Rocío Figueroa Soler: «Mis hijas aprenden allí, sin necesidad de charlas, la importancia de las cosas»
Rocío, su marido y sus hijas viajaron hasta Arequipa este verano para colaborar en una misión con niños que sostiene una parroquia madrileña
—La parroquia San Fulgencio y San Bernardo de Madrid lleva más de 40 años colaborando con CIRCA, la Federación de Círculos Sociales Católicos de Arequipa en Perú. ¿Qué realidad se encuentra el misionero cuando llegáis allí?
—Arequipa tiene una doble realidad. El centro es una ciudad cuidada, limpia y muy bonita, pero, cuando sales de esas calles, aparecen barrios mucho menos desarrollados, con una calidad de vida más precaria y faltos incluso de infraestructuras. A esto se suman problemas económicos y sociales.
—El proyecto se dedica especialmente a los niños.
—CIRCA tiene cinco orfanatos y 37 colegios concertados. En los colegios estudian niños de todos los niveles sociales. En los orfanatos viven niños que, por unas circunstancias u otras, están en situación de vulnerabilidad y cuyos padres no pueden hacerse cargo de ellos: porque están en prisión, han fallecido, viven o trabajan en la selva o no pueden costear lo que necesitan para vivir.
—Es la segunda vez que dedica su verano a visitar a los niños, y, además, lo hace en familia. Cuénteme una historia que le haya tocado especialmente.
—Hay muchas. Recuerdo a una niña que había sido sacada de una secta y que tenía muchísimos problemas afectivos después de haber sufrido abusos. Pero hay otra historia que me causa especial ternura: seis hermanos, cinco niñas y un niño, que vivían en una familia inmersa en una situación de violencia. Su madre murió de un ictus y el padre renunció a hacerse cargo de ellos. CIRCA los acogió y, aunque viven separados en distintos centros, mantienen sus vínculos de familia. Recuerdo que el hermano mayor encontró una concha, le hizo un collar a su hermana pequeña y ella lo llevó durante muchísimos días.

—¿Cómo se vive una experiencia así en familia?
—Es una experiencia familiar maravillosa. Tus hijas aprenden allí, sin necesidad de charlas, que las cosas importan menos de lo que creemos. Aprenden de la alegría y de la fe con la que viven y ayuda a centrarse en lo importante: nuestra fe, nuestro amor mutuo y el amor que podemos dar a los demás.
—¿Cómo nació CIRCA?
—Nació en 1958, después de un terremoto que dejó a muchos niños sin casa, recursos e incluso familia. Un sacerdote jesuita italiano recogió a esos menores y creó la asociación. Hoy día la lidera una de las entonces niñas que recogió en su día.
—¿Qué ocurre con los niños cuando crecen?
—Se les acompaña para que estudien y tengan un futuro. Cuando llegan a la mayoría de edad pueden desvincularse, pero también se les ofrece quedarse para seguir ayudando. Muchos que crecieron en los orfanatos ahora cuidan de los pequeños. Son una familia.
—¿Qué significa para la parroquia mantener este vínculo?
—Ahora sentimos un vínculo mucho más fuerte. Ya no se trata solo de recaudar dinero: sentimos que somos familia y que su vida durante el resto del año depende también de lo que nosotros hagamos aquí.
—¿Qué aporta una parroquia madrileña a Arequipa?
—Sobre todo, nuestra ayuda económica, pero también nuestra fe, nuestro cariño y nuestro trabajo. Creo que lo más importante es sentirnos cerca de ellos como familia y sentirles hermanos en la fe.

—¿Y qué recibe una parroquia como la vuestra?
—Una escuela de fe brutal. Son verdaderos maestros en la confianza en Dios. Y también una escuela de amor al prójimo. Se entregan en cuerpo y alma por los demás. Todo eso es lo que más nos traemos en la maleta.
—¿Ha cambiado su manera de mirar a sus hijas?
—Me siento muy orgullosa de ver cómo mis hijas han crecido en darse a los demás. Me emociono cuando las veo jugar con los niños, enseñarles o ayudarles. Para mí ha sido también una lección de humildad: los más pequeños tienen mucho que enseñar a los mayores.
—Si tuvieras que quedarte con una sola imagen, ¿cuál sería?
—Los abrazos de despedida. Ellos se abrazan, hacen piña y te rodean con sus bracitos. Es el momento en el que quieres parar el tiempo. Aunque nos separen otra vez 9.000 kilómetros, seguiremos unidos en la oración y en la esperanza de reencontrarnos. Nosotros llevaremos lo poquito que podamos en la maleta y ellos volverán a recordarnos cómo es el verdadero amor.