Los titulares sobre la contundente afirmación del Papa Francisco en cuanto al rechazo absoluto a la pena de muerte, que en lo sucesivo debe expresar la doctrina de la Iglesia, han hecho que pase inadvertido el conjunto del importante discurso que ha pronunciado con motivo del 25 aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica. Un discurso en plena continuidad con la enseñanza de Benedicto XVI y san Juan Pablo II, que subraya que la Tradición es una realidad viva, y que la «custodia» y el «progreso» de la doctrina, son dos tareas encomendadas a la Iglesia por su propia naturaleza.

Francisco recuerda las palabras de san Juan Pablo II en la Constitución Fidei Depositum con la que aprobaba el nuevo Catecismo, cuando afirmaba que éste debía «tener en cuenta las explicitaciones de la doctrina que en el curso de los tiempos el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia… es necesario, además, que ayude a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado todavía no habían surgido».

Recordemos aquí la formulación, tan querida para Benedicto XVI, de un proceso de «novedad en la continuidad» que describe el camino del sujeto único de la Iglesia a lo largo de la historia. En su primer gran discurso a la Curia Romana, en diciembre de 2005, el papa Ratzinger reconocía que «el concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad. La Iglesia, tanto antes como después del Concilio, es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica en camino a través de los tiempos».

Al celebrar un cuarto de siglo de vigencia del Catecismo, Francisco ha señalado su importancia como instrumento esencial para presentar la enseñanza de siempre, y así permitir el crecimiento en la comprensión de la fe, pero también porque pretende acercar a nuestros contemporáneos a una Iglesia que no deja de presentar la fe como respuesta a la existencia humana en cada momento histórico particular. En este sentido ha subrayado que el «depósito de la fe» no puede entenderse como algo estático, afirmando que «la Palabra de Dios no puede ser conservada en naftalina como si se tratara de una vieja manta que hay que proteger contra los parásitos». Por el contrario, «la Palabra de Dios es una realidad dinámica, siempre viva, que progresa y crece porque tiende a un cumplimiento que los hombres no pueden detener».

Por cierto, esta formulación también nos hace pensar en una de las ideas más fecundas de John Henry Newman, «el desarrollo» de la doctrina. La Iglesia sólo puede conservarse explicitando sus riquezas, y abandonando ciertas fórmulas superadas para reconquistar un universo nuevo. La Iglesia cambia, decía Newman, para seguir siendo ella misma. Y Francisco acaba de decir: «no se puede conservar la doctrina sin hacerla progresar», porque como afirma la Constitución Dei Verbum, «Dios no cesa de hablar con la Esposa de su Hijo», y nosotros, en cada tiempo y lugar, debemos escuchar esa voz en la unidad de la Iglesia presidida por Pedro, para que nuestra fe no se vuelva árida e insignificante, para que nuestra existencia eclesial pueda progresar con el mismo entusiasmo de los inicios, y así afrontar las circunstancias nuevas de la historia por inquietantes que nos parezcan.

José Luis Restán