Un oasis en el cementerio azul

La puesta en marcha de corredores humanitarios en Europa «merece la pena, aunque solo sea para salvar una vida», aseguró Hollerich, arzobispo de Luxemburgo. Es una de las apuestas del sínodo de Bari, en el que 59 obispos y patriarcas mediterráneos se han comprometido a ser oasis de acogida y promotores de la paz

Victoria Isabel Cardiel C.
Discurso de apertura del encuentro ‘Mediterráneo, frontera de paz’, a cargo del cardenal Gualtero Basseti, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el pasado 19 de febrero. Foto: www.mediterraneodipace.it

La puesta en marcha de corredores humanitarios en Europa «merece la pena, aunque solo sea para salvar una vida», aseguró Hollerich, arzobispo de Luxemburgo. Es una de las apuestas del sínodo de Bari, en el que 59 obispos y patriarcas mediterráneos se han comprometido a ser oasis de acogida y promotores de la paz

El oleaje del mar Mediterráneo es eterno. Como lo son los episodios de dolor y gloria que se esconden en su cuenca, transformada desde sus orígenes en un terreno fértil para que las civilizaciones hundieran raíces. Hoy para muchos este mar es un horizonte prohibido que separa el pasado del futuro y la vida de la muerte. Una frontera trágica que aspira a ser un foco de paz y convivencia.

Este fue el faro temático que iluminó el encuentro organizado en Bari la semana pasada por la Conferencia Episcopal Italiana. Un minisínodo al que acudieron 59 obispos y patriarcas de 20 países ribereños del Mediterráneo extendidos por tres continentes (Asia, África y Europa) para promover el rol de las Iglesias cristianas como artesanas del diálogo y la escucha en un contexto de tragedias que se consuman en silencio: la de los inmigrantes que acaban en el fondo del mar, y la de las injusticias políticas, económicas y sociales que les arrancan de cuajo las esperanzas y los empujan a una muerte casi segura.

«Tenemos ante nuestros ojos el drama de los refugiados. Lo vemos en las islas de Grecia y Libia. Es una vergüenza para Europa. Hablamos de los valores europeos, pero olvidamos completamente que todos tenemos que poner de nuestra parte», manifestó nada más comenzar el encuentro el arzobispo de Luxemburgo, Jean-Claude Hollerich. Junto con el subsecretario de la Sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral, el cardenal Michael Czerny, el limosnero del Papa, el cardenal Konrad Krajewski, han impulsado la puesta en marcha de corredores humanitarios en Europa: «Merece la pena hacerlo, aunque solo sea para salvar una vida».

El arzobispo de Malta, Charles Jude Scicluna, que trajo al evento la experiencia de la isla mediterránea que, como Lampedusa, ha visto llegar a decenas de miles de desesperados, incidió en que la Iglesia local «tiene que impulsar a las comunidades a transformarse en un oasis de acogida. Tenemos que asumir el grito de los inocentes que en el mar encuentran un cementerio azul». «El náufrago necesita una ayuda inmediata, pero no nos podemos quedar ahí», señaló, mientras que animó a los pastores a transformar «la xenofobia en xenofilia». Hasta Malta precisamente viajará el Papa el próximo 31 de mayo para volver a gritar «vergüenza» ante la indiferencia de quienes pasan por delante del sufrimiento ajeno con la vista volcada hacia otro lado.

Encuentro… y desencuentros

El mar Mediterráneo es un lugar de encuentro y desencuentro. Observador impasible de las relaciones tumultuosas entre sus dos orillas, de las aspiraciones a la concordia y de las guerras que han estallado. Como la que consume Libia, sumida en la rivalidad entre las fuerzas del militar Haftar y el Gobierno de Trípoli, o la que despelleja cualquier ramalazo de alegría en Siria en un conflicto que cumple nueve años de horrores.

El único mar que une tres civilizaciones (la griega, la judeocristiana y la islámica) está en peligro. «Las guerras, la poca libertad, la desigualad social y económica y el hambre han convertido al Mediterráneo en un centro de intereses enormes. El destino de poblaciones enteras está amenazado por los intereses de unos pocos. En el pasado también la Iglesia ha contribuido a esto. Basta pensar en el periodo colonial. Tenemos que pedir perdón a los jóvenes por haberles entregado un mundo herido», dijo sin tapujos el administrador apostólico del Patriarcado latino de Jerusalén en Tierra Santa, Pierbattista Pizzaballa. «Son nuestras iglesias, las del norte de África y las de Oriente Medio, las que pagan el precio más alto. Pero a la vez, dan un testimonio fundamental de cómo ante situaciones extremas como la persecución, la fidelidad a Cristo es lo único que salva», agregó. Por su parte, el patriarca copto-católico de Alejandría, Ibrahim Isaac Sidrak, metió el dedo en la yaga de la paradoja de que empresas armamentísticas enriquezcan a los mismos países que después rechazan a los refugiados. «La paz tiene un precio. Reclama a los países ricos que renuncien a un poco de su bienestar; ese que crea la carrera de los armamentos», reseñó. «Las armas sirven para matar. Crean víctimas, crean violencia, crean refugiados. Son la base de todos los males», denunció. Y pidió erradicar el miedo que está «en la base de todo lo que nos separa como sociedad».

Un grupo de migrantes, rescatados por la ONG Proactiva Open Arms, en dirección al puerto italiano de Tarento. Foto: Reuters/Juan Medina

Como recordó el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), el cardenal Gualtiero Bassetti, «la única religión verdadera es la que nos empuja a socorrer a quien está sufriendo». «Hay muchas injusticias en las orillas del Mediterráneo, hay situaciones de guerra, pobreza extrema y refugiados. Actualmente, el Mediterráneo es un mosaico de problemas, pero debe volver a ser un lugar de encuentro de civilizaciones», agregó el obispo anfitrión desde un púlpito que los expertos han catalogado como un G20 católico. No en balde en el centro de los trabajos episcopales latía con fuerza una de las cuestiones más primordiales para la humanidad. ¿Cómo buscar nuevas vías de reconciliación entre los pueblos en el Mediterráneo?

El profesor de Historia de la Universidad Roma 3, Adriano Roccucci, abrió en canal la raíz del problema: «Los diseños del nacionalismo del siglo XIX trataron de mermar la policromía mediterránea en su afán por construir estados homogéneos. El resultado no consiguió eliminar la diversidad, sino contraponerla y enfrentarla». Estamos a las puertas de un «cambio de época» que encuentra su expresión fatídica en el flujo migratorio, los conflictos bélicos, el antisemitismo o la persecución de las minorías religiosas. «Los cristianos tienen una responsabilidad concreta en estos tiempos convulsos», aseveró.

Otros apuntaron a la necesidad de invertir en el mutuo conocimiento, no solo entre las distintas religiones, sino también entre los distintos ritos de la Iglesia católica. «Es cierto que se hacen peregrinaciones y se invierte en el intercambio cultural, pero es una pena que de las tierras de Oriente Medio solo conozcamos las piedras de sus monumentos. Hay que promover el encuentro fraterno entre personas porque solo la amistad entre nuestras gentes podrá ser antídoto contra la globalización de la indiferencia», enfatizó el obispo de Bari-Bitonto, Francesco Cacucci.

Su razonamiento encuentra profundas raíces en la Teología. Tal y como señaló la estudiosa Pina de Simone, «existe una mediterraneidad esencial al cristianismo que acentúa su sentido de comunidad». «Para el islam, como para el judaísmo, el extranjero es sagrado. Y en la Biblia es una manifestación de la presencia divina», remarcó la teóloga, que también puso en guardia a los obispos de los peligrosos tentáculos del fundamentalismo. «Es un cuerpo dinámico que va mutando y se hace camino incluso en la vida de la Iglesia. Pero su presencia es una derrota de la fe y una negación total de la capacidad humanizadora de la experiencia de Dios».

Con judíos y musulmanes

En esta línea, el custodio de Tierra Santa invitó a remar juntos, también con los judíos y musulmanes, para que las religiones encuentren su espacio sosteniendo la «cultura de la paz». Su intervención fue muy elocuente, ya que dibujó un mapa con las «complejidades» propias de todos los países de Medio Oriente: «Israel, Palestina, Líbano, Siria, Chipre… Son vecinos pero, muy dispares. De un lado encontramos la hipertecnología que todo lo invade, en otro lugar niveles de paro que llegan al 40 %, a su lado la guerra que todo lo destruye, más allá los centros de acogida donde se acumulan refugiados e inmigrantes. En términos generales, solo podemos hablar de una gran inestabilidad política».

La nota positiva de este encuentro episcopal la puso Albania. En 1991 enterró los últimos resquicios del brutal régimen comunista y tres décadas después mira con esperanza su adhesión a la Unión Europea. El arzobispo de Tirana-Durazzo y presidente de la Conferencia Episcopal, George Anthony Frendo, mostró a su país como un «modelo de convivencia pacífica interreligiosa». «Es importante dar espacio al diálogo para poder vivir juntos en paz», defendió por su parte el arzobispo de Sarajevo y presidente de la Conferencia Episcopal de Bosnia- Herzegovina, el cardenal Vinko Pulji, que acentuó que su pequeño país fue testigo de los horrores de la guerra. «La paz no es algo estable e inmutable, sino una dinámica de movimiento a la que se entra a partir de la verdad y la justicia», incidió.

El Papa fue el encargado de finalizar esta cita episcopal. Dijo sentir «miedo» ante los discursos populistas que recuerdan a los años 30 del siglo pasado, mientras que exhortó a que no aceptemos que «quien busca la esperanza cruzando el mar muera sin recibir ayuda». Un servidor más para lograr que el Mediterráneo sea una frontera de paz.

Victoria Isabel Cardiel C.
Roma