Tres días para comprender el cristianismo
¿En qué consiste ser cristiano…? ¿Tal vez en vivir reprimido? Éste es uno de los prejuicios más difundidos. Y, sin embargo, no hay nada tan alejado del cristianismo. Benedicto XVI ha dedicado los tres días culminantes de la Semana Santa, de la noche del Jueves Santo al mediodía del Domingo de Resurrección, a mostrar al mundo lo que realmente significa ser cristiano
El mensaje que, a mediodía del Domingo de Resurrección, pronunció el Papa desde el balcón de la basílica vaticana, ante una impresionante muchedumbre de cien mil personas (número superior al de años anteriores), se convirtió en el momento culminante de este curso que el Papa ha ofrecido a todo el mundo, en directo, en estos tres días. Le escuchaban millones de personas conectadas por televisión, radio e Internet desde los cinco continentes.
Un encuentro
Benedicto XVI ha insistido siempre en que el cristianismo no es una ideología, o siquiera un sistema ético. El cristianismo, por el contrario, es el encuentro con Cristo, realmente resucitado. «Es un encuentro que cambia la vida —aclaró antes de felicitar por la Pascua en 65 idiomas—: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad».
Al recordar el pasaje evangélico de la Resurrección, el Santo Padre explicó que María Magdalena, al encontrarse con Jesús cerca del sepulcro vacío, le llama «mi esperanza, porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. Cristo, mi esperanza, significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad».

Pero el cristiano, como María Magdalena y los discípulos, ha tenido y tiene que ver antes a Jesús rechazado, capturado, flagelado, condenado a muerte y crucificado. «Debe haber sido insoportable ver la bondad en persona sometida a la maldad humana, la Verdad escarnecida por la mentira, la Misericordia injuriada por la venganza», afirmó el Papa en su mensaje pascual. «En este mundo, la esperanza no puede dejar de hacer cuentas con la dureza del mal. No es solamente el muro de la muerte lo que la obstaculiza, sino más aún las puntas aguzadas de la envidia y el orgullo, de la mentira y de la violencia. Jesús ha pasado por esta trama mortal, para abrirnos el paso hacia el reino de la Vida. Hubo un momento en el que Jesús aparecía derrotado: las tinieblas habían invadido la tierra, el silencio de Dios era total, la esperanza, una palabra que ya parecía vana».
«Y he aquí que, al alba del día después del sábado, se encuentra el sepulcro vacío», prosiguió el Papa. «La fe renace más viva y más fuerte que nunca, ya invencible, porque queda fundada en una experiencia decisiva». La resurrección de Jesús testimonia «la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la misericordia sobre la venganza».
El sentido de la vida
En la Madre de todas las vigilias, la Vigilia Pascual, cuando se acercaba la medianoche en la basílica vaticana, Benedicto XVI dedicó la homilía a mostrar cómo la luz de la resurrección de Cristo no es algo del pasado: si es real, necesariamente ilumina a cada hombre y mujer, también en el siglo XXI. «Con la resurrección de Jesús, la luz misma vuelve a ser creada. Él nos lleva a todos tras Él a la vida nueva de la Resurrección, y vence toda forma de oscuridad. Él es el nuevo día de Dios, que vale para todos nosotros», subrayó.
En la solemne liturgia, en la que bautizó a ocho adultos de Italia, Albania, Eslovaquia, Alemania, Turkmenistán, Camerún y Estados Unidos, respondió a la pregunta que se planteaban algunos de los doce mil peregrinos presentes en el templo más grande del catolicismo: «¿Cómo puede suceder esto? ¿Cómo puede llegar todo esto a nosotros sin que se quede sólo en palabras, sino que sea una realidad en la que estamos inmersos?». A lo que añadió, a la luz del cirio pascual: «Por el sacramento del Bautismo y la profesión de la fe, el Señor ha construido un puente para nosotros, a través del cual el nuevo día viene a nosotros. En el Bautismo, el Señor dice a aquel que lo recibe: Fiat lux, que exista la luz». Es esa luz la que permite comprender el porqué y el sentido de la vida, algo que la ciencia experimental nunca podrá ilustrar.
Benedicto XVI se caracteriza por no tener reparos a la hora de abordar asuntos espinosos de la vida de la Iglesia. Por eso, durante la homilía de la Misa Crismal, que celebró el Jueves Santo en la basílica vaticana, el Santo Padre se refirió a la polémica surgida en Austria, donde «un grupo de sacerdotes ha publicado una llamada a la desobediencia, aportando ejemplos de cómo se puede expresar esta desobediencia, que debería ignorar decisiones del Magisterio; por ejemplo, en la cuestión sobre la ordenación de las mujeres». Ante eso, el Papa lanzó a los sacerdotes dos preguntas: «La desobediencia, ¿es un camino para renovar la Iglesia?», y, a la vez, si se niega la necesidad de renovar la Iglesia, «¿acaso no se defiende el inmovilismo, el agarrotamiento de la Tradición?» Así, el Papa ponía sobre la mesa toda la problemática de la obediencia de los sacerdotes a la Iglesia, para recordarles que «la configuración con Cristo es el presupuesto y la base de toda renovación», pues los sacerdotes «no anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores». Y dio la clave para llevar a cabo esa misión: «Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que hace casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo. Y si miramos a las personas, por las cuales brotan estos ríos frescos de vida, vemos que, para una nueva fecundidad, es necesario estar llenos de la alegría de la fe, de la radicalidad de la obediencia, del dinamismo de la esperanza y de la fuerza del amor».
La oscuridad que amenaza
«La oscuridad amenaza verdaderamente al hombre porque, sí, éste puede ver y examinar las cosas tangibles, materiales, pero no a dónde va el mundo y de dónde procede», dijo el obispo de Roma. «La oscuridad acerca de Dios y sus valores son la verdadera amenaza para nuestra existencia y para el mundo en general». Y explicó esta enseñanza con una imagen eficaz: «Hoy podemos iluminar nuestras ciudades de manera tan deslumbrante que ya no pueden verse las estrellas del cielo. ¿Acaso no es ésta una imagen de la problemática de nuestro ser ilustrado? En las cosas materiales, sabemos y podemos tanto, pero lo que va más allá de esto, Dios y el bien, ya no lo conseguimos identificar. Por eso, la fe, que nos muestra la luz de Dios, es la verdadera iluminación, es una irrupción de la luz de Dios en nuestro mundo, una apertura de nuestros ojos a la verdadera luz».
La ruptura con Papá
En la tarde del Jueves Santo, al recordar la Última Cena de Jesús, Benedicto XVI profundizó en otra de las verdades centrales del cristianismo: Dios no es un ser alejado, o despótico, Dios es Papá. Esto fue lo que más impresionó a los discípulos al escuchar cómo rezaba Cristo. «Jesús llama a Dios Abbá. Y esto significa Padre. Pero no de la manera en que se usa habitualmente la palabra padre, sino como expresión del lenguaje de los niños, una palabra afectuosa con la cual no se osaba dirigirse a Dios. Es el lenguaje de quien es verdaderamente niño, Hijo del Padre, de aquel que se encuentra en comunión con Dios, en la más profunda unidad con Él».
Se entiende así también el pecado, que no es una invención de hombres de Iglesia para fastidiar la vida a nadie. El pecado es aquello que hiere la relación entre el hombre y Dios, hasta el punto de impedirle dirigirse a Él con estas palabras: Papá. «La soberbia es la verdadera esencia del pecado», dijo el Papa al presidir la Eucaristía en su catedral, la basílica de San Juan de Letrán. «Pensamos ser libres y verdaderamente nosotros mismos sólo si seguimos exclusivamente nuestra voluntad. Dios aparece como el antagonista de nuestra libertad. Debemos liberarnos de Él, pensamos nosotros; sólo así seremos libres. Ésta es la rebelión fundamental que atraviesa la Historia, y la mentira de fondo que desnaturaliza la vida. Cuando el hombre se pone contra Dios, se pone contra la propia verdad y, por tanto, no llega a ser libre, sino alienado de sí mismo. Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios».

Con las familias que sufren
Estas verdades del cristianismo llevaron al Papa a cargar con el sufrimiento que tantas familias están viviendo en estos momentos de crisis de valores, de crisis ética y de crisis económica. A ellas les dedicó el vía crucis del Coliseo en la noche del Viernes Santo. Por este motivo, el Papa pidió a los esposos italianos Ana María y Danilo Zanzucchi, del Movimiento de los Focolares, que compusieran las meditaciones de las catorce estaciones de Jesús en el camino hacia la Cruz.
«Muchas de nuestras familias sufren por la traición del cónyuge, la persona más querida. ¿Dónde ha quedado la alegría de la cercanía, del vivir al unísono? ¿Qué ha sido del sentirse una sola cosa? ¿Qué pasó de aquel para siempre que se había declarado?», escribió el matrimonio en la primera Estación.
El Papa se hizo portavoz de todo este sufrimiento y en sus palabras conclusivas del vía Crucis, afirmó: «La cruz de Jesús es el signo supremo del amor de Dios para cada hombre, la respuesta sobreabundante a la necesidad que tiene toda persona de ser amada. Cuando nos encontramos en la prueba, cuando nuestras familias deben afrontar el dolor, la tribulación, miremos a la cruz de Cristo: allí encontramos el valor y la fuerza para seguir caminando».