Recuerdo cómo no dí crédito al ver a Lennon cantando Imagine desde la misma cama junto a Yoko Ono, o cuando Bono le cantaba a la rebelde Aung San Suu Kyi. Recuerdo cómo fue descubrir a Brotes cantando el Aleluya de la Tierra o Taizé a la paz del mundo.
Lograr una paz desarmada y desarmante como la que predica el Papa es aceptar que no tenemos ni debemos tener el control, aunque esto nos cueste o asuste. Porque el desarme va mucho más allá del rechazo a la guerra, es el abandono de toda actitud de reproche. Ahí es donde el Espíritu mejor actúa.
En plena Pascua resuena en todos la llamada de Dios para que volvamos a nacer. Una llamada que no significa comenzar como bebes, porque lo que hemos vivido hasta ahora seguro que ha sido maravilloso a pesar de las cruces que hayamos podido vivir.
Volver a nacer no es dar la espalda a lo vivido, sino aprender a vivir todo como nuevo, o lo que es lo mismo para los clásicos, aprender a escuchar los signos de los tiempos.
Parafraseando a Hadjadj en su obra El paraíso en la puerta, en el cielo Dios ni habla ni enseña, sino que canta. Porque al cantar transforma los corazones más duros, o directamente las trompetas derriban el muro de nuestras falsas convicciones.
Ser Iglesia es saber renovarnos, estar abiertos a que el mundo cambia, el espíritu es libre para soplar, y Dios solo se compromete a actuar allí donde le dejamos.
Vuelven a mí el dulce sueño de Jesús en la barca mientras sus discípulos se estremecían. Y es que en estos tiempos, como en todos, nos estremecemos muy fácilmente con las cosas del mundo. Pero nos cuesta mucho hacernos uno con un Espíritu que insufla vida donde quiere.
Estuve en la Fiesta de la Resurrección, una propuesta de la ACdP, uno más de los siempre bien intencionados intentos de que una tela nueva tire de la vieja.
La Iglesia tiene que moverse, porque si se quedase quieta no sería expresión de Dios en el mundo.
Mientras en otra época más reciente se movía al son del ultimo libro de tu autor favorito. Hoy en el mundo se mueve al son de la música. De los seminarios de impacto, o de testimonios de vida. Porque donde buscábamos conocimiento y despreciabamos los sentimientos, hoy abrazamos el testimonio y minusvaloramos la formación.
O dicho de otro modo en este mismo diario, en palabras del cardenal salesiano Cristóbal López: «una tentación de quienes sufren de depresión religiosa, que es la de volver atrás, «antes esto no era así», «esto nos ha llegado después del Vaticano II», «volvamos atrás, a como siempre se ha hecho…»».
Las nuevas expresiones no son ni mejores ni peores, son nuevas, o renovadas. Por ello, solo falta ayudar y encauzar, y para ello no hay mejor camino que acompañar y compartir.
Hakuna, Effeta, Amor Conyugal, etc. No son la salvación de la Iglesia, como no lo han sido el Opus, Kikos o Focolares. O como no lo será lo que venga en el futuro. La Iglesia seguirá, y seguirá. Y aunque parezca a veces dormida, solo es porque Dios está confiando en nosotros. Pero quizás lo mejor para el descanso de todos es escuchar una de las preciosas nanas que nuestra madre nos cantaba. ¿Podríamos dejarnos interpelar por la canción, aunque no nos llame la letra, ni el baile, ni el sonido, pero sí el Amor y la Esperanza que contagia?
Seguramente se podrían hacer miles de conciertos, oraciones, horas santas, lectios, concentraciones o eucaristías. Pero hablar de Resurrección es hablar de apertura a lo nuevo, es hablar de desarme, de fragilidad, de exponerse a cambiar, de confiar.
Seguramente para muchos esto sea muy inocente, optimista, o infantil. Hasta este lleno de errores y casi que invite a las caídas. Hasta creo que no es el mejor concierto posible para visibilizar la Esperanza de la Resurrección. Pero ¿No es mejor una Iglesia que da mil oportunidades a Judas? ¿No resucitó Cristo con su cuerpo lleno aún de heridas? ¿Puede la Iglesia permitirse vivir sin caer?
La Iglesia nunca estará más viva como cuando confía, y nunca estará más perdida que cuando se llena de críticas.
En estas, solo me queda hacer una llamada pobre y sencilla. ¿Y si por una vez en hablar de lo nuestro, hablamos de lo de Dios?
Porque la música no toca el corazón sin más. Lo toca para que todo nuestro cuerpo se mueva. Quizás entonces hará falta una formación para que nuestro movimiento tenga el discernimiento más adecuado.
Carlos Carrasco Schlatter
Sacerdote diocesano de Sevilla