Se llenaron de paz y alegría - Alfa y Omega

Se llenaron de paz y alegría

Solemnidad de Pentecostés / Juan 20, 19-23

María Yela
'Pentecostés'. Mosaico en la catedral basílica de Saint Louis, en Misuri (Estados Unidos).
Pentecostés. Mosaico en la catedral basílica de Saint Louis, en Misuri (Estados Unidos). Foto: Wikimedia Commons / Pete Unseth.

Evangelio: Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Comentario

Encerrados y temerosos, los discípulos se llenaron de paz y alegría al ver entrar a Jesús. Han pasado muchos siglos desde entonces, pero este texto nos invita a pensar en cómo es nuestro encuentro con Él, cómo podemos vivir un Pentecostés diario. En el fondo compartimos en nuestro recorrido vital muchas inquietudes con aquellos humanos de hace 21 siglos: comemos, criamos hijos, descansamos, trabajamos. ¿Y vivimos todo ello con paz y alegría o más bien nos sentimos con frecuencia encerrados, agobiados por muy diversos problemas porque nuestros hijos no encuentran trabajo, porque nuestros proyectos no salen como pensábamos tras esforzarnos?  Cuando todo se vuelve tiniebla e incertidumbre, cuando vivimos con contradicciones y altibajos y se tambalea nuestra fe, nos puede ayudar recordar que Él sí tiene fe en nosotros. Que existen muchos lugares en los que Jesús nos sale al encuentro y llora a nuestro lado, impulsándonos a seguir y a dejarnos guiar. Existen también momentos en los que se revela, nos da paz y sentido, nos llena esa capacidad de amar y perdonar que creíamos ya casi vacía. Incluso aunque los que tenemos cerca no lo entiendan ni nos entiendan y nos tilden de absurdos e ilusos. 

Intentemos reservar un tiempo para encontrarnos con nosotros mismos y para hacernos preguntas. Aunque no hallemos todas las respuestas que necesitamos, sigamos avanzando. Para ello nos ayudará también tener amigos, leer, contar con referencias como Francisco de Asís, quien aconsejaba «ora y vela»; a pesar de las distracciones inevitables. Y recordar las enseñanzas de nuestros abuelos y de todas esas personas faro que la vida nos regala. El Espíritu también habla a través de ellas. Nos sirve de mucho vivir con agradecimiento los acontecimientos diarios con espíritu de fraternidad en medio de tanta crispación, asumir los dolores, las enfermedades, los olvidos propios de la edad, la partida de amigos que van muriendo y tantas otras dificultades con un espíritu de aceptación sana y de alivio, más que de rabia y amargura. Contribuiremos así al bien común y, de paso, al propio bien, porque ser instrumento de esperanza para otros nos alienta a nosotros mismos. Ser transmisores de esa alegría profunda que nos propone Jesús nos alimenta e impulsa. Agradezcamos pues el sol y la lluvia, el sabor de los alimentos y quien está detrás de que nosotros los disfrutemos. Valoremos poder poner la lavadora y no tener que bajar al río, calentar el café en el microondas o enfriarlo en la nevera, aprovechar el teléfono móvil para poner mensajes de ánimo a los seres queridos y ser así púlpito de esperanza. Demos gracias por sabernos en comunión orando y ofreciéndonos unos por otros, unidos aunque estemos lejos. Recuperemos el gusto por la vida, por una vida sencilla, donde reconozcamos al Espíritu en cada acto. Él nos dice que estará con nosotros siempre, en todo momento. 

Tras vivir este encuentro con Él, trasmitámoslo a otros. Si Él nos trae paz, llevémosla nosotros a otros, porque el Espíritu nos envía a seguir esta misión.