Orar con santa Teresa: la hermosura de la Resurrección

En este tiempo de Pascua de Resurrección, merece la pena pararse a contemplar las características de Jesús. ¿Quién es y cómo es Cristo, el resucitado? Más aún, ¿Quién es y cómo es… conmigo? El poema de santa Teresa Oh Hermosura que excedéis, que es nuestra Oración para el Año Jubilar Teresiano de esta semana, ayuda a meditar todas estas cuestiones, de la mano de la Santa

José Antonio Méndez

En este tiempo de Pascua de Resurrección, merece la pena pararse a contemplar las características de Jesús. ¿Quién es y cómo es Cristo, el resucitado? Más aún, ¿Quién es y cómo es… conmigo? El poema de santa Teresa Oh Hermosura que excedéis, que es nuestra Oración para el Año Jubilar Teresiano de esta semana, ayuda a meditar todas estas cuestiones, de la mano de la Santa

A pesar de que la mayoría de sus textos los compuso a una edad ya adulta (a partir de los 50 años, de hecho), en ocasiones, la pasión de santa Teresa de Jesús por Cristo Resucitado la lleva a expresarse como una chiquilla enamorada hasta el tuétano de un zagal que la pretende. Lo que ocurre es que su arrobamiento no es una pulsión meramente sentimental, ni mucho menos el fruto de una imaginación vivaracha que represente a Jesús en su imaginación como un dechado de belleza y de virtudes (aunque Él, en realidad, así lo fuese).

La Santa, que reconoce en el Libro de la Vida haber estado 20 años debatiéndose «entre Dios y el mundo», sólo terminó de rendirse enteramente a Cristo cuando contempló con detenido agradecimiento las cualidades propias del Dios que se hizo hombre, y que con los hombres sigue hoy tratando, a pesar de todos nuestro pesares.

Uno de los textos más famosos de la mística abulense, en el que aborda precisamente esta visión apasionada y llena de gratitud de su amado Jesús, es el poema «Oh Hermosura que excedéis», al que dedicamos nuestra Oración para el Año Jubilar Teresiano de esta semana. Se trata de una composición poética en la que la primera mujer Doctora de la Iglesia va ponderando con desbordante gratitud las bondades de Dios, y cómo Jesús se entrega, se comporta y se da para con todos, aunque sólo quienes también quieren entregarse a Él sean capaces de descubrirlo.

Cuando se pondera en su justa medida –inabarcable medida, en realidad–, no hay nada que puede compararse con el poderoso atractivo de la Resurrección. Cuando se cae en la cuenta de que el Crucificado subió al madero por ti, y por ti lo resucitó el Padre, y por ti sigue vivo y paciente cada día, el corazón se estremece. Meditar en la sobrecogedora realidad de un Dios hecho hombre, muerto y resucitado de verdad, que mantiene el contacto y el amor por cada hombre y mujer, a pesar de sus cicaterías y pecados, lleva a Teresa (y con ella, al lector que la acompaña) a sentirse como «herida de amor»; atada a Él porque Él la deja ser libre; agradecida porque no puede corresponder…

Un texto extraordinario para meditar y rezar –y mejor delante del Sagrario– en este tiempo de Pascua de Resurrección:

+ En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:

¡Oh Hermosura que excedéis
a todas las hermosuras!
Sin herir dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis,
el amor de las criaturas.

Oh ñudo que así juntáis
dos cosas tan desiguales,
no sé por qué os desatáis,
pues atado fuerza dais
a tener por bien los males.

Juntáis quien no tiene ser
con el Ser que no se acaba;
sin acabar acabáis,
sin tener que amar amáis,
engrandecéis nuestra nada.

Amén.

José Antonio Méndez