Por quitar a Cristo el bozal - Alfa y Omega

Por quitar a Cristo el bozal

Se cumplen hoy 38 años del asesinato del sacerdote jesuita Rutilio Grande en El Salvador. Murió acribillado cuando iba en coche a su parroquia para celebrar Misa. El padre Tilo, como le llamaban los campesinos, era íntimo amigo de monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, y motivó la vocación del futuro Beato por los más pobres. «Su asesinato fue una inspiración divina para Romero», asegura monseñor Paglia, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia y Postulador de la Causa de Romero

Cristina Sánchez Aguilar
Mural en El Paisnal, cerca de San Salvador, en recuerdo del padre Grande, que aparece rodeado de residentes del pequeño pueblo

Se cumplen hoy 38 años del asesinato del sacerdote jesuita Rutilio Grande en El Salvador. Murió acribillado cuando iba en coche a su parroquia para celebrar Misa. El padre Tilo, como le llamaban los campesinos, era íntimo amigo de monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, y motivó la vocación del futuro Beato por los más pobres. «Su asesinato fue una inspiración divina para Romero», asegura monseñor Paglia, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia y Postulador de la Causa de Romero

Era sábado por la tarde. El 12 de marzo de 1977. Aguilares, en San Salvador, era un hervidero. Todos querían rezar ante los cadáveres que yacían en un pasillo del convento anexo a la iglesia de las Misericordias. Los tenían sobre la mesa, semienvueltos en una sábana, para que se viera bien lo que les habían hecho.

El padre Rutilio Grande, jesuita, había sido asesinado hacia las 17 horas. Iba en coche hacia su parroquia, en el Paisnal, para celebrar la Misa. Con él iba Nelson Lemus, monaguillo de 16 años. El tercero era don Manuel Solórzano, con 72 años, un activo colaborador de la parroquia del padre Rutilio. Murieron los tres. El cuerpo de don Manuel tenía 10 balazos. El del padre, de 48 años, tenía 18 agujeros. Los Escuadrones de la Muerte de la Guardia Nacional se ensañaron con él.

Nacido en el Paisnal, en Aguilares, Rutilio quedó huérfano de madre a los cuatro años. Fue su abuela quien le cuidó desde entonces. Mujer religiosa, transmitió a su nieto el amor de Dios. Tanto, que en 1941 entró al seminario, y tras pasar por varios destinos, regresó a su pueblo natal como párroco. Allí fue el responsable de establecer las Comunidades Eclesiales de Base y de formar un movimiento llamado Delegados de la Palabra, un grupo de organización campesina que hacía a la población consciente de su dignidad como personas, y de sus derechos.

Era un tiempo convulso. El padre Grande –el padre Tilo, como le llamaban los campesinos– respondía en sus sermones a la persecución y silenciamiento que la dictadura militar imponía a los sacerdotes. Su sermón más conocido es el llamado de Apopa, una homilía que pronunció el 13 de febrero de 1977, con motivo el secuestro y expulsión del país del párroco de Apopa, el sacerdote colombiano Mario Bernal Lodoño. «Si Jesús de Nazaret volviera como en aquel tiempo, no llegaría hasta aquí. Lo detendrían a la altura de Guazapa, y a la cárcel con él», dijo. «Se lo llevarían a muchas juntas supremas por inconstitucional y subversivo. Lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, de enredador con ideas exóticas y extrañas, contrarias a la democracia… Lo volverían a crucificar. Y ojalá que me libre Dios a mí, que también estaría en la colada de crucificadores», añadió. «Preferimos un Cristo mudo y sin boca para pasearlo en andas por las calles. Un Cristo con bozal. Un Cristo fabricado a nuestro antojo y según nuestros mezquinos intereses», concluyó. Un mes después, el sacerdote fue asesinado.

Gran amigo de Romero

Cuando murió, monseñor Romero llevaba sólo tres semanas como arzobispo de San Salvador. Era «como un hermano. En momentos culminantes de mi vida, él estuvo muy cerca de mí, y esos gestos jamás se olvidan», diría durante la homilía en la Misa exequial, única Misa en toda la archidiócesis. Monseñor Romero canceló para ese día todas las demás.

«Si no se organiza la vida según el corazón de Dios, todo será endeble, revolucionario, pasajero y violento». Esto es, según monseñor Romero, lo que proclamaba el sacerdote asesinado. «¡Qué iluminado estaría el mundo si todos pusieran en la base de su acción social, en la base de su existencia, de sus compromisos concretos, de su política, de sus quehaceres comerciales, la doctrina social de la Iglesia!», añadió Romero. Por eso murió el padre Grande. Porque esta doctrina «estorba al mundo».

El arzobispo no acudió a ninguna reunión con el Presidente, ni a ninguna junta gubernamental. Dijo que no lo haría hasta que la muerte no se investigase. También él murió asesinado. Fue el 20 de marzo de 1980, tres años después, mientras celebraba Misa. Todavía entonces no se había esclarecido el asesinato de su amigo.

Cristina Sánchez Aguilar