«Nuestra esperanza no se apoya en cálculos humanos y se manifiesta donde ya no hay esperanza»

El Papa Francisco ha hecho en la audiencia general de este miércoles un llamamiento para que se proteja a los civiles atrapados en la guerra de Irak. La paz se encontrará –añadió– «en la reconciliación y la armonía» entre los diferentes grupos étnicos y religiosos

Alfa y Omega
Foto: REUTERS/Tony Gentile

El Papa Francisco ha hecho en la audiencia general de este miércoles un llamamiento para que se proteja a los civiles atrapados en la guerra de Irak. La paz se encontrará –añadió– «en la reconciliación y la armonía» entre los diferentes grupos étnicos y religiosos

«Nuestra esperanza no se apoya en razonamientos, previsiones o cálculos humanos; y se manifiesta ahí donde no hay más esperanza, donde no hay nada más en que esperar, justamente como sucedió con Abraham, ante su muerte inminente y la esterilidad de su mujer Sara. Porque la esperanza hunde sus raíces en la fe, y justamente por esto es capaz de ir más allá de toda esperanza. Sí, porque no se funda en nuestra palabra, sino en la Palabra de Dios». Con estas palabras el Papa Francisco explicó en la audiencia general del último miércoles de marzo, la estrecha relación que hay entre la fe y la esperanza.

Continuando su ciclo de catequesis sobre la esperanza, el Obispo de Roma dijo que el apóstol Pablo en el capítulo 4 de la Carta a los Romanos, nos dice que Abraham, «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza». «De hecho –señaló el Pontífice– estamos acostumbrados a reconocer en Abraham a nuestro padre en la fe; hoy el apóstol nos hace comprender que Abraham es para nosotros también padre de la esperanza, y esto porque en su historia –agregó el Papa– podemos ya aprehender un anuncio de la Resurrección, de la vida nueva que vence el mal y la muerte».

Porque, el Dios que se revela a Abraham es el Dios que salva, el Dios que nos saca de la desesperación y de la muerte, el Dios que nos llama a la vida. «En la historia de Abraham –afirma el Obispo de Roma– todo se convierte en un himno al Dios que libera y regenera, todo se hace profecía. Y lo hace para nosotros, para nosotros que ahora reconocemos y celebramos el cumplimiento de todo esto en el misterio de la Pascua». Y de verdad entonces Abraham puede bien llamarse «padre de muchos pueblos», en cuanto resplandece como anuncio de una humanidad nueva rescatada por Cristo del pecado y de la muerte e introducida una vez para siempre en el abrazo del amor de Dios.

Llamamiento por Irak

Después de la audiencia, el Santo Padre hizo un llamamiento por la situación en Irak. Aprovechando la presencia de una delegación iraquí con miembros del Comité permanente para el diálogo entre el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y las Superintendencias iraquíes, Francisco mostró su «profundo dolor por las víctimas del sangriento conflicto», en especial los civiles atrapados en los barrios occidentales de Mosul y a los desplazados.

También renovó «a todos la llamada a colaborar con todas las fuerzas en la protección de los civiles, como requisito imperativo y urgente». La riqueza del país –resaltó– «se encuentra en este mosaico que representa la unidad en la diversidad, la fuerza en la unión, la prosperidad en la armonía». Y, por ello, invitó a los presentes a encontrar «en la reconciliación y en la armonía entre sus distintos componentes étnicos y religiosos, la paz, la unidad y la prosperidad».

RV/Alfa y Omega

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos que hemos apenas escuchado nos da un gran don. De hecho, estamos acostumbrados a reconocer en Abraham a nuestro padre en la fe; hoy el Apóstol nos hace comprender que Abraham es para nosotros padre de la esperanza; no sólo padre en la fe, sino padre en la esperanza. Y esto porque en su historia podemos ya aprehender un anuncio de la Resurrección, de la vida nueva que vence el mal y la misma muerte.

En el texto se dice que Abraham creyó en Dios «que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen» (Rom 4,17); y luego se precisa: «Su fe no flaqueó, al considerar que su cuerpo estaba como muerto y que también lo estaba el seno de Sara» (Rom 4,19). Así, esta es la experiencia a la cual estamos llamados a vivir también nosotros. El Dios que se revela a Abraham es el Dios que salva, el Dios que hace salir de la desesperación y de la muerte, el Dios que llama a la vida. En la historia de Abraham todo se convierte en un himno al Dios que libera y regenera, todo se hace profecía. Y lo hace para nosotros, para nosotros que ahora reconocemos y celebramos el cumplimiento de todo esto en el misterio de la Pascua. Dios de hecho, «resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús» (Rom 4,24), para que también nosotros podamos pasar en Él de la muerte a la vida. Y de verdad entonces Abraham puede bien llamarse «padre de muchos pueblos», en cuanto resplandece como anuncio de una humanidad nueva –nosotros– rescatada por Cristo del pecado y de la muerte e introducida una vez para siempre en el abrazo del amor de Dios.

A este punto, Pablo nos ayuda a poner en evidencia el vínculo estrecho entre la fe y la esperanza. Él de hecho afirma que Abraham «creyó, esperando contra toda esperanza» (Rom 4,18). Nuestra esperanza no se apoya en razonamientos, previsiones o cálculos humanos; y se manifiesta ahí donde no hay más esperanza, donde no hay nada más en que esperar, justamente como sucedió con Abraham, ante su muerte inminente y la esterilidad de su mujer Sara. Era el final para ellos, no podían tener hijos y ahí, en esa situación, Abraham cree y tuvo esperanza contra toda esperanza. ¡Y esto es grande! La gran esperanza hunde sus raíces en la fe, y justamente por esto es capaz de ir más allá de toda esperanza. Sí, porque no se funda en nuestra palabra, sino en la Palabra de Dios. También en este sentido, entonces, estamos llamados a seguir el ejemplo de Abraham, quien, a pesar de la evidencia de una realidad que parece destinada a la muerte, confía en Dios, «plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete» (Rom 4,21). Me gustaría hacerles una pregunta, ¿eh?: ¿Nosotros, todos nosotros, estamos convencidos de esto? ¿Estamos convencidos que Dios nos quiere mucho y que todo aquello que nos ha prometido está dispuesto a llevarlo a cumplimiento? Pero Padre, ¿Cuánto debemos pagar por esto? (El Señor responde): «Hay un precio: abrir el corazón». Abran sus corazones y esta fuerza de Dios llevará adelante y hará cosas milagrosas y les enseñará que cosa es la esperanza. Este es el único precio: abrir el corazón a la fe y Él hará el resto.

¡Esta es la paradoja y al mismo tiempo el elemento más fuerte, más alto de nuestra esperanza! Una esperanza fundada en una promesa que del punto de vista humano parece incierta e impredecible, pero que no disminuye ni siquiera ante la muerte, cuando a prometer es el Dios de la Resurrección y de la vida. Esto no lo promete uno cualquiera, ¡no! Quien lo promete, es el Dios de la Resurrección y de la vida.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos hoy al Señor la gracia de permanecer instaurados no tanto en nuestras seguridades, en nuestras capacidades, sino en la esperanza que surge de la promesa de Dios, como verdaderos hijos de Abraham. Cuando Dios promete, lleva a cumplimiento aquello que promete. Jamás falta a su palabra. Y entonces nuestra vida asumirá una luz nueva, en la conciencia de que Quien ha resucitado a su Hijo, resucitará también a nosotros y nos hará de verdad una cosa sola con Él, junto a todos nuestros hermanos en la fe. Todos nosotros creemos. Hoy estamos todos en la plaza, alabemos al Señor, cataremos el Padre Nuestro, luego recibiremos la bendición… pero esto pasa. Pero esto, también, es una promesa de esperanza. Si nosotros hoy tenemos el corazón abierto, les aseguro que todos nosotros nos encontraremos en la plaza del Cielo por siempre, que no pasa nunca. Y esta es la promesa de Dios. Y esta es nuestra esperanza, si nosotros abrimos nuestros corazones. Gracias.

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