de que naciera. Pensó en abortarla, aunque finalmente no lo hizo. A través de Si vos no hubieras nacido, esta vendedora salvadoreña ha encontrado el valor para pedirle perdón a su hija por todas las veces que, cegada por la ira, la castigó de forma desproporcionada y arbitraria. Ahora, su pequeña tiene 19 años, va a la universidad y la idea de quedarse embarazada le suena muy lejana. Ha salido del círculo de la violencia en el que su familia llevaba inmersa generaciones.

Nuevos horizontes

Aunque siguen ganándose la vida como vendedoras ambulantes, La Cachada también ha permitido a sus protagonistas vivir experiencias que no habían ni imaginado. «De niña deseaba estudiar administración de empresas pero, cuando con 17 años tuve a mi primer hijo, pensé que ya pasó mi tiempo. Estaba enojada, creía que ya no iba a poder hacer nada más y me había quedado para la venta», confiesa la actriz Wendy Hernández. Pero no ha sido así. Su pasión por el teatro le ha permitido viajar por varios países para representar la obra. Además, gracias a su ejemplo, el hijo de esta vendedora ambulante lleva años cursando danza moderna. «Está haciendo más de lo que logré a su edad», presume su madre.

Gracias al teatro, estas mujeres están descubriendo también un modo de ejercer la maternidad que nunca habían experimentado, pues muchas arrastran historias de violencia desde su infancia. «Yo no me había criado con mi mamá. Aprendí que lo económico era todo lo que tenía que darle a un hijo y no pensaba en el amor y cariño», cuenta Wendy Hernández, quien además considera que estos elementos «son lo que más ayuda a un niño a alejarse de las pandillas».

Un arte sanador

Cuando Egly Larreynaga, directora teatral y colaboradora con la Asociación Centros Infantiles de Desarrollo (CINDE), propuso a un grupo de vendedoras ambulantes salvadoreñas participar en un taller de teatro, las mujeres se inventaron todo tipo de excusas para inhibirse. Al trabajar en la economía informal, estaban más preocupadas por llevar el pan a casa que en la promoción de las artes. «Para que las mujeres se apuntaran y no lo vieran como una pérdida de tiempo, les dijimos que era un taller de autoestima», cuenta Larreynaga.

Con mucho cariño y sin prisa, la directora del taller estableció una relación con las vendedoras antes de entrar en materia. «Egly supo tocar nuestra parte humana. Nos abrazaba, nos preguntaba cómo estábamos y nos gustaba la importancia que teníamos para ella», cuenta Wendy Hernández, actriz de la compañía teatral La Cachada. Una vez ganada su confianza, las mujeres dieron su brazo a torcer y dejaron que el teatro las fuera transformando. «Es algo que nos ayuda a liberar energías malas mediante un baile o un grito», cuenta Hernández.

Sus hijos fueron los primeros en notarlo. Desde que sus mamás actuaban, ya no les pegaban cuando no conseguían vender nada en el mercado. «Los actores trabajamos el cuerpo, la voz, las emociones… y ese espacio cada vez se fue haciendo más importante. Empezaron a crear una red y a descargar», narra la directora teatral.

Pero lo importante sucedió cuando Egly Larreynaga comenzó a conocer la biografía de esas mujeres, que decidió convertir en un guion. «Ellas me preguntaban: “¿A quién le va a importar nuestra historia?”. Yo les decía que ellas representan a la mayoría de las mujeres de El Salvador. Al contar su historia están contando la historia de muchas». Así nació Algún día, la obra de teatro con la que debutaron hace siete años.

Según la directora de la compañía, aunque las actrices no provienen del mundo teatral, tienen algo que no se puede estudiar en una escuela: su experiencia de vida. Lo que, a su juicio, da un valor extraordinario a su interpretación. «La historia de La Cachada me gusta porque viene de abajo, es como una flor. Estas mujeres han contado su historia muy valientemente y sus heridas han servido para sanar a otros», sentencia.

Concienciación en los teatros

A lo largo de sus siete años sobre las tablas, La Cachada ha representado sus obras más de 300 veces, lo que les ha influido en la vida de más de 30.000 espectadores. Tras cada actuación, la compañía de teatro acostumbra a abrir los micrófonos para hablar con su público sobre la violencia.

Estos coloquios son especialmente valiosos para los jóvenes. Muchos de ellos sufren a diario agresiones como las que aparecen en las obras y necesitan canalizarla de algún modo. Pero no están acostumbrados. Egly Larreynaga aún recuerda una representación de Si vos no hubieras nacido para 300 estudiantes en la que, durante una escena en la que una hija recibía una paliza, la única reacción del auditorio fue la risa. ¿De qué se reían? Con curiosidad, se lo preguntó a los jóvenes al finalizar la obra. «Se creó un silencio muy tenso y, al cabo de un rato, un chico con los ojitos llorosos me dijo: “Es que me acordaba de cuando mi papá me pegaba”». Aquellas risas no eran más que un mecanismo de defensa. En vez de reconocer sus propios sentimientos, huían de ellos.

Por ese motivo La Cachada realiza una labor insustituible, pues enseña a sus espectadores a expresar la tristeza para que no se acabe convirtiendo en violencia. «A veces andamos enojados por lo que llevamos tiempo cargando. Después explotamos y lastimamos a los demás», señala Wendy Hernández. Por suerte, la actriz tiene la solución a este problema: «Necesitamos poder mirar a alguien a los ojos y poder decirle “me siento mal” sin vergüenza ni miedo de que nos vaya a lastimar».

Rodrigo Moreno Quicios