Todo es ya gracia

«Sabemos que todo concurre para el bien en aquellos que aman a Dios»: estas palabras de san Pablo en su Carta a los Romanos han sido siempre para mí una experiencia vivida, y lo es hoy, tras más de 20 años unido, a través de las páginas de Alfa y Omega, a tantos amigos lectores, de un modo muy especial. Por ello doy gracias a Dios y a todos ustedes, y pido perdón, conmovido sin duda, pero con esa misma certeza que expresa san Pablo

Alfonso Simón

«Sabemos que todo concurre para el bien en aquellos que aman a Dios»: estas palabras de san Pablo en su Carta a los Romanos han sido siempre para mí una experiencia vivida, y lo es hoy, tras más de 20 años unido, a través de las páginas de Alfa y Omega, a tantos amigos lectores, de un modo muy especial. Por ello doy gracias a Dios y a todos ustedes, y pido perdón, conmovido sin duda, pero con esa misma certeza que expresa san Pablo

Quien reconoce la presencia viva de Cristo resucitado en medio de nosotros, sean cuales fueren las circunstancias, siempre puede pronunciar, de todo corazón, las palabras con que Georges Bernanos finaliza su Diario de un cura rural: «Todo es ya gracia». Y en mi caso lo digo palpando, incluso físicamente, esa Presencia, ciertamente del Resucitado, a Quien, desde luego, no le faltan las llagas de pies, manos y costado.

Desde mi responsabilidad de Delegado Episcopal para Alfa y Omega, que ahora pasa a otras manos, he venido desempeñando también las funciones de director de Alfa y Omega desde el día 1 de mayo del pasado 2014, fecha en que se despedía, en esta misma página del semanario, el que fue su director desde su mismo inicio, allá por el año 1994, nuestro querido Miguel Ángel Velasco. Esto coincidió de modo providencial –como ha sucedido todo en la historia ya de dos décadas de estas páginas– con el número dedicado especialmente a los dos Papas santos, juntos, Juan XXIII y Juan Pablo II, cuyo: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!» ha sido el aliento constante y la luz que, de la mano sabia de Miguel Ángel y, en este año largo posterior, del espléndido equipo de profesionales del periodismo que forman hoy la redacción de Alfa y Omega, ha guiado en todo momento a nuestro semanario. La fidelidad de ustedes, asiduos lectores, con los ecos que no dejan de llegarnos, a lo largo ya de más de veinte años, da buena fe de ello.

Ahora –no menos providencialmente– asume la dirección quien, siendo aún estudiante de Periodismo, daba sus primeros pasos en la profesión, como becario, precisamente de la mano de Alfa y Omega recién nacida, en su primera etapa, en el curso 1994-1995, Ricardo Benjumea, que en varias etapas de nuestra historia ha sido redactor, y redactor jefe del semanario desde octubre de 2006. Y la asume en la nueva etapa que inicia la Iglesia en Madrid, con renovada ilusión en seguir el mandato de Cristo de llevar la alegría de la Buena Noticia a todos los hombres.

Es éste, pues, momento para agradecer, en primer lugar, a Dios nuestro Señor el inmenso privilegio que ha sido para mí compartir mi vida y mi ministerio sacerdotal, ¡nada menos que durante más de veinte años!, en este servicio a la proclamación del Evangelio a los cuatro vientos, y en primera línea, y agradecer a continuación a todos ustedes, queridos lectores, que son los destinatarios de nuestro trabajo, a los que apoyan al semanario con su mecenazgo y, sobre todo, con sus oraciones y su aliento; de un modo especial, y de todo corazón, quiero dar las gracias a los pastores de la Iglesia en Madrid que idearon y alentaron esta apasionante aventura evangelizadora, desde su inicio: al cardenal Ángel Suquía y al entonces obispo auxiliar monseñor Javier Martínez; a su fundamental impulsor, el cardenal Antonio María Rouco, junto con sus obispos auxiliares. Sí, quiero agradecer este inmenso privilegio de haber sido testigo del milagro semanal que no ha dejado de ser Alfa y Omega, al servicio, no de cualquier cosa, sino de la primera y más indispensable necesidad de los hombres: conocer y amar a Jesucristo, que ahuyenta el miedo y cumple el deseo infinito de felicidad que anida en todo corazón humano.

Es exactamente a esa necesidad a la que ha tratado siempre de responder Alfa y Omega, ya desde su primera etapa, a partir del 9 de octubre de 1994, y en su segunda, de la mano amiga de ABC, desde el 9 de diciembre de 1995, que hoy llega al nº 934.

En el mercado de los medios de comunicación faltan respuestas a las preguntas claves de la existencia. Es abrumadora la cantidad de ofertas sobre todo tipo de cosas…, menos sobre lo que más importa en la vida: su significado. En esto el vacío era clamoroso, y Alfa y Omega surgió, justamente, con el deseo de llenar este vacío, y ya lo viene haciendo por más de veinte años.

Desde su inicio, quisimos expresar el secreto del semanario con estas certeras palabras de Dostoyevski: «El secreto de la existencia humana no consiste sólo en vivir, sino en saber para qué se vive». Y tal sabiduría no es otra que el mismo Jesucristo, el Alfa y la Omega, como lo llama san Juan en el Libro del Apocalipsis. Él tiene que ver con todo en la vida, porque tiene que ver con el significado de la vida. Más exactamente, ¡porque es el significado de la vida! De ahí que Alfa y Omega ha mostrado siempre –y mi mayor deseo es que Dios quiera que siga haciéndolo por mucho tiempo– que la religión no es una parcela de la vida, referida sólo a lo espiritual, sino que Dios, Jesucristo, tiene que ver con todo, con el cine y la música, con la familia y la educación, con la política y la economía…, absolutamente con todo.

Durante más de veinte años, he sido testigo privilegiado, exactamente, de las palabras de Bernanos. A la hora de decir hasta siempre, es grande y fuerte el gozo que brota de la certeza de saber y experimentar, hoy como el primer día, que todo es ya gracia.

Alfonso Simón