¡No podíamos faltar!

Por barco, tren, avión o autobús, miles de peregrinos españoles acuden estos días a Roma para unirse a los cinco millones de personas que van a celebrar la santidad de Juan XXIII y Juan Pablo II. En todos ellos, una palabra: ¡Gracias!, y el deseo de alcanzar el amor a Cristo y a la Iglesia que ellos vivieron y ofrecieron al mundo

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Roma, durante la beatificación de Juan Pablo II, el 1 de mayo de 2011

Por barco, tren, avión o autobús, miles de peregrinos españoles acuden estos días a Roma para unirse a los cinco millones de personas que van a celebrar la santidad de Juan XXIII y Juan Pablo II. En todos ellos, una palabra: ¡Gracias!, y el deseo de alcanzar el amor a Cristo y a la Iglesia que ellos vivieron y ofrecieron al mundo

Un saco y una esterilla; un chubasquero, una mochila con algo de comer…, y poco más: así se van a presentar miles de españoles en Roma para asistir a la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII. Todos los caminos llegan a Roma, y por todos los medios se puede llegar hasta la Ciudad Eterna: en avión, en tren, en autobuses, ¡y hasta en barco! Precisamente cruzando el Mediterráneo, desde Barcelona hasta el puerto de Civitavecchia, a 70 kilómetros de la capital italiana, parte esta misma noche un barco lleno de jóvenes españoles, en una peregrinación organizada por el Departamento de Juventud, de la Conferencia Episcopal Española.

Durante estos días, 650 jóvenes, de 15 diócesis distintas, convivirán a bordo del barco y en las calles de Roma para celebrar la santidad de Juan XXIII y de Juan Pablo II. Desde Astorga, por ejemplo, se han sumado 30 jóvenes; entre ellos, Luis, un seminarista de 22 años que ya fue a la beatificación de Juan Pablo II y que, pese a las incomodidades de una peregrinación tan intensa, no se ha querido perder esta nueva oportunidad de rendir su particular homenaje a Juan Pablo II. «Es un acontecimiento muy importante -cuenta a Alfa y Omega– ; quizá para nosotros sea más significativa la canonización de Juan Pablo II, porque le hemos conocido más y por toda la cercanía que tenía hacia nosotros; ha sido el que más nos ha tocado, el que ha querido que los jóvenes seamos protagonistas en la Iglesia, el que impulsó las Jornadas Mundiales de la Juventud…» En particular, Luis tiene muy presente a Juan Pablo II «por cómo asumió la enfermedad en los últimos años de su vida. Me impactó ver la manera en que se unía a la Cruz de Jesús hasta su último día».

Los jóvenes podrán celebrar a bordo la Eucaristía y tener varios ratos de oración, además de la oportunidad de ver un documental sobre los dos nuevos Papas santos y una charla que dará monseñor Munilla. El obispo de San Sebastián, que participa en esta peregrinación como un compromiso asumido cuando aún era el responsable del Departamento de Juventud de la CEE, sostiene que se trata, «por encima de todo, de un reconocimiento a la paternidad que Juan Pablo II ha tenido sobre la pastoral juvenil. Él fue el Papa que introdujo a la pastoral juvenil en la clave de la nueva evangelización, y por ello era propio que visualizáramos nuestro agradecimiento por el impulso y el aliento que dio a la pastoral juvenil». Para monseñor Munilla, la clave bajo la que Juan Pablo II abordó la pastoral juvenil fue «la llamada universal a la santidad, que incluye a los jóvenes. Por tanto, esta canonización muestra que Juan Pablo II no predicaba un ideal que él mismo no tuviese como su propia meta». Y concluye: «Sólo los enamorados enamoran, y sólo los santos son capaces de mover a la santidad».

Tengo que estar allí

Ya en Roma, los jóvenes se prepararán para las canonizaciones con una Vigilia de oración, ya que once iglesias romanas permanecerán abiertas durante la noche. Desde Córdoba, Miriam dice que acude, «sobre todo, por Juan Pablo II, que es mi Papa preferido. Le tengo mucho cariño desde chica, porque fue muy cercano a los jóvenes, a quienes nos veía como el futuro de la Iglesia. Es muy bonito el recuerdo que tengo de él. Por eso, en cuanto me propusieron la peregrinación, dije: Tengo que estar allí».

La misma deuda de gratitud con Juan Pablo II tiene Teresa, una peregrina madrileña que irá a Roma en avión. Sin duda recordará aquella otra ocasión en que, estando también en Roma, le comunicaron que su madre se encontraba muy enferma y, tras rezar ante la tumba del Papa Wojtyla, recibió una llamada en la que le comunicaron la mejoría de su madre. «Desde entonces, le tengo mucho más cariño -afirma Teresa-, y todo se lo pido a él: la familia, la salud, los estudios de mis sobrinos… Fui a la beatificación, y ahora ¡no podía faltar!»

Teresa se unirá a la peregrinación que viaja desde Madrid, y que celebrará la Eucaristía presidida por el cardenal Rouco, el sábado, a las 11 h., en la iglesia de San Lorenzo in Dámaso; y, ya de vuelta, el 4 de mayo, a las 12 h., habrá una Misa de acción de gracias por las canonizaciones en la catedral de la Almudena. Mientras, durante estos días, numerosos obispos encabezarán sus peregrinaciones diocesanas, al mismo tiempo que multitud de parroquias de toda España organizan Vigilias como preparación al evento del domingo; todo ello para celebrar que dos de los nuestros están en el cielo junto a Dios, intercediendo por nosotros y mostrándose como modelo de lo que es, de verdad, un amigo de Dios.

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

 

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Si hay una manera incómoda de ir a Roma a unas canonizaciones con otros cinco millones de personas, es en autobús, en apenas tres días, durmiendo durante el trayecto y en las calles romanas, y de vuelta también en autobús, durmiendo durante el camino. Así lo van a hacer más de cuarenta jóvenes -de Madrid, Barcelona y Navarra- en una peregrinación organizada por el Instituto Servidoras del Señor y la Virgen de Matará. «Muchas veces queremos ponerles las cosas fáciles a los jóvenes -cuenta la Madre María de la Salud-, pero ellos valoran mucho los sacrificios y las cosas que se logran con esfuerzo». Además, ella va a Roma para agradecer a Juan Pablo II nada menos que su propia vocación: «Yo descubrí la llamada en el encuentro con Juan Pablo II, en Cuatro Vientos, en 2003. Él dio testimonio de su propia vocación, afirmando: Vale la pena dar la vida por Cristo. Yo nunca había pensado que valiera la pena…, ¡y al año entré en el convento! Hoy, afirmo que, de verdad, vale la pena dar la vida por Cristo, y que por eso vale la pena llevar a todos estos jóvenes a Roma».

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