El mejor elogio que podemos hacer del cardenal Newman, al que pronto veremos en los altares, es el de que es un hombre que llega al catolicismo convencido de estar siguiendo un profundo dictado de su conciencia. Su encuentro con Dios es el resultado de una fe con la capacidad de asimilar todo lo que encuentra, purificándolo y llevándolo a su mejor expresión. Se trata, tal y como leemos en la encíclica Lumen Fidei, de una fe universal, católica, porque su luz crece para iluminar el cosmos y toda la historia. Esa luz fue intuida por Newman en un memorable viaje entre diciembre de 1832 y junio de 1833, que le llevó a recorrer Grecia, Malta, Sicilia, Nápoles y Roma.

En apariencia, era uno de esos clásicos viajes con que los ingleses acomodados pasaban el invierno, a la búsqueda de los vestigios de la cultura griega y romana. Un viaje en el que iban a la par la nostalgia por un pasado idealizado y el desagrado por un presente mucho más vulgar con sociedades azotadas por la pobreza y la dejadez. Sin embargo, John Henry Newman, inquieto clérigo anglicano y profesor en Oxford, supo encontrar luz más allá de las apariencias. Lo podemos comprobar en el libro El viaje al Mediterráneo de 1833 (ed. Encuentro), en el que el profesor Víctor García Ruiz ha convertido en indiscutible protagonista al propio John Henry Newman por medio de las cartas que escribió a su familia y amigos durante esos meses.

Otros, con su misma preparación académica y religiosa, habrían sido incapaces de distinguir la luz en medio de unas tinieblas supuestamente absolutas. De hecho, Newman ve en la ortodoxia griega un intercambio de ofrendas por ritos religiosos, propios de un clero sin apenas contacto con los fieles. Y sus impresiones de Nápoles son que la práctica religiosa se asemeja a un culto pagano. Es el reino de la frivolidad y la ignorancia, donde todos roban y engañan, y la religión parece ser un pretexto para el jolgorio y la fiesta.

Todo cambia cuando Newman se encuentra con Roma. La tradición anticatólica, de la que procede, le ha enseñado que es «la jaula de unas criaturas impuras», pero la serenidad y la grandeza irradiadas por la Ciudad Eterna le llevan a afirmar que no lo creerá mientras no tenga pruebas. Le asombra que Roma no haya desaparecido como los viejos imperios. Además, su conciencia le impide arrancar el trigo junto con la cizaña. Intuye que la Roma que le ha robado el corazón es mucho más grandiosa que los prejuicios con los que le han educado.

Antonio R. Rubio Plo