Tambores y trompetas

Joaquín Martín Abad
Foto: Maya Balanya

Pum, pum, pum, purubum. Incluso los niños pueden reconocer esta onomatopeya de los tambores de la Semana Santa. Y la otra (chunta) con la cadencia de las trompetas de las procesiones. Nos disponemos en Madrid, como en toda España, a presenciar desde el próximo Domingo de Ramos el desfile de hermandades y cofradías con los pasos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor y, al final en la Pascua, con los de la Resurrección.

Las calles se llenan de religiosidad popular para contemplar al Redentor y a la Madre en peanas a hombros de costaleros, imágenes de lo que real y sacramentalmente se celebra en cada templo.

Pero la procesión ha de ir por dentro, tanto en los cofrades vestidos iguales por fraternidad, pues Jesucristo nos hermanó, como en quienes contemplan tronos que salen de la iglesia después de la liturgia y vuelven al templo para celebrar el memorial, en el triduo sacro y en la Pascua. Se nos sobrecoge la mirada hasta los ojos del corazón. Y no debe separarse la emoción religiosa del testimonio personal y comunitario; ni encapucharse el compromiso cristiano tanto en la Semana Santa como en las santas semanas del año.

Es característica la música repetitiva de tambores timbrados, bombos broncos y trompetas hirientes, como una oración litánica que invita al silencio. En algunos pueblos, pongamos que en Aragón, el redoble de tambores es tan original y variado de ritmos que, con el más elemental de los golpeos, reza y reza y reza interminablemente en la rompida de la hora, en que nuestro Señor rompió el tiempo con su muerte en la espera de la resurrección y en la eternidad.

Los tambores y bombos, atabales y timbales han sido batidos por judíos y romanos, por moros y cristianos como también se soplaba el sofar o el clarín, el cuerno o la corneta, en son de guerra o de victoria.

Pero en Semana Santa, ¿por qué tambores y trompetas? Pues porque el rey don Jaime –siglo XIII– en su reinado desde Monzón hasta Murcia, y Cataluña, Valencia y Baleares, creyó que esos sonidos atronadores, ceñidos a pocas diversiones, cuadraban con los únicos instrumentos de la milicia romana que acompañaron a Jesucristo hasta la cruz. Y ordenó que en la Semana Santa sonasen, solo, tambores y trompetas. En son de paz. Como una plegaria.

Joaquín Martín Abad