Luis Marín de San Martín: «No soy un burócrata, sino un testigo y servidor»
«Iré a donde sea necesaria mi presencia», asegura el agustino madrileño, nuevo limosnero y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad. «No busco la comodidad, sino la efectividad» y «estoy disponible para responder a las exigencias que conlleva» su nuevo encargo
El nuevo prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad y limosnero apostólico, Luis Marín de San Martín, cuenta a Alfa y Omega cómo afronta su nueva misión encomendada por el Papa León XIV, a quien conoce desde hace años. El hasta marzo subsecretario del Sínodo de los Obispos asegura que es urgente «una conversión al amor» para que la caridad cristiana no sirva solamente para calmar las conciencias. «El fundamento de la solidaridad cristiana es la identificación de Cristo con el pobre», recuerda el agustino español, nacido en Madrid en 1961.
—¿Le comunicó el Papa su nombramiento? ¿Cómo fue esa conversación?
—Se trata de un nombramiento pontificio y, por tanto, es el Papa quien lo comunica directamente. En mi caso también fue así. Hace algún tiempo me indicó la posibilidad y pidió mi opinión y aceptación. Yo estoy al servicio de la Iglesia, disponible para aquello en lo que me necesite y pueda ser de utilidad. He puesto mi vida en las manos del Señor y confío plenamente en Él. Además, me apoyo en tantos amigos, que rezan por mí.
En cuanto a las conversaciones con el Santo Padre, él analiza muy bien las cosas, tiene una mente clara y precisa. Es propositivo y no impositivo. La conversación es siempre fluida, cordial, de enorme confianza y se desarrolla en un ambiente de amistad y cercanía. Nos conocemos desde hace muchos años y yo tengo un gran afecto por él.

—¿Le ha dado ya León XIV alguna indicación sobre cómo quiere que sea ese ejercicio de la caridad que el limosnero hace en su nombre?
—Evidentemente, hablamos sobre el tema. Yo procuro informar periódicamente al Santo Padre y comentar con él ideas, proyectos y actuaciones. Y soy receptivo a lo que me quiera indicar. Por otra parte, tengo autonomía para gestionar un dicasterio muy amplio y activo. Nuestro trabajo se estructura en cinco áreas principales: área médico-sanitaria (con dos ambulatorios en la plaza de San Pedro), área higiénico-asistencial (duchas, comedores, dormitorios), caridad internacional (guerras, conflictos, desastres… ayuda que se gestiona a través de los nuncios), caridad local (ayuda a parroquias e instituciones) y gestión de las bendiciones apostólicas. Contamos con un elevado número de voluntarios por turnos. Por ejemplo, los médicos y enfermeros son unos 120 y vienen también doce diáconos permanentes de la diócesis de Roma. Nuestra labor se orienta siempre a concretar la solicitud y cercanía del Papa hacia los pobres, los vulnerables y los excluidos.
Para conocer las indicaciones del Papa, aconsejo leer y meditar, con una lectura orante, la exhortación apostólica Dilexi te, que trata del amor hacia los pobres y es el primer gran documento de León XIV.
—En su familia tiene ejemplos de cómo se hace práctica la caridad. ¿Nos podría contar un poco más?
—Las enseñanzas más profundas son las que se reciben en la familia. Y, sobre todo, las que brotan del testimonio, sin necesidad de palabras, las que se transmiten con el sencillo ejemplo cotidiano. Mis padres me enseñaron generosidad y misericordia porque ellos eran generosos y misericordiosos. Y lo hicieron sin muchas palabras, con hechos que constituyen un recuerdo precioso y ejemplar.
No es momento de entrar en detalles particulares, pero solo quiero resaltar algunos aspectos que mis padres me enseñaron, como pueden ser considerar siempre la dignidad del necesitado, escuchar con atención, ayudar en lo concreto y en lo posible, aunque sea poco, procurar ser discreto y no buscar jamás el aplauso —pero aceptar el agradecimiento con naturalidad—, y ser consciente de que también yo estoy necesitado en muchos aspectos. Y todo esto, en mis padres, brotaba de su fe sencilla, sin grandes complicaciones, pero honda y arraigada, que orientaba e iluminaba la vida.
—En términos de caridad, ¿qué cree usted que es lo más urgente en este momento?
—La conversión al amor. Es decir, se trata de que el amor (caritas) sea el eje de nuestro ser y actuar. Debemos recordar a san Pablo, para quien el amor es más grande que la fe y sin él nada tiene valor (cf. 1 Cor 13, 1-13). Todo se fundamenta en dos realidades: Dios es amor (1 Jn 4, 16) y solo en el amor nos reconocen como discípulos de Cristo (Jn 13, 35). Luego está la exigencia de concretarlo en los pobres y ver en ellos el rostro de Cristo sufriente: tuve hambre, sed, fui forastero, estuve desnudo, en la cárcel… ¿qué hiciste? (Mt 25, 34-46).

—¿Se ve yendo a Ucrania o a otros lugares donde haga falta que llegue la caridad del Papa?
—Ciertamente iré a donde sea necesaria mi presencia. No tengo ninguna duda. Yo no soy un burócrata, sino un testigo y un servidor. Así entiendo mi tarea como obispo y la respuesta a la misión que el Santo Padre me ha confiado. No busco la comodidad, sino la efectividad. Por tanto, estoy disponible para responder a las exigencias que conlleva este servicio de caridad.
—En la Iglesia hablamos mucho de los pobres, pero a veces los fieles no saben cómo se concreta esa ayuda. ¿Qué cambia en la vida real de una persona gracias a la Limosnería Apostólica?
—Tratamos de personalizar, de poner rostro, de asumir historias. A nosotros vienen hombres y mujeres heridos por las circunstancias de la vida y que se sienten rechazados. Tantas veces manifiestan incluso un déficit de fraternidad. Saben que resultan molestos a muchos y que parecen no ser bienvenidos. Nosotros debemos mostrar todo lo contrario: mirarlos a los ojos, escucharlos, atenderlos y quererlos. Darnos cuenta de que ellos también nos aportan porque, en el ejercicio de la caridad, todos nos mejoramos. Luego viene la ayuda concreta, organizada con responsabilidad y eficacia. Tengo unos colaboradores excelentes.
—¿Qué papel tienen o deberían tener los fieles y las parroquias en esta red de caridad universal que usted coordina?
—Yo no coordino una red de caridad universal, pero intento facilitar el trabajo en red. La tarea del dicasterio es muy clara: realizar en favor de los pobres, vulnerables y excluidos, en cualquier parte del mundo, la obra de asistencia y ayuda en nombre del Santo Padre. También concretar, en contacto con otros dicasterios competentes, su solicitud y cercanía hacia quienes viven en situaciones de indigencia, marginación o pobreza, así como en ocasión de graves calamidades. La actividad del dicasterio no excluye, sino que potencia la acción responsable de cada cristiano en particular y de las parroquias, facilitando la coordinación en la respuesta.
Es impresionante la generosidad de tantos particulares, grupos e instituciones que colaboran con nosotros, aportando a la caridad del Papa bienes y servicios muy concretos, siempre en favor de los pobres. He conocido personas buenas y generosas que, sin alardes, son un verdadero testimonio de vida cristiana en cuanto realidad de amor; que no solo dan cosas, sino que también se dan a sí mismas.

—¿Existe el riesgo de que la caridad tranquilice conciencias sin transformar vidas?
—Sí, existe el riesgo. Por eso hablaba antes de la necesidad de conversión. No se trata de un mero asistencialismo ni de convertirnos en una ONG, sino de responder, como discípulos y seguidores de Jesús, al grito de los pobres, ser Evangelio. El fundamento de la solidaridad cristiana es la identificación de Cristo con el pobre.
Por eso, la apuesta no debe ser de mínimos ni meramente superficial. ¿En quién estamos pensando? ¿En nosotros mismos? Es preciso ponernos delante de Jesús, verlo en el pobre y sentirnos implicados con él. No puede existir verdadera misericordia sin compasión. San Agustín es contundente: «Se habla de misericordia cuando la miseria ajena toca y sacude tu corazón. Por tanto, hermanos míos, considerad que todas las obras buenas que realizamos en esta vida caen dentro de la misericordia. Por ejemplo, das pan a un hambriento: ofrécele tu misericordia de corazón, no con desprecio; no consideres a un hombre semejante a ti como a un perro» (Sermón 358A, l).
—¿Qué tendría que cambiar en nuestras comunidades para que los pobres no se sientan atendidos, sino parte de la Iglesia?
—Si vivimos la comunión con Cristo Resucitado y en su cuerpo, la Iglesia, avanzaremos en el modelo indicado para las primeras comunidades cristianas: «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados» (Hch 4, 32-34). Es lo que expresa la bella imagen de la Iglesia como familia de Dios (Ef 2, 19).
Basta ya de divisiones, exclusiones, enfrentamientos entre nosotros. Basta ya de frialdad e insolidaridad. El egoísmo es muerte y la opción del cristiano debe ser siempre por la vida y su dignidad, desde el inicio hasta el final. Por eso, yo diría que se necesita coherencia y autenticidad. Esto nos dará valentía y generosidad. Y, también, una inmensa alegría.