Un corazón enterrado en el Calvario

La Universidad San Dámaso y la Obra Pía organizan una muestra sobre la presencia española en Tierra Santa

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Bandera de España sobre el colegio del Pilar en Jerusalén, con la basílica del Santo Sepulcro al fondo. Abajo, cáliz que regaló Felipe II a la Custodia de Tierra Santa. Foto: Cristina López Iscoa

«Existe una relación particular entre España y Tierra Santa. En el pasado, la Obra Pía de los Santos Lugares fue un instrumento muy importante para sostener las actividades de la Iglesia y para sostener a la comunidad cristiana local. Gracias a ella, fueron adquiridos lugares muy importantes tanto para la Iglesia universal como para los cristianos locales. Pienso en Ramala, Belén, Ain Karem, e incluso en otros templos de Damasco o de Chipre. Si muchos cristianos de hoy pueden subsistir se lo debemos en gran parte a la intervención plurisecular de España en Tierra Santa». Palabras del arzobispo Pierbattista Pizzaballa, administrador apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén, que inaugura este viernes en la Universidad San Dámaso la exposición España en Tierra Santa.

La muestra es una iniciativa conjunta de San Dámaso y la Obra Pía de los Santos Lugares, ideada con el objetivo de difundir el conocimiento de la Tierra Santa en España, subrayar la presencia actual de religiosos y laicos españoles allí, y mostrar los últimos descubrimientos arqueológicos y la necesidad de oración y ayuda económica para los cristianos que viven en Palestina e Israel.

Foto: Custodia Tierra Santa, Alfonso Bussolin

«La presencia de España en los Santos Lugares fue muy importante en el pasado pero sigue muy presente hoy –asegura Pizzaballa, que durante 12 años fue el custodio franciscano de Tierra Santa–. En los años difíciles de la segunda intifada España se mostró muy activa, con intervenciones orientadas al sostenimiento de emergencia, hermanamientos con escuelas, ayudas a hospitales, iniciativas de diálogo y reconciliación… Y también han sido muy importantes todos estos años las peregrinaciones, las iniciativas culturales, las relaciones especiales entre algunas iglesias y diócesis con alguna institución particular de Tierra Santa… No hay mes en el que no haya un obispo español de peregrinación con fieles de su diócesis; y son continuas las iniciativas de instituciones, eclesiales o no, que mantienen viva la relación entre la Iglesia madre de Jerusalén y España».

Desde el principio

La relación de España con Tierra Santa se remonta a los primeros siglos de la Iglesia, cuando tras el edicto de Constantino los cristianos dejaron de sufrir persecuciones y muchos comenzaron a peregrinar a los Santos Lugares. El libro España en Tierra Santa, editado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Obra Pía de los Santos Lugares, utilizado como base de la exposición, desvela que entre aquellos primeros romanos de la provincia de Hispania que encaminaron sus pasos hacia la tierra del Señor está el obispo Osio de Córdoba, los familiares del emperador hispano Teodosio y varios obispos gallegos, destacando entre ellos la figura de una religiosa llamada Egeria, que emprendió su camino entre los años 381 y 384 y recogió los detalles de su viaje en su libro Itinerarium ad Loca Sancta. En él menciona a un tal Pedro el Íbero, un monje que regentaba en Jerusalén una posada para peregrinos y pobres, lo que indica que la presencia de hispanos allí era ya habitual.

En el siglo V se localiza en la ciudad santa a Toribio de Liébana, obispo de Astorga, quien en su estancia en Jerusalén consiguió un Lignum Crucis que todavía se venera en su santuario de Liébana (Cantabria). Y siglos mas tarde, el Papa Honorio II detallaba en una bula las fincas de diversas diócesis españolas cedidas en beneficio de la basílica del Santo Sepulcro; ya eran comunes entonces las donaciones de obispos, reyes y nobles españoles con destino a diversos templos de Tierra Santa, destacando el caso del rey Alfonso II el Batallador, quien al morir sin descendencia en 1134 dejó como herederos de sus bienes al Santo Sepulcro y a los caballeros hospitalarios de la orden de San Juan de Jerusalén. La devoción de los reyes españoles entonces era tal que, en 1284, el rey Alfonso X el Sabio ordenó que al morir su corazón fuera extraído y enterrado en el monte Calvario.

Los siglos posteriores fueron los del protagonismo de los reyes de Aragón y de los franciscanos. En el siglo XIII, Jaime I el Conquistador llegó a plantearse la convocación de una cruzada para liberar los Santos Lugares, al tiempo que su hermana Sancha trabajó como hospitalaria en Jerusalén. Su sucesor, Alfonso III, negoció con el sultán de Egipto un consulado en Alejandría para proteger y asistir a los cristianos que peregrinaban a Tierra Santa. Los franciscanos se apoyaron en la fortaleza de los reyes de Aragón cuando empezaron a establecerse en los Santos Lugares, y contaron con sus limosnas para su sustento y para la conservación de los santuarios. Desde entonces y hasta nuestros días, miles de franciscanos españoles han desgastado sus vidas al servicio del apostolado y de la presencia cristiana en la tierra que vio nacer a Jesús.

Mosaico de la malagueña Virgen de la Esperanza en la cuarta estación del vía crucis en la Vía Dolorosa, en Jerusalén. Foto: Diócesis de Málaga

Ya en la época moderna, los Reyes Católicos continúan el interés de sus predecesores en la protección de los templos, conventos y hospitales de peregrinos. En 1533, los 30 frailes del Cenáculo se mantenían exclusivamente con la limosna anual que la reina Isabel ordenó entregar en su testamento, y durante siglos los religiosos de Tierra Santa incluían en sus preces diarias una petición «por nuestro rey», costumbre que ese mantuvo hasta bien entrado el siglo XX.

El interés y la devoción de la Corona española se manifestó en la restauración de la basílica del Santo Sepulcro, que pagaron íntegramente Felipe II, en 1557, y Felipe V, en 1719. Felipe IV financió la de la basílica de la Natividad, en Belén, en 1628, y en 1660 creó la Obra Pía de los Santos Lugares, encargada de concentrar todos los donativos dedicados a la conservación de la presencia cristiana en Tierra Santa.

«Durante siglos, la mayor parte de socorros pecuniarios para Tierra Santa procedieron de España», atestigua el historiador franciscano Patrocinio García Barriuso, hasta el punto de que durante muchos años la Obra Pía de llegó a cubrir hasta el 80 % de los gastos de la Custodia franciscana en Tierra Santa.

En la actualidad, la presencia española en la tierra del Señor sigue siendo considerable, pues son numerosos los religiosos que continúan allí al servicio de los peregrinos y de la población local, incluso en los años de la historia reciente más marcados por el conflicto y la guerra.

Las exposición en la Universidad San Dámaso durará hasta el 8 de noviembre, e incluirá dos ponencias sobre las últimas obras de remodelación del Santo Sepulcro y las últimas excavaciones en Galilea. También se presentará un libro sobre la historia de la liturgia de los Santos Lugares, y se celebrará una vigilia ecuménica de oración y solidaridad con los cristianos de Tierra Santa.