Un editorial histórico: cristianismo y libertad

«¿Para qué sirve un hombre sino para servir al Estado?», se pregunta Royster. In hoc anno Domini se escribió para recordarnos que un día se elevó una voz en Galilea para desafiar la idolatría del César, aunque, en realidad, desafió todas las idolatrías

Antonio R. Rubio Plo

«¿Para qué sirve un hombre sino para servir al Estado?», se pregunta Royster. In hoc anno Domini se escribió para recordarnos que un día se elevó una voz en Galilea para desafiar la idolatría del César, aunque, en realidad, desafió todas las idolatrías

Vermont Royster, articulista de The Wall Street Journal, publicó el 24 de diciembre de 1949 un editorial que ha aparecido en la misma fecha en ese día durante sesenta y cinco años. In hoc anno Domini, que así se llama el editorial, ha pasado a las antologías del periodismo universal, aunque no resulta sencillo clasificarlo. ¿Es religioso, político o ambas cosas a la vez? Tampoco se trata exactamente de un escrito navideño, pero no por ello el cristianismo no deja de ser su referencia principal, pues gira en torno a san Pablo y la libertad. Algún que otro experto lo encajaría en los parámetros de la guerra fría y nos aseguraría que Royster tuvo presente a Stalin y al comunismo soviético al escribirlo. Sin embargo, el artículo ha sobrevivido de momento a los cambios históricos y políticos, pues el cristianismo y la libertad nunca pasan de moda.

El editorialista nos habla del mundo del siglo I, en el momento en que Pablo de Tarso viaja a Damasco en su persecución de los cristianos. Pero, según Royster, aquel mundo era un lugar de opresión, y no de civilización. La opresión se reparte de forma igualitaria, excepto para «los amigos de Tiberio César». Es un escenario en el que los recaudadores de impuestos gravan la mínima actividad, y ese dinero sirve principalmente para pagar a las legiones y organizar los juegos circenses con que el emperador mantiene a una plebe ignorante y sedienta de sangre.

«¿Para qué sirve un hombre sino para servir al César?», se pregunta Royster, que no es más que otra forma de decir «¿Para qué sirve un hombre sino para servir al Estado?» Probablemente estuviera pensando en el Estado comunista, pero si viviera en nuestros días señalaría a ese otro tipo de Estado que educa a los individuos desde niños en la nueva religión de lo políticamente correcto. Para nuestro autor ese Estado sería también un enemigo de la libertad y, por supuesto, del cristianismo. Es un Estado en el que las obligaciones para con Dios y para con el César no se pueden separar porque en la práctica encarnan el culto a una misma divinidad. Por el contrario, Cristo enseñó que las esferas de lo religioso y lo político tienen que estar separadas.

In hoc anno Domini se escribió para recordarnos que un día se elevó una voz en Galilea para desafiar la idolatría del César, aunque, en realidad, desafió todas las idolatrías, incluida la del individualismo autosuficiente que impera en el Occidente de nuestros días. Pablo, antes, perseguidor, y luego, apóstol ferviente, difundiría el mensaje de aquella voz, la de Cristo, que habla no de una religión de esclavos, basada en el temor, sino de una fe asentada en la libertad de los hombres, elevados a la categoría de hijos de Dios.

Aquel editorial, un año más recordado, se puede interpretar como un gran elogio de Pablo, que no quiso ser «esclavo de la ley», y que tampoco aceptaría someterse a las leyes no respetuosas con la libertad de las conciencias. Pero es posible que alguien nos diga que Royster solo defendía una «libertad conservadora». Así pensarán los defensores de una libertad sin referencias ni condicionantes. Pero ese concepto de la libertad, pese a las apariencias, nunca será pleno. En Cristo, la libertad y el amor van juntos. La libertad cristiana es para todos, no para unos cuantos amigos de los viejos o los nuevos Césares, porque no puede separarse de un Dios Amor.

Antonio R. Rubio Plo