Primera Misa en rito caldeo: «No es necesario ser un héroe de vez en cuando, sino un testigo todos los días» - Alfa y Omega

Primera Misa en rito caldeo: «No es necesario ser un héroe de vez en cuando, sino un testigo todos los días»

El presidente de Irak se presentó de imprevisto en la primera Misa en rito caldeo que celebra un Papa

Cristina Sánchez Aguilar
(CNS photo/Paul Haring)

Es la primera vez que un Papa celebra la Misa en rito caldeo, un momento especialmente significativo en la historia de la Iglesia. Este sábado, 6 de marzo, por la tarde, la comitiva papal se ha desplazado hasta la catedral caldea de San José, en Bagdad, uno de los templos caldeos más grandes de la ciudad.

En una celebración en la que se presentó de imprevisto el presidente de la República de Irak, el musulmán kurdo Barham Salih, Francisco habló a los presentes de sabiduría, testimonio y promesas. El líder político del país ha decretado que, cada año, el 6 de marzo se conmemore el Día de la Tolerancia y la Convivencia en recuerdo del encuentro del Papa con Al Sistani.

Acompañado por el cardenal Sako, patriarca de Babilonia de los Caldeos, el Pontífice ha hablado en primer lugar a los presentes en la Eucaristía sobre la sabiduría, «cultivada en estas tierras desde la antigüedad». Su búsqueda «ha fascinado al hombre desde siempre; sin embargo, a menudo quien posee más medios puede adquirir más conocimientos y tener más oportunidades, mientras que el que tiene menos queda relegado. Se trata de una desigualdad inaceptable, que hoy se ha ampliado».

Para el mundo, «quien posee poco es descartado y quien tiene más es privilegiado. Pero para Dios, no; quien tiene más poder es sometido a un examen riguroso, mientras que los últimos son los privilegiados de Dios». Por eso los pobres, los que lloran, los perseguidos, son llamados bienaventurados.»

¿Cómo es posible?, se ha preguntado el Papa. «Bienaventurados, para el mundo, son los ricos, los poderosos, los famosos. Vale quien tiene, quien puede y quien cuenta. Pero no para Dios. Para Él no es más grande el que tiene más, sino el que es pobre de espíritu; no el que domina a los demás, sino el que es manso con todos; no el que es aclamado por las multitudes, sino el que es misericordioso con su hermano».

El amor, ha continuado, «que es el corazón de las bienaventuranzas, aunque parezca débil a los ojos del mundo, en realidad vence». «En la cruz demostró ser más fuerte que el pecado, en el sepulcro venció a la muerte. Es el mismo amor que hizo que los mártires salieran victoriosos de las pruebas, ¡y cuántos hubo en el último siglo, más que en los anteriores!». «El amor es nuestra fuerza, la fuerza de tantos hermanos y hermanas que aquí también han sufrido prejuicios y ofensas, maltratos y persecuciones por el nombre de Jesús». Vivir las bienaventuranzas, pues, «es hacer eterno lo que pasa. Es traer el cielo a la tierra».

Cómo poner en práctica las bienaventuranzas

Francisco ha recordado a los presentes que para poner en práctica las bienaventuranzas no hace falta cosas extraordinarias. «Nos piden un testimonio cotidiano. Bienaventurado es el que vive con mansedumbre, el que practica la misericordia allí donde se encuentra, el que mantiene puro su corazón allí donde vive». Para convertirse en bienaventurado «no es necesario ser un héroe de vez en cuando, sino un testigo todos los días». «Así es como se cambia el mundo, no con el poder o con la fuerza, sino con las bienaventuranzas», ha continuado.

El Santo Padre se ha referido entonces a las tentaciones que hay ante la adversidad, cuando encontramos ante algo que no va bien. «La primera es la huida. Escapar, dar la espalda, no querer saber más. La segunda es reaccionar con rabia, con la fuerza». «Es lo que les ocurrió a los discípulos en Getsemaní; en su desconcierto, muchos huyeron y Pedro tomó la espada. Pero ni la huida ni la espada resolvieron nada. Jesús, en cambio, cambió la historia. ¿Cómo? Con la humilde fuerza del amor, con su testimonio paciente. Esto es lo que estamos llamados a hacer; es así como Dios cumple sus promesas».

Las promesas de Dios

La sabiduría de Jesús «que se encarna en las bienaventuranzas, exige el testimonio y ofrece la recompensa, contenida en las promesas divinas». ¿Cómo se cumplen?, se ha preguntado el Papa ante los presentes. «A través de nuestras debilidades. Dios hace bienaventurados a los que recorren el camino de su pobreza interior hasta el final». «Aveces podemos sentirnos incapaces, inútiles. Pero no hagamos caso, porque Dios quiere hacer maravillas precisamente a través de nuestras debilidades», ha añadido. «Pasamos por pruebas, caemos a menudo, pero no debemos olvidar que, con Jesús, somos bienaventurados. Todo lo que el mundo nos quita no es nada comparado con el amor tierno y paciente con que el Señor cumple sus promesas».

El Papa ha concluido asegurando a los iraquíes presentes en la catedral de San José que «tal vez miras tus manos y te parecen vacías, quizás la desconfianza se insinúa en tu corazón y no te sientes recompensado por la vida. Si te sientes así, no temas; las bienaventuranzas son para ti, para ti que estás afligido, hambriento y sediento de justicia, perseguido. El Señor te promete que tu nombre está escrito en su corazón, en el cielo». «Hoy le doy gracias con ustedes y por ustedes, porque aquí, donde en tiempos remotos surgió la sabiduría, en los tiempos actuales han aparecido muchos testigos, que las crónicas a menudo pasan por alto, y que sin embargo son preciosos a los ojos de Dios; testigos que, viviendo las bienaventuranzas, ayudan a Dios a cumplir sus promesas de paz».