Previsor

Aurelio García Macías
El cambista y su mujer, de Marinus van Reymerswaele. Foto: Museo de Prado

Este texto es considerado uno de los más difíciles y enigmáticos del Evangelio de Lucas. Está enmarcado entre la parábola del hijo pródigo y la parábola del rico epulón, que tienen como común denominador el tema del dinero. Mientras que en las dos parábolas mencionadas Jesús se dirige a los escribas y fariseos, en esta Palabra sin embargo se dirige a sus discípulos. ¿Qué les quiere enseñar?

La primera parte del Evangelio describe una parábola de Jesús cuyo protagonista es un mayordomo acusado de derrochar los bienes de su amo. Existían terratenientes y grandes acaudalados que confiaban sus tierras y negocios a administradores locales. En este caso, fue acusado de malgastar la propiedad que se le había confiado. El amo le exigió rendir cuentas. No se especifica si las acusaciones eran verídicas o no; tampoco hay referencia a una defensa del mayordomo. Lo evidente es que fue despedido, considerado culpable de apropiación indebida y malversación de fondos.

Los criterios de este mundo

En esta situación, el mayordomo vive una verdadera crisis personal. Pierde un trabajo importante; se considera incompetente para dedicarse a un trabajo manual que nunca ha hecho, y le avergüenza pedir limosna para vivir –es curioso que no le diera vergüenza robar–. Por eso se pregunta qué hacer. En el poco tiempo que le queda antes de abandonar el trabajo, planea una estrategia para asegurar su futuro. Fue llamando uno a uno de los deudores de su amo, a solas, para que se creyeran únicos beneficiarios, y fue reduciendo la deuda contraída con su amo en grandes cantidades. Por los datos aportados se trataba de grandes negociantes de aceite y trigo, a los que el mayordomo ofrece grandes descuentos. Con este modo de proceder quiso ganarse el favor y el apoyo de los deudores para cuando él fuera despedido, y asegurarse así la ayuda y reconocimiento de estos en el futuro. Es decir, se hace amigos en el presente para ser ayudado por ellos en el futuro.

El amo, al enterarse, alabó la reacción del mayordomo. ¿Por qué? No por haber usado deshonestamente los recursos que no le pertenecían, ni por su comportamiento injusto; sino por la inteligente y decisiva reacción que tuvo para actuar, sabiendo utilizar los medios de los que disponía para conseguir su objetivo: obtener el favor de los deudores para solucionar su futuro. El mayordomo es previsor, sabe planificar anticipadamente, usando los bienes de su amo para asegurar su porvenir. La sagacidad del administrador participa de los criterios de este mundo, que el mismo amo compartía. Actuó como los hijos de este mundo, no como los hijos de la luz.

La sagacidad de los hijos de la luz

Por eso, el texto evangélico afirma que el mundo elogia a los estafadores inteligentes y que estos suelen ser más astutos que los hijos de la luz para darse cuenta de la urgencia del momento, actuar en beneficio propio y asegurarse su futuro. Los hijos de la luz –los discípulos de Cristo– deberían aprender a ser sagaces, sin dejar de ser justos, para saber utilizar convenientemente los medios que disponen en vida para alcanzar el fin que persiguen: las moradas eternas.

Jesús quiere que sus discípulos usen las riquezas de este mundo para instaurar los valores del Reino de Dios con el mismo empeño y sagacidad que el mayordomo deshonesto. De forma sabia, pero no deshonesta.

El texto finaliza con varios dichos que Jesús dirige a sus discípulos en torno al tema de las riquezas. El primero: «Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas». Se gana amigos con las riquezas injustas cuando se ponen al servicio de los necesitados; solo así se usa con justicia el dinero injusto. El segundo: «El que es fiel –o injusto– en lo poco, también en lo mucho es fiel –o injusto–». Si no eres fiel en el uso del dinero –que es poco–, no lo serás en las cosas mayores –valores del Reino de Dios–. Y el tercero: «No podéis servir a Dios y al dinero». La confianza y seguridad en el dinero es incompatible con el servicio a Dios y a los necesitados. No podemos convivir con Dios y con los ídolos.

El Señor advierte a sus discípulos de los peligros asociados a las riquezas que compiten con Dios. La tentación de amar al dinero se combate con el amor a los necesitados. El dinero, las riquezas son un medio, no un fin. Recuerdo a este respecto una curiosa frase que escuché hace años: «Ayuda a los pobres de este mundo y ellos te ayudarán en el próximo».

Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos


Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”. El administrador se puso a decir para sí: “¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”. Este respondió: “100 barriles de aceite”. Él le dijo: “Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe 50”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Él dijo: “100 fanegas de trigo”. Le dice: “Toma tu recibo y escribe 80”. Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.

Si, pues, no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

Lucas 16, 1-13