En el país de san Agustín León XIV propone su receta para la paz
El Papa se ha despedido ya de Argelia, donde denunció las «violaciones del derecho internacional» y las «tentaciones neocoloniales» y propuso una original salida a la polarización entre fundamentalismo y secularización
El Papa León XIV ya se ha despedido de Argelia y vuela rumbo a Camerún. En el país magrebí deja mucho cariño. Prueba de ello es cómo los 15 minutos que iba a durar su visita al centro de las Agustinas Misioneras en Bab el Oued el pasado lunes se convirtieron en una hora «en familia». Lourdes Miguélez todavía se emociona por haber vuelto a ver «a un viejo amigo» que ya las había visitado como prior de los agustinos.
También las musulmanas que se forman con ellas «estaban emocionadísimas. Le decían que cogiera lo que quisiera» de las cosas que fabrican. «Al final se llevó un collar muy bonito de coral rojo y un decenario. Decían que nunca lo olvidarían». Este conocimiento mutuo «es un puente único. Cuando uno se conoce no tiene miedo al otro».
En su intervención, el Papa les agradeció su testimonio: "Vuestra comunidad me ha ayudado mucho a descubrir una dimensión que muchas veces no reconocemos… lo que hacéis aquí es el corazón de la vida agustiniana y consagrada: 𝗗𝗮𝗿 𝘁𝗲𝘀𝘁𝗶𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗰𝗼𝗻 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮." pic.twitter.com/3oECnGmkKC
— Agustinos (@OSA_Agustinos) April 14, 2026
A las religiosas, el Santo Padre las animó a «seguir en el camino de san Agustín: encuentro, fidelidad, oración, esperanza, caridad y unidad». Un adelanto de las palabras que iba a pronunciar acto seguido a la comunidad argelina en la basílica de Nuestra Señora de África, donde «casi la mitad de asistentes eran musulmanes», apunta la religiosa. No en vano acuden con frecuencia allí a rezar. El Santo Padre se centró en la oración —gracias a la cual la Iglesia en Argelia «llega a lugares que solo el Señor conoce»—, la caridad y la unidad bajo el manto de la Virgen.
El Pontífice subrayó que «la fe no aísla, sino que abre; une, pero no confunde; acerca sin uniformar y hace crecer una verdadera fraternidad». Ejemplo de lo dicho fueron los mártires argelinos, que, animados por el amor, «eligieron estar al lado de este pueblo en sus alegrías y en sus dolores». «Su sangre es una semilla viva que nunca deja de dar fruto».

Al día siguiente, en una residencia de ancianos (también mayoritariamente musulmanes) de las Hermanitas de los Pobres, el Pontífice insistió en su apuesta por la unidad construida desde la caridad. Dios, cuyo corazón «está desgarrado por las guerras, la violencia, las injusticias y las mentiras», se consuela con proyectos como este, pues «está con los pequeños y los humildes, y con ellos lleva adelante su Reino de amor y de paz. Como tratan de hacer ustedes».
León XIV había inaugurado en la mañana del lunes el primer gran viaje planeado por él —después del de Turquía y el Líbano, soñado por Francisco—. Argelia era el tercer país con una amplia población islámica que visitaba en cinco meses. Toda una declaración de intenciones en el belicoso panorama internacional actual, que no deja de salpicar a esta nación magrebí: el mismo día de su llegada, dos terroristas se inmolaron mientras intentaban atacar una comisaría en Bilda, a unos 40 kilómetros de Argel.

«Mientras los conflictos se multiplican continuamente en todo el mundo, no se puede añadir resentimiento al resentimiento, de generación en generación», pues «Dios desea la paz para cada país», aseguró en el Monumento de los Mártires Maqam Echahid, homenaje a los fallecidos en la guerra de independencia. Esta paz «no es solo ausencia de conflicto, sino expresión de justicia y de dignidad». Y «es posible solamente con el perdón».
A continuación, ante el presidente, Abdelmajid Tebboune; las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático, el Santo Padre les puso deberes en el panorama geopolítico: los exhortó a aprender de los «dramáticos acontecimientos» de su pasado para «imaginar y alcanzar una mayor justicia entre los pueblos» y «convertirse en protagonistas de un nuevo rumbo de la historia —hoy más urgente que nunca— ante las continuas violaciones del derecho internacional y de las tentaciones neocoloniales».

También comparó valores de la sociedad argelina como la acogida y la solidaridad con cómo «muchas sociedades que se creen avanzadas se precipitan cada vez más en la desigualdad y la exclusión», destruyendo «el mundo que el Altísimo ha creado para que viviéramos juntos». Y los animó a construir «una sociedad civil viva, dinámica y libre», basada en el servicio al pueblo y «la cooperación de todos para la realización del bien común».
A orillas del Mediterráneo, el Papa no podía dejar de aludir a la cuestión migratoria: «¡Ay de nosotros si convertimos» el mar y el desierto, lugares de «enriquecimiento mutuo» y «confluencia de caminos geográficos y espirituales», en «cementerios donde muere también la esperanza!». Frente a esto, clamó: «¡Multipliquemos los oasis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, luchemos contra quienes se lucran con la desgracia!».
El Santo Padre no eludió otra cuestión espinosa, la «tensión» que se da en Argelia y otros países entre «dinámicas opuestas, de fundamentalismo o de secularización», que hacen perder «el sentido auténtico de Dios y de la dignidad de todas sus creaturas». Lejos de asustarnos, invitó a considerar estas «polarizaciones» señal de «una época extraordinaria, de gran renovación», en «la que quien mantiene libre el corazón y despierta la conciencia puede obtener de las grandes tradiciones espirituales y religiosas nuevas visiones de la realidad».
Esa misma tarde, en la Gran Mezquita de Argel, la mayor de África, que recorrió descalzo y con profundo respeto, el Pontífice citó de nuevo a san Agustín para proponer su enseñanza de «búsqueda de la verdad, búsqueda de Dios», que implica «aprender a vivir juntos con respeto por la dignidad de cada persona humana». En efecto, León XIV no dudó en citar también en un templo musulmán al santo de Hipona, su padre espiritual y uno de los principales motivos de su viaje. Al día siguiente, recorrió en silencio las ruinas de la ciudad de la que fue obispo el santo, junto a Annaba, en las que plantó un olivo antes de celebrar, esa tarde, una Misa en la basílica que lleva su nombre.