Lagar de María. El vino vuelve a los monasterios
Este proyecto propone un enoturismo diferente que ayude a sostener los claustros españoles y rescate la estrecha relación entre la vida monástica y la viticultura
En pleno verano, cuando el calor aplasta las viñas y el aire huele a tomillo y tierra seca, pocas imágenes resultan tan españolas como una copa de vino a la sombra. Lo que casi nadie recuerda es que, antes de convertirse en el compañero natural de muchas sobremesas, el vino encontró durante siglos su mejor refugio entre gruesos muros de piedra, en monasterios donde el silencio era tan importante como la paciencia.
España aprendió a cultivar el vino mucho antes de que existieran las denominaciones de origen o el enoturismo. Tras la caída del Imperio romano, fueron los monasterios quienes conservaron las cepas. perfeccionaron los cultivos y experimentaron con los terrenos. Benedictinos, cistercienses, jerónimos o cartujos no solo necesitaban vino para celebrar la Eucaristía; hicieron de la viña una forma de trabajo, de hospitalidad y de cuidado de la creación. El célebre ora et labora también se formaba entre racimos y barricas.

Muchas de las grandes regiones vinícolas españolas crecieron al abrigo de esas comunidades religiosas. En torno a monasterios como San Millán de la Cogolla, Valvanera, Poblet, Cardeña, Veruela o La Oliva, las viñas fueron modelando el paisaje y también la economía de pueblos enteros. El vino salía de las bodegas monásticas para abastecer a peregrinos, viajeros y mercados cercanos. Los monjes entendían que una buena botella empezaba mucho antes de la vendimia: en la observación paciente del clima, del suelo y de los ritmos de la naturaleza. Quizá por eso resulta tan sugerente que, en pleno siglo XXI, una iniciativa nacida tras una peregrinación a Medjugorje quiera volver a unir esos dos mundos: el vino y el monasterio. El proyecto El Lagar de María, impulsado por Elena Añover y su marido, propone algo más que una cata. Invita a pasar un fin de semana en comunidades contemplativas para descubrir que detrás de cada copa hay una historia de fe, hospitalidad y siglos de tradición.
«No es solo una cata»
Todo empezó con una intuición. «Llevábamos dándole vueltas desde el verano pasado y, a partir de septiembre, vi claro que teníamos que enfocarnos en esto», explica Añover a Alfa y Omega. Su trayectoria profesional poco tenía que ver con el mundo del vino —«mi mundo es el financiero»—, pero decidió formarse como sumiller y estudiar la historia de la viticultura monástica antes de poner en marcha un proyecto que hoy considera casi una vocación. La idea nació al constatar dos realidades que, a su juicio, podían encontrarse. «Por un lado, el deseo que tiene mucha gente de vivir experiencias diferentes y, por otro, la necesidad enorme que tienen muchas comunidades monásticas de encontrar formas de sostenerse». El resultado son fines de semana en monasterios donde el vino sirve de hilo conductor para descubrir una forma de vida que muchos desconocen.
«No es solo una cata», insiste. Quienes participan llegan el viernes, comparten la mesa con la comunidad, se presentan, conversan y conviven con los monjes o las monjas durante todo el fin de semana. El sábado se celebra la cata comentada, acompañada de explicaciones sobre la historia del vino y de los monasterios, mientras el resto del tiempo los asistentes participan, en la medida de lo posible, en la vida cotidiana de la comunidad. «Acompañamos a las hermanas en lo que vayan a hacer, la gente se sorprende, empieza a hacerse preguntas y se crea una sintonía muy bonita. Es como un mini retiro en torno al vino y a los productos monásticos». Hasta ahora han organizado tres experiencias completas y también una cata divulgativa para 70 personas en un monasterio.
Uno de los lugares que más ha impresionado a Añover es el monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos, una de las escasas comunidades españolas que siguen elaborando vino. «La bodega medieval es preciosa. Muchas bodegas modernas intentan conseguir la temperatura que ellos tienen de forma natural». Allí conoció al hermano Guillermo, cuya explicación resume el espíritu del lugar: «Esto es producto de la oración».
También destaca el monasterio cisterciense de La Oliva, en Navarra, donde los monjes vivieron durante siglos del cultivo de la vid. Hoy, sin embargo, el envejecimiento de la comunidad y la falta de vocaciones les ha obligado a buscar nuevas fórmulas. «El abad decidió contratar a una enóloga porque ya no podían asumir solos el trabajo. El bodeguero tiene más de 80 años. Gracias a esa colaboración están produciendo mucho más y elaboran tres vinos magníficos, con la garnacha como protagonista». La experiencia no se limita al vino. En cada encuentro procuran incorporar alimentos elaborados por otras comunidades religiosas. «Vamos comprando productos monásticos para que ellos también se beneficien». Así, en el monasterio cisterciense de Tulebras adquirieron quesos y aceites que después sirvieron para acompañar la cata.
El nombre del proyecto tampoco es casual. «El Lagar de María es por la Virgen», concluye. Un homenaje a aquella mujer cuyo «sí» hizo posible el vino nuevo del Evangelio y que inspira ahora una iniciativa que busca unir patrimonio, espiritualidad, cultura y hospitalidad en torno a una copa.