En una carta de principios de 1956, Tolkien escribía a uno de sus cientos de corresponsales que El Señor de los Anillos solo se escribió para «disfrutar» y «entretener»: «En la obra no hay ninguna alegoría moral, política ni contemporánea en absoluto», sino que es «un cuento de hadas», aunque, indica el autor británico, está repleto de lo que él denomina «situaciones sacrificiales» en las que el Bien del mundo depende de la conducta de un individuo que se encuentra en circunstancias «que exigen que él sufra y soporte mucho más de lo normal», o que exigen de él «una fortaleza de cuerpo y mente» que no posee.
Estas afirmaciones resultan desconcertantes porque echan por tierra numerosas convicciones y obcecaciones de nuestro tiempo, entre ellas la de exigir que cualquier creación artística esconda una justificación utilitaria, estética o aleccionadora. Tolkien insiste en numerosas cartas que todos sus escritos fueron redactados para poder gozar de nuestra imaginación, potencia humana que no comparece como adorno de la realidad ni mucho menos como mecanismo de evasión. La imaginación es para él, más bien, la capacidad para reencantar el mundo, la recuperación de la hondura perdida por una cultura obsesionada con el rendimiento y la productividad. La imaginación se atreve a arremeter contra el imperio del para-qué. «La rosa es sin porqué; florece porque florece», apuntó en el siglo XVII el místico Angelus Silesius.
La misión que se inicia en El Señor de los Anillos estaba «destinada a fracasar como plan mundano», explica Tolkien, o a acabar en desastre, y sin embargo Frodo se encamina hacia ella por pura nobleza, por desinteresada entrega. Este aparente fracaso encierra una de las intuiciones más prolíficas de estas cartas, publicadas en deleitable edición ampliada: ejercer la imaginación, aventurarse —como escribiría María Zambrano—, nos empuja a percibir y presentir dimensiones de la realidad que permanecen ocultas para una mirada instrumental. El mérito de Gandalf, como sugiere Tolkien, no es el de ser un prodigioso mago, sino el de abandonar «toda esperanza personal de éxito» y entregarse por entero al que considera su cometido. No piensa en el motivo de su acción: se entrega a ella.
La realidad siempre excede los límites de la utilidad. La imaginación nace de un acto radical de escucha, cuando nos damos cuenta de que «la vida se encuentra por encima de la medida de todos nosotros». Por eso, defiende Tolkien, «todos necesitamos literatura que esté por encima de nuestra medida»: que nos invite a restituir el carácter misterioso de la vida para creer en lo Imposible.
J. R. R. Tolkien
Minotauro
2026
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